Memorias de Irán

Memorias de Irán

Y un día llegué a Irán, destino temido por aquellos que se dejan llevar por el desconocimiento y tan añorado por aquellos otros que luchan cada día para demostrar que la hospitalidad del mundo es más fuerte que lo que se ve en TV.
Mi paso por Irán ocupa un lugar muy especial en mis viajes y es por eso que decidí resumir mis vivencias entre sucesos y personas que hicieron tan especial estos tres meses por tierras persas.

SANCIONES Y TURBANTES
Entré a Irán justo cuando Donald Trump re abría las sanciones internacionales contra la supuesta carrera nuclear del religioso Ayatola y el resto del gobierno iraní, probablemente el peor momento político económico para Irán en mucho tiempo. Para esas fechas (mayo 2018) me aventuraba en la región del Kurdistán iraní , donde muchos consideraban este suceso como “positivo” al aumentar la presión en el gobierno del poco popular Líder Supremo, ya sea para que renuncie, o para que cambie su política nacional e internacional. Más allá de eso, fue la peor noticia para todos los iraníes a la hora de subsistir. La devaluación de la moneda y la inflación fueron inmediatas a minutos del discurso de Trump y todavía no había llegado lo peor.

Dejé Kurdistán y encaré en dirección a la capital, Teherán, para conocer y para aplicar a la visa de Pakistán y de India.
Al caminar por la ruta veo repetidos carteles con la cara simpática del viejito barbudo con turbante. Este es el 2do Ayatola mayor, también conocido como líder supremo, apodo que se asemeja más al personaje malvado de una sátira que a un líder del siglo 21. Junto a su carita de abuelo piola hay escrituras en farsi (lengua nacional) que no logró decodificar. También hay flores pintadas y muchos colores. Con el tiempo me enteraría que estos carteles que parece que transmitieran mensajes de amor, en realidad hacen referencia a la aniquilación de Israel y a la supremacía de los Ayatolas en la región.
Quizá me equivoco, pero pienso que cuando los líderes políticos inundan la cartelera urbana posando con sus mejores muecas es porque hay algo no está del todo bien.
Otra decoración que es imposible no ver, son los rostros de los caídos en la guerra Irán-Irak (hace 40 años), inmortalizados como mártires, pero con olor a manipulación gubernamental.
Por la cantidad de marketing en cartelera pensé que me encontraría con gente que apoyase al régimen, pero no, llegué a la conclusión que en Irán, la clase política y el pueblo son como el agua y el aceite, junto a un descontento social que crece de a segundos.

Los rostros de los mártires vigilados desde la esquina por los dos Ayatolas y sus barbas.
Los rostros de los mártires vigilados desde la esquina por los dos Ayatolas y sus barbas.

ESOS MOMENTOS QUE SÓLO EL PULGAR TE DA
No llego a levantar el brazo que se detiene un Peugeot “Pars”, modelo de la empresa francesa producido en Irán (como casi todo el resto), aunque idéntico al “405”, y uno de los tres o cuatro modelos de automóvil que exisen en el país, ya que los impuestos a los importados (por las sanciones) son astronómicos. Llamativamente, el 90% (o más) de los autos en Irán son de color blanco y este no fue excepción. Farhad, de unos 60 y pico de años, estrechó mi mano con una gran sonrisa y yo le correspondí con un “salam” (hola) y luego de entrar con un “merci” (gracias). La lengua Farsi, aunque viene del antiguo persa tiene muchas palabras de Europa, Arabia y hasta algo de ruso. La conversación fue fluida gracias a su buen nivel de inglés a pesar de no practicarlo por ¡20 años!, cuando cursaba ingeniería y justo después de ser parte de la guerra entre Irán e Irak, 40 años atrás. Me confesó que lo más oscuro de lo que fue testigo fue ver morir a todos sus amigos en un ataque enemigo del que sobrevivió de milagro. Al levantarse la camiseta me mostró los 7 impactos de bala en su cuerpo y lo desacomodada que quedó su nariz por un mortero iraquí. A pesar del peso de la conversación, Farhad nunca dejó de sonreír con paciencia a mis preguntas y se creó un clima conversacional muy agradable por las 3 horas de viaje restantes. La alegría de poder practicar su inglés una vez más y conocer un viajero de una tierra tan distante era una inyección de vitalidad en el ex soldado. Lo mismo me pasó a mí. Tener la oportunidad de conocer alguien con semejante experiencia, la que es más probable encontrar en libros de historia que en la vida real, era pura gratitud de mi parte. Me invitó a almorzar camino a Teherán en una parada de camiones, y una vez llegados a la monstruosa capital, se animó a desviarse de su ruta para dejarme en la puerta del metro. En la despedida y luego de un fuerte abrazo, pude ver rodar unas lágrimas en el rostro emocionado de esta gran persona y amigo del camino por unas horas.
Con historias y personas como estas, ¿no les parece difícil dejar de hacer dedo?

Con Farhad, quemando combustible por rutas desiertas.
Con Farhad, quemando combustible por rutas desiertas.

RAMADÁN
Otro hecho importante que se dio a mi llegada a Irán fue el comienzo del Ramadán, el mes de ayuno que practican los musulmanes del mundo. Según el Koran, sólo se puede comer y beber antes que salga el sol y una vez que éste se pone. Esto hace que durante el día no veas a nadie comer ni beber. Bueno, en realidad no es tan así. Con el creciente descontento que los iraníes tienen por su líder religioso deja a este tipo de prácticas resignadas para unos pocos que, más allá que no les guste su clase dirigente, son musulmanes que aún creen en sus rituales. En todas las casas que me alojaron nunca se me impuso el ayuno, más allá de entenderse que el extranjero (y no musulmán) no entra en esto. Quizá puede ser difícil si el que te levanta en la ruta practica el ayuno y vos justo te estas muriendo de hambre, pero nunca me pasó. Aunque también pienso que me hubiera venido bien para aflojarle un poco al tenedor y desinflar la panza malcriada “made in Irán”.

El peso del Ramadán: comiendo a escondidas en el fondo de un parque y atentos a que no pase ningún policía.
El peso del Ramadán: comiendo a escondidas en el fondo de un parque y atentos a que no pase ningún policía.

Si se come durante el día, es mejor hacerlo fuera del ojo público. Un día me compré un falafel y en lugar de atacarlo en privado, salí caminando en pleno centro de Teherán olvidando por completo que era Ramadán. Me llamó la atención que la gente ya no era atraída por mi barba pelirroja terrorista y mis rastas cuasi dedos de bruja, sino a mi falafel y a los mordiscos letales que le infligía. Cuando me di cuenta, me desesperé por un ratito buscando dónde esconderme y tuve que mandarlo de emergencia para adentro casi sin masticar. El no comer en público es más por una cuestión de respeto hacia los que ayunan, que un posible castigo por comer de día.
Pero como soy especial para estas situaciones, volví a cometer el mismo error unos días después hasta que bueno, tuve que despertarme.

En pleno ramadán tomando unos tecitos ruteros con mi chofer, Mohamad. Los que conducen largas distancias tienen permitido romper el ayuno.
En pleno ramadán tomando unos tecitos ruteros con mi chofer, Mohamad. Los que conducen largas distancias tienen permitido romper el ayuno.

LA REPUTACIÓN
En Teherán me alojó Keyvan, otro iraní graduado que está en la espera por migrar a Canadá, Australia o donde sea que pueda comenzar una vida mejor que la que promete el líder supremo. Es ingeniero, como el 90% de los iraníes que me crucé y tiene una maestría para reforzar el título, al igual que la totalidad de ingenieros. Tal nivel de educación con un futuro nublado me recordó a Argentina y a su fuga de cerebros. A lo largo del viaje me fui dando cuenta que Irán y Argentina (o Sudamérica) tienen varias cosas en común, ya sea en lo social y en la calidez de su gente, como en los problemas político-económico que los (y nos) ahoga.

Keyvan, como muchos otros, me preguntó qué se piensa de los iraníes en el resto del mundo. Les preocupa la reputación de país peligroso con la que se los cataloga desde el desconocimiento, iluminado por los medios. Aunque al mismo tiempo saben muy bien que aquel desafortunado título internacional que se han ganado se debe principalmente a su orgulloso gobierno religioso.
Gente tan formada dentro de un país tan hospitalario al que se considerada terrorista y peligroso me da una sensación de inseguridad mundial.

"Quiero vale 4..."
“Quiero vale 4…”

“HOLA, ¿PUEDO IR A AFGANISTAN?”
Mi visita a Teherán fue puramente diplomática, o algo parecido. Con tantos países interesantes alrededor es tentador visitar a sus embajadas e interrogar a su personal en cuanto a visas. Porque cuando uno llega a Irán desde el oeste (o sea, desde Turquía o el Cáucaso) con intenciones de continuar rumbo este, es cuando hay que jugar las cartas, o mejor dicho, las visas correctas y así no quedar trabado en este cuello de botella y tener que desembolsar varios billetes para salir volando cuando la visa llegue a su fin. Mi plan original es seguir a dedo por lo menos hasta Singapur, vía Pakistán, India, y Sudeste Asiático, dejando de lado la otra opción que se abre desde Irán: los “stanes” ex soviéticos, como Turkmenistán, Uzbekistán y compañía. Y como me considero un afortunado en muchos aspectos de mi vida, hace poco me llegó la info que entrar a Pakistán desde Irán es posible, pero con visa de tránsito. Una verdadera buena noticia, ya que lo único que circula en internet es que sólo se consigue visa (de turista) desde el país de origen, imposible en mi caso. En definitiva, llegué a Teherán para tramitar permisos de futuros destinos.

Con la visa de Pakistán. Más feliz que a propósito.
Con la visa de Pakistán. Más feliz que a propósito.

Y ya que estaba por el barrio de visita diplomática a las embajadas de Pakistán e India, también me di una vuelta por la de Afganistán, como para saludar y “a ver qué me dicen”. Esquivé la multitud que día a día se agolpa en la entrada pidiendo asilo y pasé a la sección de visas. Lo que pensé que sería una fortaleza, no lo fue, ni siquiera me controlaron los bolsillos al entrar. Detrás del vidrio había dos señores, uno de 50 y otro de casi 70 años. Antes que les preguntara sobre visa para su país, ambos me miraron con cara de, “maestro, te confundiste de edificio”. Afganistán no figura en mi plan, pero tampoco soy rígido al cambio.
Después de darme la negativa noticia que sólo se consigue visado afgano si se tiene una visa de 6 meses en Irán, lo cual es insólito y casi imposible de lograr, los discursos de mis informantes se dividieron. El menor me decía que estaba loco si quería entrar a Afganistán en este momento de tensión, inclusive sin ir tan lejos y quedándome en Herat, ciudad cerca de la frontera con Irán. Lo cómico fue que al mismo tiempo, el mayor me discutía en cómo se me ocurría visitar Afganistán sin ver la totalidad del país, motivándome a pasear como si estuviéramos hablando de Suiza. Una idea hermosa en una realidad turbulenta. No entendía nada, y mi cabeza iba de lado a lado cual viendo un partido de tenis. Al final acordaron en algo, no podía entrar a Afganistán. Me saqué la duda y volví a la ruta para dejar Teherán por unos días hasta que las visas de India y Pakistán estén listas y así buscarlas.

CAZADOR DE TESORO DEL DESIERTO
Dejo la capital y me dirijo al sur, hacia Galath, un pueblo que está muy cerca de la turística Shiraz. Allá esperan amigos en un lugar bastante peculiar de Irán y del cual les voy a contar más adelante.
En alguna parte del desierto me levanta Alí. Alí, de unos 20 y pico de años es de pocas palabras y la conversación es casi nula por horas. Conductores así son añorados cuando se está agotado y los párpados parecieran pesar toneladas. Estos son momentos claves para ganar horas de descanso mientras las distancias se achican. Al rato, cómo si se hubiera olvidado un tema de conversación en el tintero, rompe el silencio con entusiasmo. Me pregunta sobre mi situación financiera. Le respondo usando “frágil” y “limitada” como adjetivos en el traductor de su celular y sin devolverle la pregunta, arranca solo, evidenciando que había algo que se moría por compartir. “Yo soy millonario porque encontré un tesoro”, me dice, o mejor dicho, el traductor lo hace. Sin mucho contexto del tema me pierdo y pienso que el traductor le jugó una mala pasada al querer decir otra cosa. Sonrío, pensando que el tesoro era su esposa, o algo así. Insiste mirándome serio y me empieza a mostrar fotos de viajes y su colección de autos de lujo, ambas muy difíciles de conseguir en Irán. Las palabras sueltas que luego saldrían de la pantalla del celular decodificarían el mensaje.

Me dijo que luego de estudiar varios libros del tema y conocer por años la zona  desértica del centro del país, él y su hermano, finalmente encontraron lo que buscaban al pie de una de las montañas cerca de la turística Shiraz. Gracias a símbolos esculpidos en piedra, encontraron joyas de la época del emperador persa, Darius, de unos 2500 años de antigüedad. Ahora tenía toda mi atención en cada palabra que decía. Me dijo que no fue tan fácil, y entre los peligros estaba ser agarrado por la policía, casi cadena perpetua por “robarle” al gobierno, ó, morir por los gases tóxicos a 12 metros de profundidad, cavados a pulmón y teniendo que usar máscaras.

Las montañas iraníes, guardianes de tesoros milenarios.
Las montañas iraníes, guardianes de tesoros milenarios.

Las joyas se vendieron en el mercado negro y con eso abrió una fábrica. Y como yo siempre estoy abierto a colaborar y ayudar a otros, le pregunté si necesitaba un voluntario cordobés con ganas de cavar. Con risas admitió que con lo que encontró está bien parado por varios años más y llegado el caso de necesitar más, sabe dónde buscar.
“Las montañas de Irán son armarios llenos de sorpresas. Muchos saben que existen, pero pocos saben cómo y dónde buscar”, así sentenció la charla.
Antes de llegar a destino me confesó que todo lo que me contó fue porque yo era extranjero, algo que nunca haría con sus compatriotas por las dudas que llegué a oídos incorrectos y envidiosos. Me sentí privilegiado y fascinado de escuchar semejante relato, y a pesar de la posibilidad que todo hubiera sido mentira, una parte de mí quería creer el hecho que todavía haya personas en este rubro clandestino y tan espectacular, algo me hizo volar la imaginación por un buen rato.

GALATH, EL OASIS DEL LIBERTINAJE IRANÍ
Otro conductor que me levantó un poco antes sonrío con picardía cuando le dije que Galath era mi destino. Galath es conocido por ser uno de los pocos oasis para salirse de la estricta rutina islámica que muchos jóvenes (y no tanto) aborrecen de su gobierno. Esta aldea, localizada al noroeste de Shiraz, es literalmente un oasis, ya sea por su verde y su microclima ajeno al desierto, como por la mentalidad de la gente que la habita. Este es el lugar donde se puede hacer todo lo que en el resto de Irán es arresto inmediato, como fiestas con hombres y mujeres juntos, o, varios latigazos en la espalda, multa y arresto como sucede con el alcohol y el canabis. Así, su gente, una especie de generación hippie persa, vive en paz lejos del telescopio del conservacionismo religioso que sofoca a Irán. La policía está coimeada para que no moleste y así dejar a locales y visitantes entrar a esta burbuja que te hace olvidar que estás en una república islámica. Recomiendo una visita para cuando necesiten un descanso de los límites islámicos, o para aquellos que les guste festejar a lo explosivo en un lugar surrealista.

Galath desde afuera.
Galath desde afuera.
Galath desde adentro.
Galath desde adentro.

CERCA DE LA TRIPLE FRONTERA: IRÁN, PAKISTÁN Y AFGANISTÁN.
Entre los latigazos que pegué con el pulgar yendo de punta a punta del país, terminé en Zahedan, ciudad ubicada en la esquina que forma parte de la triple frontera entre Irán, Pakistán y Afganistán. Pero unos días antes, y como estaba cerca, me fui a conocer Shahdad, la ciudad más caliente del planeta y parte del respetado desierto Lut. Ignorando las advertencias, fui para experimentar algo único y ver cómo la gente vive en un lugar así. Todavía no era verano, pero era cierto, estaba calentito. 52°C cuando me bajé del auto y tuve que pedir asilo en una mezquita para que me dejen pasar la noche porque si acampaba, se me iba a derretir el material de la carpa en la espalda. Desperté a las 5 am para escapar y a esa hora ya hacía 35°C. Creo que es positivo experimentar estos extremos (por un rato nomás) porque después cualquier lugar va a parecer un oasis casi polar.

Mezquita salvadora en la ciudad más caliente del planeta.
Mezquita salvadora de Shahdad, la ciudad más caliente del planeta.

Volviendo a lo Zahedan, me di cuenta que explorar los límites geográficos de las naciones es una enorme recompensa para aquellos que disfrutan el observar en cómo las culturas, idiomas y tradiciones de distintas etnias se encuentran de una manera evidente y hermosamente brutal.
Llegué a Zahedan gracias a una familia que me levantó cuando ya me estaba volviendo crocante de esperar bajo aquel sol verdugo, pero no porque la gente no te ayude, sino porque casi no había autos. Que no se malinterprete, amigos, me animo a decir que en 7 años de viaje, Irán es el país más fácil para hacer dedo que me ha tocado hasta ahora, un podio que sospecho es casi imposible de derribar.

Esta familia me levantó en pleno desierto y me adoptó por 2 noches.
Esta familia me levantó en pleno desierto y me adoptó por 2 noches camino a la triple frontera.

Si salís a caminar por las calles polvorientas y calurosas de Zahedan, lo primero que se detecta es su peculiar población mayoritaria, los que no son iraníes para nada. Los baluchis, una etnia que se distingue del iraní o persa típico, y como los kurdos en el oeste de Irán, éstos también comparten más de una nación, dividiéndose entre los tres miembros de esta triple frontera. Se los identifica de inmediato por el ropaje de los hombres, camisa larga y pantalones sueltos, especial para el calor del desierto.
Es  fácil terminar en bazares donde el aroma de las especias te transporta a India, o a Pakistán, ambos muy parecidos en gastronomía. También hay tiendas que ofrecen desde zapatillas a mochilas de 2da mano y de altísima calidad, algo que uno no espera encontrar en el rincón más pobre de Irán. Antes que le pregunté a Omid (hijo de la familia anfitriona y mi guía local), él ya tenía la respuesta lista. “Estos productos son enviados desde países del benevolente 1er mundo a Afganistán, vía ONU”, me dijo. Pero como la gente necesita comer (o hacerse unos billetes como sea posible) antes que tener zapatillas Nike Air, y más aún después que te voltearon la casa de un bombazo, muchos contrabandean esos accesorios a Irán donde pueden venderlos a mejor precio.

Tres generaciones baluchi en las calles de Zahedan.
Tres generaciones baluchi en las calles de Zahedan.

Todavía era Ramadán para ese entonces y camino a escondernos con Omid para comer un helado fuera de la vista pública (y del picante sol) nos cruzamos, entre los pasajes del bazar, con algunos personajes que en voz baja nos ofrecían algo que no sonaba muy legal. Pensé que era teriak, opio afgano, una de las divas del contrabando del país vecino, pero no, está vez los muchachos con miradas esquivas ofrecían vaporizadores de gas pimienta y electroshocks (o pistolas inmovilizadoras). Zahedan no tanto, pero toda localidad que respire a la frontera afgana, tristemente se convierte en un proyecto de tierra de nadie y mientras que algunos usarán estos productos como defensa, otros optarán para usarlos como inmovilizadores en secuestros y extorsiones.

Mochilas vía ONU.

HOMENAJE A LA HOSPITALIDAD IRANÍ
“Bienvenido a Irán”, “sos mi huésped y quiero que disfrutes sin preocupaciones”, “tu presencia es una bendición para nosotros”. Estas son algunas de las frases que se repitieron a lo largo del viaje por Irán. Nunca se me malcrío tanto, en serio.
Su generosidad es tan incondicional a la hora de ofrecer cualquier tipo de agasajo que te hace olvidar que, por ejemplo, la inflación presupuestaria por la que están pasando estas familias luego de la reapertura de las sanciones internacionales es altamente destructiva para su economía diaria. Algunos me han alojado hasta por una semana sin siquiera dejarme lavar un plato o aunque sea comprar pan.
En la ruta no llegaba ni a levantar el brazo que a veces hasta dos autos paraban para preguntarme si estaba bien o si necesitaba algo. Impresionante, se me pone la piel de gallina.

Tengo esperanzas que con relatos como este y de otros viajeros que homenajeen el amor iraní por el visitante hagan de contrapeso a las noticias erróneas que se venden sobre esta nación.
A Irán lo hace su gente, y comparto lo que dijo el compañero de rubro, Juan Pablo Villarino: “confío más en el cambio positivo del mundo por parte de viajeros que por parte de los burócratas de las Naciones Unidas”.

Gracias por pasar y espero que lo que leyeron ayude a mejorar un poquito la percepción que tenían de este maravilloso país con tantas historias alucinantes.

¡Gracias Irán!

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