Entre monjes budistas, camioneros y las rutas de la muerte de India

Entre monjes budistas, camioneros y las rutas de la muerte de India

Cuarta visita a India en cinco años. Esta vez, por la comodidad de lo cercano que fue el cruce desde Pakistán, apunté hacia los estados del noroeste: Jammu y Cachemira e Himachal Pradesh, los que después de este viaje pasarían a ser uno de mis rincones favoritos de India.
Vení, pasá nomás, vamos a dar una vueltita por los Himalayas indios.

Dejé atrás a la región de Punjab y los turbantes Sij para comenzar mi subida norte hacia las montañas y así encontrarme con un cambio continuo de paisaje, idioma y religión. Después del estado de Punjab viene Jammu y Cachemira. Este último se divide en tres sub regiones que van pegadas a la frontera con Pakistán, China y Tíbet. Esta zona es posiblemente la más inestable de India, en especial por las escaramuzas que hubo en distintos momentos de la última mitad de siglo pasado con Pakistán y China, vecinos que reclaman su porción de torta territorial. Hoy el aire está calmo.
A medida que voy saltando de vehículo en vehículo, voy subiendo por un terreno que cambia de lo selvático a lo boscoso, y de los templos hindúes y sij a las mezquitas. Las charlas geopolíticas con mis choferes son inevitables y comienzan a frecuentar como las curvas. Algunos musulmanes quieren estar con India, otros con Pakistán y la mayoría ni con uno, ni con el otro. Esas tres declaraciones diferentes me llegaron en un solo día de viaje entre los distintos conductores que no sólo conviven en la misma tierra sino que al final hasta tenían algo en común: usarme como oreja de sus penas, como si este mochilero cordobés fuera el representante de la comunidad mediadora internacional. Muchas veces el hacer dedo puede llevar a charlas de diván entre desconocidos. Admito que muchas veces están muy buenas y se disfrutan.

En el paso más alto de la ruta que conecta Srinagar (Jammu y Cachemira) con Leh (Ladakh). Más de 4000 mts.
En el paso más alto de la ruta que conecta Srinagar (Jammu y Cachemira) con Leh (Ladakh). Más de 4000 mts de altura.

Curvas, curvas y 3000 curvas más. Las curvas no sólo son infinitas, sino que a su vez también tiene un surtido interesante de baches que da la impresión que el camino fue bombardeado ayer. Pensé que viajar de noche por estas rutas esquivando camiones era peligroso. Ni cerca, faltaban varios días de viaje para que entendiera que eso no era nada, las rutas de la muerte me esperaban más arriba, donde el camino se vuelve de un solo sentido y el desmayo por falta de oxígeno cobra sus víctimas casi de manera mensual.
A medida que subo, la vegetación se va despidiendo de a poco para dejar a las montañas desnudas. A falta de vegetación, bajo nivel de oxígeno y viceversa. Y se va sintiendo más y más, en especial al treparme a las cabinas de los Ashok Leyland y TATA, los dueños de indiscutibles del asfalto acá arriba. En la parte superior del frente de estos camiones se identifica la religión de su chofer; algunos lo ilustran a Shiva, mientras que otros a Cristo. También suelen mostrarse Guru Nanak (Sij), Buda y Meca para los musulmanes. La decoración psicodélica y religiosa se hace más fuerte en su interior, la que por un segundo te dice que no acabás de entrar a un camión, sino a un mini templo y con un alguien que te da la bienvenida con una sonrisa de oreja a oreja mientras se sostiene del volante. Es un viaje dentro del viaje. Sahumerios, estampitas de sus dioses, espejitos por todo rincón, posters de mascotas, cuerdas de colores colgando y otros ítems que no identifico. Son boutiques pesadas y dinámicas con una deco entre lo bizarro y psicodélico que te marea al principio. Se puede pasar un muy buen rato de distracción cuando la vista del camino cansa.

Disfrutando del confort camionero mientras mi chofer socializa con un camarada.
Disfrutando del confort camionero mientras mi chofer socializa por horas con un camarada.

La vegetación se fue tanto como las mezquitas y los templos de Shiva. Las facciones indias ya son exóticas a esta altura y esto se debe a que acabo de entrar a “otra” India.
¡Bienvenidos a Ladakh, amigos! La sub región de Ladakh es la última metamorfosis de paisaje, religión y cultura del noroeste indio. Aquí son los monasterios budistas los que conforman el paisaje, mientras que las chimeneas humean aromas que más abajo no se conocen. Los rasgos faciales mongoloides ya son mayoría como los banderines de rezos coloridos que flamean en todo templo, techo y montaña.
Leh es la capital de Ladakh. Hace pocos años aldea, hoy es pueblo que tiene ganas de ser ciudad. Sin ser el lugar cálido y humilde que alguna vez imaginé, decidí huir de sus precios despampanantemente turísticos y donde las casas centenarias hechas de barro y piedra son ahora reemplazadas por hostales y locales de suvenires. Para aprovechar mi limitado tiempo en la zona antes que el frío me complique las cosas, tramité mi permiso para algunas zonas restringidas que me recomendaron en el camino y me esfumé para refugiarme en las aldeas aledañas.

El monasterio de Leh observa desde las alturas.
El monasterio de Leh observa desde las alturas.

UN VISTAZO A LA VIDA MONÁSTICA
La invitación de vivir y enseñar inglés a los niños monjes en un monasterio por parte del monje Mutuk fue algo tan inesperado como alucinante. Allá fuimos, con Linda de Alemania y Silván de Francia como mis camaradas de ruta del pulgar hacia la remota aldea Skubuchan y usando el permiso previamente tramitado. Ese papel es una formalidad (y negocio) por parte del estado indio que te autoriza a entrar a zonas que al estar cerca de China o Pakistán las convierte en restringidas para el visitante.
Linda está casada con un tibetano, lo que lleva que hable tibetano y un poco de ladakhi (lengua local similar al tibetano), una cualidad importantísima y sumamente valorada por Silván y yo, quienes no cazamo´ un fulbo y más que un saludo y un “gracias” no pasamos. Silván es el más introvertido y habla casi susurrando a veces. Esa personalidad no puede encajar mejor con su profesión. El francés es astro físico y especializado en agujeros negros. Decirme su especialización hizo que me olvide del monasterio al que íbamos, de las montañas, de hacer dedo y hasta cómo me llamaba. Creo que habremos hecho 6 kms por un camino casi inhabitado sin parar de hablar. Yo preguntaba y el respondía como un verdadero apasionado de su trabajo. Linda flotaba por ahí.
Entre plantaciones de árboles de damascos y una clase de trigo que sólo crece por acá, finalmente llegamos.

Con Linda y Silván, y protegidos por dos mitológicos leones de las nieves en la entrada de nuestra habitación.
Con Linda y Silván, y protegidos por dos mitológicos leones de las nieves en la entrada de nuestra habitación.

El monasterio (o gompa) está ubicado en lo más alto de la aldea, como incrustado en la ladera de un precipicio. La habilidad para construir estas edificaciones en semejante altura es impresionante. El poder de la fe y las creencias del humano es verdaderamente ilimitado.
Las ruedas de rezos, (o kolos) y las stupas están repartidas por entre las casas de barro y sus pasajes angostos, a los que vamos sorteando al borde de perdernos por estos intrincados laberintos vecinales. Los ancianos, con rosario en mano, se asoman por sus ventanas para regalarnos una cálida bienvenida con sonrisas que les vuelven el rostro una sola arruga de felicidad. Recién llegados y no nos queríamos ir más.
La subida es intensa, pero es la falta de oxígeno lo que te deja fuera de juego por un rato cuando uno finalmente llega al patio principal del monasterio. La vista es suprema. Ésta nos muestra los techos de la aldea, la mayoría teñidos del color naranja por los damascos que se dejan secar al sol y que serán parte de la dieta fundamental del invierno cruel que ya se avecina. El paisaje árido, seco y rocoso convierte a este tipo de aldeas en literalmente oasis verdes. Detrás de la arboleda y campos de Skubuchan está el habitante más antiguo de toda la zona, el ancestral río Indus, quien fluye con tal furia ruidosa que pareciera que no quiere pasar inadvertido, algo que logra con éxito.

De izquierda a derecha: el monasterio, la aldea Skubuchan y sus plantaciones, y el río Indus.
De izquierda a derecha: el monasterio, la aldea Skubuchan con sus plantaciones y el río Indus.

El monasterio está habitado por 12 niños y por lo menos 7 adultos. Todos monjes, salvo por el cocinero. Lama Mutuk fue quien nos recibió y quien nos enseñó nuestro cuarto luego de escoltarnos hasta lo más alto del gompa. Tuvieron que pasar varias horas para que nos diéramos cuenta (desde afuera y más abajo) que nos habían dado la más alta y (probablemente) la mejor habitación de todo el monasterio, una suerte de penthouse monástico. Apreciar semejante vista y contemplar cómo se iban dando los eventos me hacía sentir que estaba soñando. Claro, como apasionado del budismo tibetano vivir en un monasterio en semejante lugar remoto, donde hasta los leopardos de las nieves son habitué, me convertía en un doble agradecido ya que también soy un loco apasionado de la vida salvaje, y saber de esas visitas felinas me hacía levitar aún más de la alegría por el lugar al que había aterrizado.

Damascos secándose bajo el sol. Este es el snack por excelencia de las montañas.
Damascos secándose bajo el sol. Este es el snack por excelencia de las montañas.

La rutina comienza alrededor de las 7am cuando los enanos, después que hicieron yoga y ejercicios matinales, se agolpan a las corridas en el salón principal del monasterio. Algunos dicen que esta parte es la más antigua del complejo, llevando la fecha de construcción al siglo XI. Otros no están tan seguros, y eso es porque muy poca gente, o casi nadie sabe qué tan antiguos son los monasterios budistas de estas partes. Las paredes del salón son irregulares y todas tienen pinturas de Buda y Boddisatvas que posiblemente fueron pintadas por última vez en tiempos cuando Colón recién visitaba nuestro continente. Hay varias estatuas de Buda y son ellas las que observan entre nubes de incienso a estos mini lamas practicar sus rezos, tocar los instrumentos musicales ceremoniales, mudras (posiciones de manos) y travesuras cuando el maestro se distrae. Algunos peladitos me enseñaban, sin dejar sus mantras de lado, a colocar las manos en el mudra que correspondía al momento mientras otro me servía té de manteca, una especialidad del Himalaya con la que todavía no me hago amigo. Presenciar estas pujas matinales fue lo mejor de toda la estadía.

En plena puja matinal...
En plena puja matinal…

Dos horas después viene el desayuno en la sala común del comedor. Verduras salteadas (y picantes) que se acompañan con chapatis (pan plano). El té puede ser el típico masala del resto de India o el aún más típico de aquí y previamente servido, el té de manteca. Más que una taza forzada no puedo pasar, quizá sea porque se asemeja más a una sopa que lo que uno esperaría de un té. Éste se hace al mezclar manteca (a veces de yak) con té y otras especias. Puede ser algo intomable, pero que te da energía para aguantar el frío de las montañas no hay duda alguna. Una buena manera de salvar esa taza difícil de pasar y no decepcionar al anfitrión es al hacer una pasta comestible al agregar tsampa, una clase de harina pre cocida altamente nutritiva. El tsampa es el alimento básico de las alturas y se puede encontrar en cualquier rincón del Himalaya y donde sea que exista la cultura tibetana.

Después viene la hora del juego y lo sigue un poco de clase en la escuelita anexada a las habitaciones de los chicos. Estos enanos casi no bajan a la aldea y viven la mayor parte de su vida dentro del monasterio. A veces, si ellos lo desean, pueden visitar a sus familias en los alrededores, pero no suele pasar muy seguido. Muchos se enlistaron en el camino del Buda por decisión propia y otros enviados por sus propias familias.
Otro recreo con fútbol, badmington y corridas a las que me anoto sin perder tiempo. Al rato mis compas de juego vuelven a los libros, esta vez a lo religioso.
Al atardecer se viene el puja vespertino casi con la misma rutina que el de la mañana y al que trato de no perderme tampoco. La cena y una clase de inglés llegan al final del día antes de desmayar en las almohadas.

Mi melena fue la sensación por varias horas.
Mi melena fue la atracción por varias horas cuando llegamos.

LOS CAMINOS QUE TE HACEN TRANSPIRAR LAS MANOS
Luego del monasterio, visitamos aldeas arias y el trío viajero se dividió. Mi rumbo era dejar Ladakh para empezar a bajar en el mapa, pero no necesariamente de altura, y así pasar a visitar algunos valles, como Spiti y Pin, de los que me enteré de su existencia por aquellos que me crucé en el camino unas semanas antes. Creo que a esto ya lo conté antes, pero cuando viajo no me informo mucho de mis próximos destinos y tampoco me motiva ver fotos de esos lugares. La idea de esto es para no caer en la trampa de la expectativa y así sorprenderme al llegar a un lugar que no tenía idea cómo sería ni que existiera en absoluto, como me pasó en muchos casos. Creo que la recompensa que nos da la sorpresa es mayor que al ya saber de antemano todo de ese lugar sin siquiera haber llegado. Y si por esas cosas de la vida no termino en ese lugar que quizás otros me recriminen por no haber visitado, es entonces cuando me vienen a la mente las palabras que una amiga me dijo hace mucho: “no te preocupes, cabezón, uno nunca se pierde de nada”.

Con el monasterio de Key de fondo.
Con el monasterio de Key de fondo. Valle de Spiti.

El camino me puso otro compañero del pulgar al salir de Ladakh. Esteban es argentino y acaba de hacer un instructorado de yoga por los alrededores, una tendencia que identifica a gran cantidad de extranjeros que llegan esta región de India. Ahora anda deambulando, como yo, por estos caminos de altura tan inhóspitos como hermosos.
Allá fuimos, rumbo a conocer los caminos de la muerte que la gente tanto habla, pero no por hacernos los intrépidos, sino porque es la única ruta que tenemos para bajar, él a Manali y yo al valle de Spiti. Hacer dedo en India es tan fácil que funciona con sólo levantar el brazo. La única contra es el escaso tránsito, regalándote horas de contemplación, reflexión e introspección. Aunque suene extraño, una de las cosas que más me gusta de hacer dedo son esos momentos de espera. El hacer dedo no es solamente moverse y llegar a destino, abarca muchísimo más y cada instante de este proceso es tan importante como el abrir la puerta del acompañante. Esteban comparte el mismo pensamiento y las charlas filosóficas nos envuelven por horas mientras pateamos piedritas en aquella dulce espera.

Dos argentinos unidos por el pulgar.
Dos argentinos que se encuentran con el pulgar.

Luego de años de moverme sólo a dedo es como si uno desarrollara una habilidad de escuchar al motor acercarse a distancias insospechadas. Muchas veces son ilusiones que la mente crea, en especial por caminos tan silenciosos como éstos y se tiende a sacudir la cabeza por encima del hombro por cada ruidito que nos haga suspirar que algo viene. Esta vez no fue una ilusión. El gruñido era evidente y se acercaba a los bocinazos en cada curva que enfrentaba. Un camión cisterna de nafta, el que por su velocidad, nos decía que venía vacío. El tanker rechinó los frenos de repente y la polvareda nos tapó. Con sonrisas, los dos mochileros treparon a la cabina como arañas en sus redes. La música al máximo proveniente del castigado estéreo con agudos altísimos de su cantante femenina casi nos despeina, una típica de los camiones que ya casi no nos hace doler más la cabeza. El arranque nos tumbó para atrás y el titán de metal volvió a la vida como una bestia que no está del todo domada.

Estos camiones pueden ser tus salvadores al hacer dedo por horas. El precio a pagar es el estrés que se puede pasar por las maniobras que estos muchachos se mandan en estos caminos.
Estos camiones pueden ser tus salvadores al hacer dedo por horas, pero el precio a pagar es el estrés que se puede pasar por las maniobras que estos muchachos se mandan en estos caminos.

Unos kms después del primer paso de altura de más de 5000 metros, nuestro chofer se detuvo muy cerca de la banquina. Nos señaló con su índice el vacío y dijo: “my friend”. Allá a lo lejos pudimos ver la silueta de lo que alguna vez fue un camión. Con señas, nuestro conductor nos dio a entender que es muy fácil dormirse por la falta de oxígeno, en especial para indios de los estados del sur, los que no están acostumbrados a esta altura. Este tipo de desafortunadas vistas se repetirían a lo largo de los 3 días restantes antes de llegar a mejores rutas de doble carril y ya no tan alto.

Los caminos de la muerte y su belleza paisajista.
Los hermosos y peligrosos caminos de la muerte.

Las sorpresas de estos caminos continuaron, como ver a otro tanker dado vuelta sobre uno de sus lados en plena ruta, algo desafortunadamente misterioso como al mismo tiempo afortunado por no haber rodado por el precipicio. Sin entender por qué, pareciera que muchos conductores tuvieran un extraño interés de circular casi pegado a la banquina, un pasatiempo que casi me deshidrata por todo lo que transpiré por manos y pies al llegar a cada curva y esquivar otros camiones en sentido contrario. Al haber un solo sentido con pared de un lado y precipicio del otro, las maniobras de reversa para dejar pasar al otro que viene de frente son los momentos más críticos y de tensión, aunque sea para mí, y no tanto para los choferes, quienes muchas veces son hábiles expertos en mover estas bestias como si fuera un FIAT 600. Mientras que a los camioneros no parece pedirles experiencia en conducción para estos caminos llenos de adrenalina, los colectiveros tienen que tener por lo menos 5 años en el volante para que rueden por estas partes.

Vista desde la ventanilla de un camión. Como podrán ver, no queda mucho espacio para jugar. Es un plus saber nadar.
Vista desde la ventanilla de un camión. Como podrán ver, no queda mucho espacio para jugar. Es un plus saber nadar.

La última fue ser testigos directos de cómo nuestro camión quedaba atrapado, luego de una mala maniobra, en un río de deshielo. La cosa empeoró en minutos y el río se convirtió en un rápido. Con agua helada hasta las rodillas y luchando por no terminar tapados por completo, tuvimos que abandonar nave con mochilas a cuesta. Vimos motos que la pasaron peor y la retroexcavadora salvadora parecía nunca llegar. Nosotros tuvimos que seguir antes que el río, que se abría como un abanico, nos corte el camino más adelante. Nos fuimos con la culpa de no haber podido ayudar a nuestro chofer a rescatar su camión como él nos había rescatado unas horas antes.

Nuestra nave, la que tuvimos que abandonar de emergencia.
Nuestra nave, la que tuvimos que abandonar de emergencia.

Llegamos a tierras más bajas y lejos del frío invernal que nos venía soplando la nuca desde días.
Una muy linda aventura por las montañas indias de Ladakh e Himachal Pradesh que se ganó un muy buen lugar en mi memoria y la que ya está empezando a inspirar un regreso a estas tierras en un futuro no tan lejano.

Y un surtido de fotos de regalo 🙂

Caminos salvajes. Este Yak desfila con total presencia.
Caminos salvajes. Este Yak desfila con total presencia frente a mi sorpresa y al desinterés de mi chofer.
Tres mujeres ladakhis que nos contaron sus historias y compartieron un rato con nosotros regalándonos sus sonrisas.
Tres mujeres ladakhis que nos contaron sus historias y compartieron un rato con nosotros regalándonos sus sonrisas y un muy buen momento.
La primer vez que hacía dedo en una legendaria moto Royal Enfield.
La primer vez que hice dedo en una legendaria moto Royal Enfield.
Estas mujeres locales del Valle de Spiti se pusieron a bailar mientras esperaban que llegue su transporte. Un muy lindo momento me obsequiaron.
Estas mujeres locales del Valle de Spiti se pusieron a bailar frente a mí mientras esperaban que llegue su transporte.

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