Bosnia y Herzegovina y mi síntesis balcánica

Bosnia y Herzegovina y mi síntesis balcánica

Después de visitar Serbia, Croacia, Montenegro, Albania, Kosovo y por último Bosnia y Herzegovina me nació la idea dejar una reflexión de mis ocho meses por esta interesante y candente región con mezcla de hospitalidad, solidaridad, guerra, unión y desunión. Estos son los Balcanes volcánicos, uno de los rincones del mundo que, a mi parecer, se identifica mucho con Sudamérica en cuanto a la pasión para hacer las cosas, en ambos extremos y también en cuanto a la flexibilidad que se desarrolla para seguir adelante en el enredado día a día.

Mi último país fue Bosnia y Herzegovina, el que identifica y sintetiza en mi opinión a toda la región balcánica y a la ex Yugoslavia en una sola nación, alguna vez el centro del mayor conflicto religioso de la zona entre católicos, ortodoxos y musulmanes.
Sarajevo fue mi primera parada, la cual siempre imaginé en un día gris y con neblina, lo que me despertaba una sensación de nostalgia, soledad y misterio sin siquiera conocerla. A pesar de no saber absolutamente nada, como suelo proceder con mis destinos, las ganas de visitarla eran fuertísimas y mi conexión con la ciudad se plasmó durante toda esa semana. Sarajevo tiene algo fascinante que te envuelve desde el principio a fin sin una razón en particular. Pero quizá sea al ver a su población seguir (sobre) viviendo su rutina diaria junto a la sensación de melancolía y tragedia que aún reina y se siente al caminar por las calles. Trato de llevar mi mente a esa época donde alguna vez la muerte fue habitué en los cuatro años de sitio, hoy recordada por los orificios de munición en sus edificios y morteros en las veredas y calles.

Impactos de munición en pleno centro de Sarajevo.
Impactos de munición en pleno centro de Sarajevo.

O quizá es la amalgama de religiones que conviven creando una atmósfera especial entre Oriente y Occidente, razón por la que muchos la llaman la “Jerusalem de Europa”. Caminar por el área peatonal rodeado por edificios antiguos que se encuentran en cualquier parte de las capitales europeas y de repente ver tiendas donde el café se sirve a lo turco y las mezquitas se entre mezclan con tiendas de comida árabe y sus bazares termina siendo una fusión alucinante de cultura y religión única en Europa.

La línea imaginaria que separa o une la parte europea de la oriental.
La línea imaginaria que separa, o une la parte europea de la oriental.

Más allá de disfrutar cada nuevo destino como en su momento era Sarajevo y el resto de Bosnia, había algo que siempre me hacía volver a la realidad por la que está región pasó. Cuando cruce la frontera para entrar al país supe que tenía que tener cuidado no sólo con los temas que se tocan, como el de la guerra, sino también en cosas tan simples como es la pronunciación de las palabras en su lengua. Por ejemplo, “muchas gracias” en Serbia se dice “hvala lepo”, en Croacia “hvala lepa” y en Bosnia “hvala liepo”. Esto parece ridículo, pero a veces la intolerancia y mal humor de algunos con sus vecinos, alguna vez enemigos, se puede llegar a volver a sentir por un segundo en un simple error de pronunciación. Tampoco es tan grave si uno es de afuera y juega de neutral en las opiniones y discusiones, pero a veces se siente la reacción de algunos en cuanto a este tema. Por eso es mejor simplemente decir “hvala”, simplemente “gracias”, universal en toda la región y salvadora para los torpes que siempre metemos la pata en el peor momento. En Albania más de una vez se me patinaron un par de palabras en serbio sin querer, dignas de un chirlo en la frente y un “tragame tierra ya mismo”.

Dos musulmanes que me levantaron al norte de Bosnia.
Dos musulmanes que no sólo halagaron mi barba desprolija, sino también me salvaron después de esperar unas 2 horas en la ruta.  Norte de Bosnia.

Después de pasar  5 meses en Serbia, mi primer país en la ex Yugoslavia, mi punto de vista sobre la región no era del todo objetivo y me aseguré en defender a los serbios, por lo menos en mis pensamientos al entrar a otra nación y como en su momento fue Croacia. Al pasar por Albania, Kosovo y Bosnia y Herzegovina, mis pensamientos fueron cambiando gradualmente en cuanto a la versión serbia. Necesitaba eso, escuchar las otras campanas. Visité amigos (serbios) en Montenegro y en la noche previa a dejar Montenegro para ir a Albania (país acusado por Serbia de robar la región de Kosovo) hubo caras largas de algunos compañeros de mesa en aquel bar. A muchos no le gustaba la idea de mi visita para “aquel lado”. Al hacer dedo en Albania me encontré con algunos que ya habían olvidado la rivalidad con Serbia y otros que seguían acusando a éste de vecino abusivo con algunas acusaciones que no convencían, pero cuando se viaja a dedo y más en un lugar como este hay que escuchar, y si hay una oportunidad de hablar mejor reformular 10 veces en tu mente lo que vas a decir. Un conductor feliz es clave, más aún cuando afuera llueve a lo cataclismo.

Saliendo de Serbia y a punto de entrar a Croacia.
Saliendo de Serbia y a punto cruzar el río Danubio para entrar a Croacia.

Fueron meses de subir a un auto y que te cuenten una versión de los hechos y después abrir otra puerta y escuchar un discurso evangelizador opuesto al anterior. Al oír tantas versiones nacionalistas descubrí que había un factor común en muchos de estos casos y en casi todos los países: ser la nación que heroicamente luchó contra los turcos otomanos hace como 400 años para salvar a toda Europa de sus manos diabólicas, victimarse en las guerras de los ´90 y no asumir, aunque sea un poco, la responsabilidad en los sucesos bélicos en esos tiempos. No fue uno contra todos, acá fue todos contra todos.

El merengue que se me iba formando en la cabeza me estaba volviendo loco. Tenía que tener cuidado con lo que podía decir que no molestase a mi nuevo conductor de mi nuevo país, mientras que unos metros allá atrás después del control fronterizo el último chofer insultaba a toda la nación que ahora estaba por visitar. Cada nueva entrada a un país era una reprogramación en cuanto a historia y lengua. A pesar que alguna vez Yugoslavia fue una y la historia y lengua fueron prácticamente las mismas, hoy de a ratos me tocaba dejar de lado lo que allá me dijeron para prepararme en escuchar una versión nueva de los hechos.

Dos particulares especímenes: uno musulmán y el otro ortodoxo. Amistad por sobre la religión.
Dos particulares especímenes que me levantaron por el centro bosnio: uno musulmán y el otro ortodoxo. Ejemplo de cómo la amistad no se ensucia por diferencias religiosas.

Pero a pesar de todo, la hospitalidad incondicional de su gente fue igual de gigante como la del anterior país. En todas partes me trataron de la mejor manera y siempre con la reconocida calidez balcánica. Son incontables las veces que los automovilistas me invitaron el almuerzo, un café y hasta me dejaron pasar la noche en sus hogares.

La hospitalidad balcánica al máximo y con sus tres exponentes líquidos preferidos: rakija, cerveza y café.
Rakija, cerveza y café. La hospitalidad balcánica al máximo con sus tres exponentes líquidos preferidos servidos al mismo tiempo. Invitación de un croata a su hogar quién me levantó en un camino secundario donde pensé que me iba a desmayar del calor.

Más allá de lo que algunos dicen en contra del otro, son prácticamente todos iguales, o por lo menos así lo veo yo. Los bares siempre llenos simbolizan el momento social por excelencia en los Balcanes y siempre son acompañados por incontables dosis de café envueltas en un humo de cigarrillo que parece ser infinito, dos marcas registradas que dejaron los turcos hace dos siglos. Las charlas y sonrisas son las mismas en Serbia y en Albania, o en Croacia y Bosnia. A veces me sentaba en un café para observar su gente y darme cuenta qué tan similares son entre sí y por un instante hasta olvidarme en el país en el que estaba.

Un momento de distensión en el centro de Pristina, Kosovo.
Un momento de distensión en el centro de Pristina, Kosovo.

Otra materia que los iguala es la crisis económica de la que pareciera que ninguno puede escapar. Caen juntos y se levantarán juntos, dicen.
Pero la similitud que más disfruto de estas naciones es su gastronomía. No hay panadería que no sirva burek (masa hojaldrada con relleno de queso o carne) bañado en yogurt, una bomba que te llena por tres días. No soy un lector de cartas de restaurant y menos aún soy de salir a comer afuera, pero si un burek no juega un día entonces no hay que perderse una porción de paprikash, sopa de pescado y mucho pimentón, especialidad a lo largo del río Danubio, similar al goulash.

Burek, delicia que se encuentra en cualquier parte de los Balcanes.
Burek, delicia que se encuentra en cualquier parte de los Balcanes pero original de Bosnia y Herzegovina.

La tensión y el conflicto pasado que ensombrece a estos vecinos y hermanos quedan eclipsados por la solidaridad y hospitalidad al forastero. Al final, las sonrisas que me encontré por ocho meses no sólo eran iguales sin distinción de nacionalidad ni religión, sino que en cada brindis al que fui invitado la palabra al juntar los vasos fue la misma con la exacta misma pronunciación siempre: ¡jiveli!.
¡Salud al gran pueblo balcánico!

Gracias por pasar.

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