De torres y viñedos, una casa pública y una visa caprichosa

De torres y viñedos, una casa pública y una visa caprichosa

Mi visita a Georgia no fue planeada con anticipación ni altamente anhelada como la idea de conocer Irán, mi próximo destino, por ejemplo. Los países caucásicos siempre estuvieron envueltos por una nube de desconocimiento y desinterés en mi mente. Pero con el tiempo, a medida que me movía por la tierra que le hace honor a San Jorge (Saint George) con su nombre y mientras esperaba mi tan anhelada visa iraní, este pensamiento fue cambiando radicalmente para demostrarme que fue una excelente idea haber decidido explorar este país en lugar de usarlo como tránsito entre Turquía e Irán.
Georgia, la gran aldea.

Crucé a Georgia desde Turquía. La última mezquita y sus altoparlantes (y el lado conservador al que Turquía se dirige) quedaron atrás casi pegados al control fronterizo. Luego de atravesar la imaginaria línea de división y sus pocos metros me encontré de repente con todo lo que el islam prohíbe: casinos, stripclubs y licorerías. A la colección de estos negocios con ventanas polarizadas se le anexan una o dos iglesias ortodoxas para que sus fieles puedan redimirse luego de una larga y ardua noche.
Contraste de ideologías pero no de clientela, la cual viene ambos lados de la frontera y de religión.

Tan pronto dejé Turquía atrás y a metros de la frontera.
Tan pronto dejé Turquía atrás y a metros de la frontera.

SVANETI, MONTAÑAS Y TORRES
El tiempo de espera para que me aprueben la visa de Irán fue el precursor de este post. Sin tanto tiempo de demora (por una cosa u otra) no hubiera podido explorar semejante nación, casi invisible para muchos. Desde Batumi, la primera ciudad luego de la frontera y la Miami de Georgia, me fui hacia la región montañosa de Svaneti, al norte del país. Hacer dedo fue fácil desde el principio y con eso tildó de inmediato uno de los casilleros de mi lista que hace a una nación agradable para viajar.

Camino a las montañas del Cáucaso.
Camino a las montañas del Cáucaso.

Las torres
Las torres de Svaneti son el plato fuerte, aparte del paisaje que hipnotiza, razón que magnetiza a visitantes para acercarse a esta región de los Montes del Cáucaso y a pocos kms de Rusia. Estos colosos de piedra siguen en pie desde hace casi un milenio y la razón de su construcción no está del todo claro, pero se dice que servían de defensa, y al mismo tiempo, para reflejar el poder y la fuerza de cada familia, la que construía su propia edificación independientemente del resto, en una especia de competencia por quién hace la más alta, piedrita por piedrita. Cada torre está anexada a una casa, la que en tiempos de invasión era abandonaba para refugiarse en los distintos niveles de estos centinelas de piedra, quienes han sobrevivido avalanchas sin siquiera moverse mientras que el resto de la aldea y sus hogares modernos fueron barridos hasta el final del valle.

Mestia.
Mestia.

El pueblo más grande de Svaneti se llama Mestia, a donde me dirigí sabiendo que todavía hacía frío para acampar, pero con la idea de no llegar a hacerlo, sino dormir bajo techo sin pagar (me frustraba un poco pensar que estaba e iba estar en el momento incorrecto tanto en las montañas frías de Georgia, ahora, como en el desierto iraní, uno o dos meses después cuando el verano llegue y el calor se vuelva tan incómodo como el frío que todavía no me deja acampar aquí arriba. Mis viajes y las condiciones climáticas óptimas no siempre se encuentran).
Con actitud terca, llegué decidido a trabajar de voluntario unos días en algún tipo de negocio de alojamiento para tener un techo y quizá algo de comida que me deje descansar y explorar la zona sin congelarme a la noche. Luego de interrogar y molestar a más de una docena de alojamientos si necesitaban alguien que los ayudara, se me dio, aunque la verdad era al revés, ellos me estaban ayudando. Encontré un hostel/camping donde me encargué de cortar leña y limpiar el campo que servirá de camping a futuros visitantes.

Vista panorámica desde la terraza de una de las torres.
Vista panorámica desde la terraza de una de las torres.

Cerca de Mestia se encuentra Ushguli, la perlita de Svaneti, aunque no fui. Hacer dedo hasta esa remota aldea era como ir sin saber cuándo se puede volver. El tránsito es escaso y mi visa de Irán ya me tenía que estar esperando varios kms más abajo. Pero a pesar de no haber ido, recomiendo la visita. Se puede ir con vehículos 4×4 a un precio accesible si son varios y así compartir el gasto. Se cobra por auto, no por persona.

Por cuestiones burocráticas no obtuve la visa de Irán en Batumi y decidí continuar el trámite desde Tbilisi, la capital, casi del otro lado del país y aprovechar también para explorar la región de vinos, Kakheti y a poca distancia de la frontera con Azerbaiyán. Pero antes de llegar a la capital hay que transitar las rutas nacionales georgianas, controladas en absoluto por vacas y otros animales de granja que andan sueltos. Es como transportarse un rato a India por la inmunidad y libertad vacuna que reina en todo tipo de camino, salvo autopistas. Antes, también, visité Abjasia, la región que se quiere separar de Georgia con asistencia de Rusia. Aquí pueden ver cómo hacer para entrar desde Georgia y mi experiencia un poco turbulenta.

Los caminos no tan rurales de Georgia.
Los caminos no tan rurales de Georgia.

La casa pública de Tbilisi
Un gran amigo mexicano, Ricardo, me pasó la data de una casa en pleno centro de Tbilisi que sirve de refugio para viajeros, en especial para aquellos con escasos recursos. Es como una casa pública y cualquiera es bienvenido con un conjunto de ideales similares a los encuentros Arco iris (Rainbow Gathering). Desde la calle se pueden ver las banderitas tibetanas que cruzan su entrada y sus paredes pintadas con abstracción hippie que acusa el perfil de quienes viven aquí. Y a pesar de no ser ejemplar por su limpieza y las condiciones de orden, hay que destacar que es gratis. Sus miembros permanentes aprecian donaciones, colaboración en lo que sea, o sumarse para tocar música en la calle y así pagar la comida, la renta y sus servicios.

El refugio urbano en pleno Tblisi.
El refugio urbano en pleno Tbilisi.

Por la ubicación de Georgia entre Europa y Asia hace que esta casa tenga una ensalada de visitantes (y especímenes) de todo rincón del planeta, principalmente de los que se mueven a dedo y con mochila. Entre las celebridades que me crucé está Sara, una portuguesa que recorre el mundo a dedo con sus dos perros y después está Félix, un alemán que dejó todo el confort y lujo atrás, para vivir sin una moneda y quien pareciera disfrutar más dormir bajo un puente que dentro de una carpa.
Sospecho que será un lugar de culto alternativo y bohemio algún día, si es que no se viene abajo antes.
La dirección: Shio Aragvispirelis 12, Tbilisi.

KAKHETI, SUS VINOS, SU GENTE Y LOS PERROS
Prácticamente me escapé de Tbilisi mientras esperaba una vez más que la visa de Irán se ejecuté. Ya son 3 semanas desde la primera vez que apliqué y por una cosa u otra no sale. Me fui por unos días a conocer la región de donde se dice que el vino es originario. No, el vino no viene de Francia, Italia ni Grecia, sino de Georgia, aquel país que, sin insultar tus conocimientos geográficos, puede que no sepas dónde está exactamente. Con un perfil bajo y casi invisible a las noticias del mundo, Georgia no es sólo la tierra de donde viene el vino (8000 años atrás), sino también la miel. Refuté esa teoría sin saber y sólo lo hice porque es gratis, “pero si la miel más antigua se encontró en las pirámides de Egipto”, dije, dándome cuenta que muchas veces somos máquinas de repetir sin saber. Mis anfitriones georgianos me miraron con ojos relajados y compasivos, respiraron profundo (en un “acá vamos otra vez”) y así pasaron a explicarme con paciencia los logros ancestrales de la “raza” georgiana en el mundo antiguo, su lengua única y jeroglífica (la que aún se usa luego de milenios) y sus logros gastronómicos cuando Europa todavía era un barrio con calles de tierra.

Los viñedos de uno de los conductores que me levantó.
Los viñedos de uno de los conductores que me levantó. Después hubo degustación.

El vino y su gente
Acá el vino es cosa seria y va más allá de lo que significa en el resto del mundo. Cada familia hace el suyo propio y la variedad de uvas llega a más de 500 en la región de Kakheti, sin contar el resto de la nación. El vinito es parte de su tradición y simboliza la unión de su gente y la permanencia de la identidad georgiana en el tiempo. Como será de importante que hasta los caracteres de su lengua escrita simbolizan las enredaderas de la vid.

Venta callejera de vino. Nótese las letras del alfabeto georgiano, y como dicen, imitando a las ramas de la uva.
Venta callejera de vino. Nótese las letras del alfabeto georgiano, que como dicen, imitan a las ramas de la uva.

Cada vez que se levantan los vasos (no vi que usen copas) es un brindis por una razón en particular, seria e importante para ellos. No hay lugar para chistes cuando se brinda con vino. La familia, sus ancestros, los caídos en la guerra (tienen más historias de combates que de vino), por el huésped que los acompaña, por la unión de Georgia y Argentina (en mi caso), etc., son algunas de las tantas razones para golpear los vasos. Dicen que los brindis pueden extenderse a más de 300 en una sola sentada, representando de alguna manera el rechazo a la partida de los invitados por parte de sus anfitriones. Sí, el vino abunda tanto en esta tierra como la generosidad de su gente. Hacía mucho tiempo que no me pasaba que casi cada conductor que me levantara en la ruta me invitara un vaso en su hogar. Obviamente seguido por comida (todo casero) e invitación a pernoctar en sus casas gigantes, aunque de clase media y rodeadas de bosque, huertas, y animales de granja. Si estas cosas no alimentan el seguir viajando, entonces no sé qué decir.

La aldea Signagi frente al Valle de Alazani y con los Montes del Cáucaso de fondo.
La aldea Signagi frente al Valle de Alazani y con los Montes del Cáucaso de fondo.

Mientras que en la mayoría del mundo se almacena el vino (del bueno) en barriles de madera, en Georgia se usan jarrones de barro o arcilla. Los Qvevri difieren en tamaño pero siempre están enterrados bajo la tierra, exhibiendo solo el orificio para llenarlos. Para extraer el vino se usan baldes atados con una soga, como cuando se saca agua de pozo. La arcilla o barro es lo que le da un sabor único al vino, tradición que hoy está protegida por UNESCO.

Monumento al Qvevri en una aldea de la región de Kakheti.
Monumento al Qvevri en una aldea de la región de Kakheti, de donde proviene el vino.

Los perritos
Los caminos de tierra y remotos, observados por los montes nevados del Cáucaso, conectan un viñedo tras otro y muchas veces atraviesan planicies por donde los pastores mueven a sus ovejas, tal cual sus ancestros hacían milenios atrás. Es armonía infinita observar estos paisajes mientras estoy sentado en el asiento del acompañante de cada conductor que insiste en llevarme a conocer sus plantaciones. Pero la paz siempre es interrumpida cuando hay ovejas cerca. Los golpes repentinos a los laterales de cualquier vehículo, sin importa el tamaño, parecen impactos de algo tan duro como el acero. Luego vienen los ladridos espesos pero potentes. Pastores del Cáucaso. Estos perros, del tamaño de un poni, y los que enfrentan a lobos y osos te escoltan a los cabezazos con tal furia que lo único que te queda es agradecer por no haber cruzado esa parte a pie.

Un Pastor del Cáucaso atrás de un alambrado, afortunadamente.
Un Pastor del Cáucaso atrás de un alambrado, afortunadamente.

Al final, todo pasa por algo. Si no hubiera sido por la demora de entrega de la visa de Irán (la que todavía no me confirmaron) que suele demorar una semana, no me hubiera animado a explorar y despejar la neblina de desconocimiento de semejante país y no usarlo sólo de tránsito entre Turquía e Irán.
Georgia, para mí, se asemeja a una aldea de dimensiones nacionales. Es una tierra donde las vacas todavía andan sueltas por las rutas, la gente sigue plantando sus alimentos y produciendo todo de manera natural y casera, como el vino, por ejemplo. La naturaleza desborda en cada rincón junto a sus valores ancestrales y a la hospitalidad caucásica. Es un país con tanto para ofrecer, pero con escaso marketing, lo que quizás sea para bien como protección contra el turismo masivo. Y además de todo eso, es muy fácil y seguro para hacer dedo, sin contar que también es barato (comparado con Europa), dos puntos que suman y que no dejan de ser importantes.
No tuve la chance de conocer Armenia ni Azerbaiyán, sus hermanos regionales, pero por lo poco que vi en Georgia me basta para recomendar a que se acerquen y alcen sus vasos con la hermosa gente del Cáucaso.

Con Amiran, uno de los tantos representantes de la hospitalidad georgiana espontánea.
Con Amiran, uno de los tantos representantes de la hospitalidad georgiana espontánea.

¡Gracias!

8 thoughts on “De torres y viñedos, una casa pública y una visa caprichosa

  1. Relato muy bueno! Entre el tuyo y otros blogueros que visitaron Georgia extensivamente, se pinta una imagen hermosa de un país poco conocido. Me da muchas ganas de conocer algún día. Cómo siempre, es fascinante leer sobre tu propia experiencia. Gracias por escribir y compartir!

    1. Gracias Ari, me alegro que te haya gustado. Sí, creo que muchas veces, los países de los que poco se sabe son los que al final los que más recompensan, quizás por la falta de expectativas.
      Gracias otra vez 🙂

  2. Grande Benja!! Nosotros estuvimos con Romi y también nos encantó.
    Esperamos el relato de Irán. Muy bueno como escribís, se disfruta con vos!
    Un abrazo grande!!

    1. Hola Andrés querido. No sabía que habían pasado por Georgia. Que buena gente y que país hermoso, no?
      Gracias por pasar y me alegro muchísimo que te gusten los relatos.
      Gran abrazo!

  3. Gracias por regalarnos estos conocimientos. Fascinante, me encantó. Siempre me quedo con ganas de “más”. Con un sentimiento protector (soy mamá y abuela) me alegro que no te den la visa a la tan azotada Irán, y que esto te permita conocer estas maravillosas culturas (se parecen a nosotros en la hospitalidad?). Te mando un beso.

    1. Gracias Estela! Sí, todo pasa por algo. Y a la visa de Irán ya me la dieron, jaja.
      Te abrazo fuerte desde la región kurda de Irán.
      Gracias por pasar.

  4. ¡Hola! ¿Cómo estas? Me llamo Camila, soy de Argentina también. Tenía un par de preguntitas sobre Georgia.
    Te las mandaré al inbox de Facebook.
    Gracias.

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