Derribando prejuicios en Serbia

Derribando prejuicios en Serbia

Entré a Serbia con una montaña de prejuicios en mi mente. Estaba decidido a conocer otro destino del que poco sabía, pero las alarmas que resonaban en mi mente, consecuencia del accionar militar serbio junto a la influencia de los medios durante mi adolescencia en los ´90 eran aún muy ruidosas. Relacionar la palabra guerra y el nombre de este país me parecía casi inevitable. Es por eso que elegí apagar la TV y agarrar las mochilas para tratar de bucear en lo más profundo de las naciones y de los pensamientos de sus habitantes.

Entrando a Kalemegdan, la fortaleza de Belgrado.
Entrando a Kalemegdan, la fortaleza de Belgrado.

Con una advertencia de la policía fronteriza rumana y casi a punto de pagar multa por sobre estadía en su país, entré a Serbia con una pareja de rumanos que me levantaron a metros de la frontera y con los que hice los restantes 127 kms hasta Belgrado. Es febrero y el invierno todavía sigue pegando fuerte. Para esperar a que pase el clima gélido y con tiempo para conocer Serbia, busqué voluntariados disponibles con Helpx para no tener que pagar por el techo ni la comida. Pero antes de dirigirme al departamento de Jovan y largar como voluntario en su estudio de yoga y en su huerta, contacté algunos anfitriones de couchsurfing como para ir conociendo gente a medida que me movía por la alguna vez bombardeada y también vibrante Belgrado.

En la estación de tren de Belgrado con nuevas amistades de Couchsurfing.
En la estación de tren de Belgrado con nuevas amistades.

La nostalgia comunista se huele aún en el aire y la atmósfera gris que puede llegar a reinar un rato en la mente de uno se interrumpe con la intensa vida de sus ciudadanos a toda hora del día y muy en especial de noche. Los rumores de la sobresaliente genética femenina serbia parecían ser cierto después de todo y es lo primero que compruebo mientras cruzo las calles esquivando tranvías. Algunos son modernos, otros cuadriculados con varias décadas, y por último, los usados por otras naciones, como Suiza, ahora reciclados por los serbios. Lo mismo pasa con los colectivos que Japón no usa más. Aquella rica nación que alguna vez formó parte de la gran Yugoslavia, hoy se levanta muy lentamente y mendigando por un futuro mejor en un pantano de corrupción.
La mayoría de los edificios son de la era comunista, también alguna débil huella de arquitectura turca-otomana luego de 500 años de ocupación y algunas fachadas barrocas que dejó el Imperio Austro Húngaro. Las iglesias cristianas ortodoxas también cumplen su parte del decorado urbano con sus cúpulas redondeadas y sobresalientes entre la masa de edificios grises y faltantes de gracia.

El templo cristiano ortodoxo de San Sava.
El templo cristiano ortodoxo de San Sava.

En cuanto al costo de vida y también para mi alegría, Serbia es uno de las naciones más baratas de Europa. En una reacción inversamente proporcional, mientras más entro en los Balcanes, mi felicidad crece a medida que los precios caen. Con esta bienvenida económica da gusto devorarse más de uno de los deliciosos pero para nada livianos, burek, una masa de hojaldre rellena con carne, hongos, queso, o lo que quieras. Para bajarlo siempre habrá invitaciones de una dosis generosa de la bebida destilada por excelencia de los Balcanes, rakija, que puede acompañar toda reunión social al final del día o junto a una taza de café turco en la mañana.  Es peligrosísimo seguirle el ritmo vertiginoso a los locales.

La peatonal "Skadarska", centro bohemio y turístico de los tradicionales "kafanas".
La peatonal “Skadarska”, centro bohemio y turístico de Belgrado con sus “kafanas”, restaurantes típicos serbios.

Me habían dicho que el tema de la guerra es bastante sensitivo aún y a pesar de mi desesperación por aprender todo desde su punto de vista local, preferí esquivar esos temas turbulentos hasta conocer mejor con quien hablo. Pero más me privo de decir algo y seguramente lo terminaré haciendo con una torpeza que ya me caracteriza. En una juntada, rodeado de serbios y con mucho alcohol alrededor, cometí el error de referirme a Kosovo como una región separada de Serbia. La reacción y corrección de uno de ellos no fue muy simpática que digamos, “¡Kosovo is Serbia!”, me dijo, antes de volver a sonreír y dejar pasar mi error geográfico por alto. El aire todavía está caldeado en Serbia, ya sea por los conflictos que sucedieron a principios de los noventa con Bosnia y Croacia durante la primera ruptura de Yugoslavia, como así también a finales de la misma década en la guerra de Kosovo.
Yugoslavia, Kosovo, guerra de los Balcanes, Slobodan Milošević y otras más, eran palabras sueltas que alguna vez escuché durante mi adolescencia pero que recién hoy pude conectar y entender, creo.
Después de la Primera Guerra Mundial y hasta el año 2006, Serbia cambió ocho veces de nombre. Estos fueron: Reino de Serbia, Reino de Serbios, Croatas y Eslovenios, Reino de Yugoslavia, República Popular y Federal de Yugoslavia, República Socialista y Federal de Yugoslavia, República Federal de Yugoslavia, Serbia y Montenegro, y por último, Serbia. Pero cambiar de nombre no siempre resuelve los problemas.

Uzice, símbolo de resistencia serbia contra la Alemania Nazi.
Uzice, símbolo patriótico serbio de la resistencia contra la Alemania Nazi.

Luego de la muerte de su carismático líder, Josip Broz Tito en 1980, empezó una historia de conflictos y separación convirtiendo a los Balcanes en una zona muy revoltosa e inestable hasta el día de hoy. Eslovenia y Croacia fueron los primeros en separarse de Yugoslavia a principios de los ´90, seguidos por Bosnia y Herzegovina, en lo que ya parecía ser una lluvia de chispas sobre un pajal. Los serbios tienen su punto de vista del comienzo de hostilidades como así también los bosniaks (serbios musulmanes) y croatas (católicos). No voy a entrar en detalles ni de quien tuvo más culpa, pero la cuestión religiosa y territorial fueron los desencadenantes más evidentes. A este post lo había escrito desde Serbia y sin haber visitado al resto de sus vecino, por lo que mi punto de vista no era objetivo del todo y estaba influenciado en gran manera por sólo una parte de la historia. Después de visitar Croacia, Bosnia y Kosovo, mi visión se amplió un poco más y he aquí una breve actualización y corrección.

Tractor que aún atestigua la existencia de la era yugoslava.
Tractor que aún atestigua la existencia de la era yugoslava.

Una vez que terminó mi reconocimiento de la ciudad, perderme en noches de neblina por sus calles bohemias y alternativas, tomarme unos rakijas envuelto por las notas de los acordeones en algún kafana escondido, saludar la casa de del visionario Tesla varias veces, desnucarme en una siesta por los parques de Kalemegdan (la fortaleza medieval  de Belgrado) y dejarme llevar por la tentadora vida nocturna, llegó el momento de mudarme al otro lado del río Sava, a Nuevo Belgrado. Era hora de empezar con el voluntariado y también en una especie de limpieza interior y desintoxicación de las últimas semanas de desprolijidad alimenticia y excesos de destilados entre Rumania y Serbia. Siguiendo los pasos de Jovan, mi anfitrión empleador, vegano y ex jugador de básquet profesional, la rutina comenzaba temprano con yoga, ayuno hasta el mediodía, palear en su huerta unas buenas horas y a veces terminar el día con una última clase de yoga. Fueron mis dos semanas más saludables de los últimos años.

La casa y ahora museo de Nikola Tesla.
La casa y ahora museo de Nikola Tesla.

De alguna u otra forma, en cada viaje que hacíamos en su auto para ir a su terreno, los temas de conversación siempre terminaban en lo bélico. Mientras conducía, me señalaba edificios, fábricas, plantas eléctricas y antenas que habían sido blancos en 1999 durante la guerra de Kosovo por las bombas de la alianza militar más grande del mundo, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Me compartió que en una ocasión se encontraba con su familia, cerca de donde vive ahora, cuando alrededor de las 3am escuchó el sonido de una turbina romper el silencio de la noche seguido de una explosión que hizo vibrar todo en un radio de kilómetros. Un misil tomahawk lanzado desde el Mar Adriático desintegraba la planta que daba calefacción a la zona oeste de Belgrado junto al guardia de seguridad que roncaba tranquilamente.
“Esa zona fue bombardeada por 4 días seguidos y con daños colaterales en civiles” me señalaba desde la ventana de su auto mientras continuaba con tranquilidad y aceptación su relato de los hechos: “el canal de TV local fue destruido en plena transmisión y probablemente todo lo que viste en los medios de tu país, como en el resto del mundo, fue bastante diferente a la realidad. Nos han puesto una máscara de estado genocida“, con un tono que subía en exaltación. Lo escuchaba mientras hacía memoria de los prejuicios y mi visión que arrastraba antes de entrar a Serbia. “Fuimos bombardeados por 17 naciones y por 77 días al oponernos que nos saquen la región de Kosovo”, cerró. La visión de Jovan se iguala al de la mayoría de los serbios, identificándose como víctimas de un ataque extranjero. Lo claro es que no lo son y a pesar de haber sido responsables de derramar mucha sangre (como dicen los otros), también se llevaron la peor popularidad en una guerra con varios culpables y de todos los bandos. Pero así funciona nuestro mundo, algunos quedan condenados para siempre y otros salen impecables.

Luego de la primera separación de Yugoslavia y el conflicto con Croacia y Bosnia en 1993, muchos exiliados serbios de esos dos países fueron relocalizados al sur de Serbia, por la región de Kosovo. Dicen que ya se sospechaba que iba a ser otro foco de tensión en el futuro. Dicho y hecho, en 1999 Albania acusa a Serbia de atacar y disparar contra civiles en Kosovo. “Esa fue la historia que se vendió en todo el mundo”, me decía un Jovan que sacudía las manos para todos lados.“Lo mismo con la limpieza étnica que Milosevic planeaba hacer, la cual no es tan simple de explicar como tanto se habló”. A Serbia le tocó ser el malo del cuento. De todos modos, las cosas que hicieron los serbios contra los kosovo-albanos y años antes con croatas y bosnios no los santifica para nada, sólo es llamativo que un solo país sea castigado por los mismos crímenes de guerra que sus vecinos también cometieron, sin contar los bombazos que tiró EEUU y su pandilla sobre población civil. Hago memoria y recuerdo que sólo se nos mostraba los tanques y la peor cara de su líder, no de la gente viviendo el día a día mientras esquivaban bombas de la “libertad”.

También me contaron que las mejores fiestas callejeras que jamás hubo en Belgrado fueron en plena época de bombardeos, principalmente en los puentes, objetivos primordiales para bloquear la ciudad. La manera en que los civiles rechazaban el juego bélico de la OTAN era con celebraciones y demostraciones de afecto multitudinarias, algo que probablemente tampoco se nos mostró en los medios.

Uno de los edificios en pleno centro que fueron bombardeados.
Uno de los edificios en pleno centro que fue bombardeado.

No quiero hablar sólo de la guerra, pero a casi 20 años de los últimos disparos, todavía se siente lo que dejó en su gente. Por ejemplo, mientras hacía dedo en las afueras de Belgrado con dirección al sur oeste, el conductor del primer auto que paró me preguntó mi nacionalidad tan pronto bajó la ventanilla e interrumpiendo mi desprolijo “dobar dan” (buenas tardes en serbio). Con la sonrisa más amistosa que tengo le respondí y me dejó subir. Una vez en marcha, quise saber el porqué de su pregunta y me dijo que si era francés, alemán, inglés o principalmente estadounidense, no sólo no me hubiera llevado sino quizás también hubiera agregado un par de insultos para el pobre mochilero de turno que no tiene la culpa de que su país haya decidido bombardear a otro. Decir OTAN en Serbia es casi mala palabra para algunos.
En otra situación, mientras trabajábamos en la huerta de unos amigos, me contaban con orgullo lo que fue derribar un F-117 (un caza bombardero invisible yanquis) con el logro de hacerlo con los simples radares para el clima. Eran puras carcajadas repitiendo el chiste de aquel momento: “perdón, no sabíamos que era invisible”, hasta que uno me mira de repente y me pregunta con seriedad: “¿Argentina es miembro de la OTAN?”. Silencio total y una palidez creciente en todo mi rostro. Tragué saliva junto a las últimas gotas ardientes de rakija y le negué la pregunta de manera lenta pero creíble, sin saber si mi respuesta era correcta. Después lo confirmé. Al segundo y medio estábamos todos levantando las tazas con generosas medidas de esta bebida destilada saborizada con miel y gritando: “živeli” (salud) al unísono entre los valles boscosos. La lección del día: pertenecer a un país no guerrero abre más puertas de lo que uno piensa.

Parque Nacional Tara, con vista a Bosnia.
Parque Nacional Tara, con vista a Bosnia.

La última parte de mi estadía en Belgrado se centró en la experiencia de ser voluntario en un campo de refugiados provenientes de Afganistán y Pakistán, el que según muchos, es uno de los centros más críticos de toda Europa. Una cruda realidad de la que la mayoría no estamos al tanto, es más, ni siquiera sabía que en Pakistán había problemas como para que haya un éxodo hacia Europa.
La tierra que alguna vez se inundó de refugiados por las interminables guerras balcánicas, hoy recibe personas de territorios lejanos con diferente cultura, religión e idioma, pero que sufren exactamente lo mismo que los locales durante los ´90.
De alguna manera, cada vez me encuentro más seguido en situaciones que me acercan o me conectan con Medio Oriente, mi deseado pero todavía distante destino en este errante pero también firme periplo a dedo por el planeta.

La peluquería improvisada del campo.
La peluquería improvisada del campo.

Al final, esos prejuicios que alguna vez absorví de la guerra y la desunión, hoy los disolví al conocer la hospitalidad serbia en cada auto que me levantó en la ruta y por todos aquellos que hicieron de mi estadía una confirmación que el ser humano es uno. No hay buenos contra malos. La intensión de un grupo de personas por separarnos se rompe, en este caso al viajar y ver la cara de lo que no se habla o no se transmite.
Hoy, las naciones hermanas ex yugoslavas con cultura e idioma casi idénticas, esperan que los años y las nuevas generaciones suavicen y calmen la situación de este tenso rincón donde Europa y Asia se encuentran.
Por otro lado, la primavera acaba de empezar en el hemisferio norte como señal que mi hibernación de voluntariado a voluntariado ha finalizado. Con una temperatura más amigable ya estoy listo para moverme a dedo sin planificar tanto el destino y tirar la carpa donde sea que el viento me mande.

Gracias.

4 thoughts on “Derribando prejuicios en Serbia

  1. Que buen post!! Que bueno que pertenecemos a un país “no guerrero”. Toda esa parte de Europa, la de los balcanes, me parece fascinante y me muero por conocerla algun día. Te mando un saludo y seguramente más adelante Martin y yo te vamos a pedir algún que otro consejo 🙂
    (Tenemos amigos en común)
    Sandra (Villa Carlos Paz)

    1. Hola Sandra, gracias por escribir. Me alegro mucho que te haya gustado, y si, esta parte del mundo es increíble y vale la pena conocer.
      Un saludo grande y espero que estén bien.
      Benja.

  2. Muy buen post. Me alegro de que hayas podido experimentar Serbia desde adentro. A mí me trataron re bien y, como dijiste, hay muchos prejuicios en contra de la gente de ese país que se empiezan a caer cuando uno vive el día a día. Eso sí, seguramente cuando pases a los países vecinos vas a escuchar historias opuestas, contradictorias que te van a hacer replantear todo, pero de todas formas viajar es la experiencia más enriquecedora que hay.

    Un saludo desde Córdoba, aunque espero cruzarte otra vez en ruta a algún destino nuevo (como fue ese encuentro en tierras vikingas hace casi 2 años).

    ¡Un abrazo!
    Diego

    1. Hola Diego! Gracias por escribir. Si, estoy seguro que voy a escuchar otra historias cuando visite a los vecinos, ya veremos.
      Te mando un abrazón!

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