Entre cazadores de cabezas

Entre cazadores de cabezas

Más allá de lo que muchos piensan, el noreste de la India no termina en Calcuta o en Darjeeling. Los límites del subcontinente continúan aún más y se adentran por tierras que nada, o casi nada tienen que ver con lo que se identifica al país del Taj Mahal.
El gran y particular noreste indio está conformado por estos siete estados: Assam, Arunachal Pradesh, Nagaland, Manipur, Mizoram, Tripura y Megalaya, también conocidos como las Siete Hermanas. El noreste va mucho más allá de las típicas rutas turísticas que sirven de éxodos rutinarios a visitantes que llegan a India. La falta de infraestructura, nomenclatura de mapas e información, actúan como filtro para el turismo masivo y solo aquellos que realmente quieren conocer esta inhóspita esquina lo logren.
Luego de un mes por Arunachal Pradesh, era el turno de conocer la tierra por donde alguna vez vivieron los temidos cazadores de cabeza y también donde las brasas de la resistencia separatista aún continúan ardiendo.
Bienvenidos a Nagaland.

Era principios de noviembre del 2015, cuando con mis dos compañeros, Arianne y Marcos estábamos llegando al norte de Nagaland con una camioneta Tata que nos dejaba justo en la frontera, en la aldea de Tizit y con los últimos rastros del sol que desaparecía por entre las palmeras y la vegetación selvática.
Sabíamos que de los siete estados hermanos, sólo Arunachal Pradesh solicitaba tramitar permiso para ingresar, pero a pesar de esa tranquilidad burocrática también entendíamos que estábamos por entrar a territorios con gran inestabilidad política.
En el check point militar, pensamos que el control sería rutinario y simple al ojear nuestros pasaportes un rato. Ese rato se hizo horas junto a un soldado que nos dio la impresión de estar custodiándonos en lugar de sólo una charla sobre futbolistas argentinos. Unas horas antes, un chofer que nos había levantado miraba con curiosidad nuestras mochilas y preguntaba: “¿qué llevan ahí? ¿Armas?”. Sentía que cada palabra que nos llegaba era una sugerencia de volver por donde habíamos venido.
Mientras tanto, en el control, nuestros pasaportes no regresaban ni parecía haber señales de dejarnos pasar. Desesperados del hambre y por la espera eterna, decidimos abandonar el periplo del día y comer algo en la cantina militar a unos metros de la barrera y obviamente, seguidos por dos uniformados hasta la mesa. En plena deglución atolondrada de la cena, repentinamente se sienta frente a nosotros el Mayor de la base. Yo creo que todavía tenía unos fideos colgando de la boca cuando nos preguntó con cara de preocupación y fascinación al mismo tiempo, ¿qué era lo que estábamos haciendo ahí? Sospecho que su intriga por conocer a tres viajeros fuera de lo tradicional, se igualaba a la nuestra por tener al máximo jefe militar de la zona viéndonos masticar.
Desde su punto de vista, Nagaland pertenece a India (a pesar de no tener nada que ver con lo que uno se imagina a la nación del masala). Y si la nación les llega a dar la independencia, otros estados en igual situación tomarán las mismas medidas logrando un devastador efecto dominó para Delhi. Estos territorios fueron absorbidos por India bajo el dominio del Imperio Británico. Una vez que los blanquitos se fueron en el siglo XX, estas tierras siguieron marcadas en el mapa como tierras indias, y desde entonces existe esta tensión que va y viene.

Y nos advirtió de no viajar de noche porque a pesar de no haber ataques recientes de la resistencia contra la fuerza militar india, todavía hay áreas sensitivas.  Con esas palabras y esa motivación entramos a Nagaland.

En el control militar y a punto de cruzar.
En el control militar y a punto de cruzar.

Los uniformados nos gestionaron el alojamiento con unos vecinos de la tribu konyak, nuestro primer contacto con ex cazadores de cabezas. Esta práctica que duró siglos fue prohibida en los ´60 con la llegada del cristianismo a la región y para nuestra tranquilidad al pasar por ella.
En su época, se decía que todo aquel que posea cabezas enemigas, o de quien se cruce en su camino, sería digno de reconocimiento y respeto por toda su tribu. La custodia de esas cabezas de alguna manera significaba poseer la esencia del difunto.
En todo Nagaland, Manipur y hasta en partes del estado de Mizoram hubo cazadores de cabeza, pero de todas esas tribus, los konyak poseen el  puesto más alto en el podio de ferocidad, y es su territorio el que ahora íbamos a cruzar con el pulgar.

La casa prácticamente de bambú donde pasamos nuestra 1er noche
La casa, prácticamente de bambú, donde pasamos nuestra 1er noche.

A las 4:30am nos despertó la música cristiana a máximo volumen de un vecino. Casa de bambú pero con equipo de música que hace temblar las palmeras, aleluya.
Arrancamos caminando por el camino de ripio tratando de alejarnos lo más rápido posible de control militar, no vaya a ser cosa que se arrepientan de habernos dejado pasar. El paisaje se conforma por palmeras, vegetación selvática, plantaciones de té y casas de bambú a ambos lados de la calle. No pasaron ni cuatro minutos que atrás nuestro escuchamos unos repetidos, “hello, hello misters”, a los que preferimos ignorar y apurar la marcha. Cuando ya se hizo insostenible nuestra actuación, nos rendimos para enfrentar lo peor. Un chico de la aldea nos informaba que nos llamaban desde el check point. Volviendo con cara de “yo no fui”, nos acercamos a uno de los uniformados quien con una sonrisa nos dice que el camión que está por cruzar la frontera no puede llevar hasta el pueblo de Mon, nuestro destino. Largamos una bola de aire de alivio casi al mismo tiempo y nos trepamos en la parte de atrás del colorido Tata.

El amistoso camionero parecía no querer perder ni un posible cliente con su leña, quienes esperaban al costado del camino al primero que los levante. Cada vez era más madera, troncos y gente apretada atrás, agarrándonos de lo que se podía para no terminar abajo con cada salto, consecuencia de los golpes en seco de esos agotados o inexistentes amortiguadores. En definitiva llegamos, tres horas para hacer 44 kilómetros.

En plena parada y carga.
En plena parada y carga.

Sin saber absolutamente nada de nuestros destinos, como de costumbre, nuestra imaginación nos describía a Mon como una tranquila aldea con algunas casas de bambú y poca gente. Pero no, la realidad lo hace el centro comercial del norte de Nagaland, una ciudad entre los montes selváticos con bocinas, bullicio, tiendas que venden productos plásticos de China junto a las que tienen la mitad de un cerdo que todavía sangra y colgado de algún gancho.
Preguntando a la mitad de sus habitantes, paseamos de un hotel en ruinas a otro buscando donde tirar el ancla. No hubo suerte por horas hasta que por esas cosas que uno nunca sabe, terminamos dentro de un edificio gubernamental al refugiarnos de la lluvia. Al rato y luego de vagabundear por los pasillos esperando que pare el agua, alguien se acercó para ayudarnos y nos escoltó hasta la oficina de la Directora de todo este complejo. Explicamos nuestra situación y como resumen, se nos concedió un auto con chofer y una habitación para los tres en un hotel gubernamental, ¡y tres veces más barato de lo normal!
En los siguientes tres días, nos dedicamos a relajar con un chai en la mano y observar la vida cotidiana de Mon, mientras ella nos observaba a nosotros. El aroma de los pescados exhibidos al rayo del sol se entre mezclaban con el humo de nuestro especiado y delicioso té, cuando éramos testigos que más allá del “desarrollo” de esta ciudad en plena selva, todavía aparecen por entre el polvo del camino de tierra algunos ancianos con tatuajes faciales y orejas perforadas, símbolo de los temibles konyak. Algunos, confirman su hobby pasado al exhibir orgullosamente sus collares de cabezas esculpidas en bronce. Sus rasgos faciales duros y tatuados, junto a sus miradas penetrantes, reviven la esencia del temperamento que solía reinar en estas tierras peligrosas. Éramos unos agradecidos de poder presenciar las últimas personas con esa descripción en vida.

La presencia naga.
Uno de los últimos vestigios de los antiguos nagas.

Por los conflictos separatistas, nos recomendaron no hablar (como si supiéramos) en hindi, considerado en muchas partes como la lengua del enemigo. Así fue como el “namasté” quedó atrás junto a los saris y la extrema curiosidad india. Los naga pueden ser curiosos también, pero a varios metros de distancia y con mucho disimulo y cautela. Y en cuanto a la comunicación, nunca llegamos a aprender lo básico de un dialecto por la variedad de tribus que hay y por nuestras breves visitas en cada territorio. De todos modos, el inglés es ampliamente hablado en todo Nagaland desde principios del siglo pasado cuando se impuso el cristianismo.

La carnicería.
La carnicería.

Los pocos que se nos acercaban para practicar su inglés y tratar de entender que hacíamos ahí, eran los primeros contactos con estos legendarios personajes, y a su vez, fuentes de información que ni siguiera Google nos podía dar.
Nuestro itinerario era de norte a sur, pero por la falta de infraestructura del estado corría el rumor que no íbamos a poder seguir por Nagaland hasta su capital, Kohima, al sur, por no haber camino que conecte estos puntos cardinales, dejando como única opción salir por el oeste hacia el estado de Assam y volver a entrar a Nagaland de alguna manera, una pérdida total de tiempo y energía. Al final encontramos alguien de “casualidad” que nos dijo que no sólo es posible hacer Mon –  Kohima vía Mokokchung y sin salirse, sino también nos recomendó una aldea de cazadores de cabeza que valía la pena visitar en nuestro rumbo sur, llamada Langmeang.

Los valles tribales de Nagaland.
Los valles tribales de Nagaland.

Una miniatura de van marca Maruti nos llevó 35 kilómetros hasta el pueblo de Avoi, con sus construcciones hechas en su totalidad de bambú y sobre el desnivel de la montaña. La vista increíble de la zona nos permitía divisar nuestro destino, la aldea Langmeang, a 7 kilómetros de distancia. Sin saber que había un atajo, caminamos 3 largas horas por el camino principal sinuoso y con un convoy militar tras otro como el único tránsito vehicular a la vista, a los que tímidamente les levantábamos el pulgar pero sin retorno de los blindados.

El tráfico habitué.
El tráfico habitual.

Por entre la vegetación, vemos la primera casa con techo de paja. Seguimos despacio por el sendero principal rodeados por más hogares que aparecían por entre una repentina y densa niebla. La idea era encontrar al rey o líder de la aldea, como nos habían comentado uno días antes. Nos sentíamos como en una película, entrando en búsqueda de su líder. No sabíamos que podía pasar, pero lo que si era claro es que la noche nos abrazaba en breve y necesitábamos un lugar donde desmayarnos. A pesar de estar en plena selva y con un calor que derriba, en ese momento era invierno y con días que mueren a las 4pm. Estábamos en la selva más norte del mundo.

Entrando a la aldea Langmeang.
Entrando a la aldea Langmeang.

Los niños konyak de la aldea nos rodearon y escoltaron hasta el final de la senda, donde la mayor de estas construcciones de bambú y madera se nos presentaba imponente. Sus paredes de caña sostenían repetidos cráneos de búfalo y otros animales en mayor número que sus vecinos, una decoración de exteriores bastante peculiar y original. Al rato apareció el hijo del rey, de unos 20 años y quien nos invitó a pasar a este inmenso espacio, subdividido por algunas paredes de barro. Nos acomodamos sobre el suelo y alrededor de una de las fogatas justo para la hora del té. Lo acompañamos con la invitación de unas bananas de forma más cortas y anchas que las que se conoce y con un sabor distinto, también.
Nos presentamos con el rey, un hombre delgado en sus 70s u 80s quien me despertaba una ternura que se esfumaba casi de inmediato al imaginarlo macheteando cuellos unas décadas atrás.

Luego de conocer al resto de la curiosa pero reservada familia, entramos en conversación con el hijo. Nos decía que 100 años antes, quizá no hubiéramos tenido la misma suerte de poner un pie en la aldea con la cabeza pegada al cuello, habiendo terminado junto a otros 400 cráneos exhibidos en el morun, casona ceremonial y centro religioso de todo asentamiento naga. Con las dimensiones de la mía creo que hubiera sido como ganarse la lotería para esta gente. Admito que nuestra visita tenía un leve olor a morbosidad, queríamos comprobar con nuestros ojos esa pila de cráneos exhibidos. Pero no se dio, unos años antes se los decidió enterrar para que nunca más vean la luz, orden directa de la iglesia.
Mientras tragábamos saliva ante las palabras sin humor de nuestro anfitrión, continuaba con el tema militar en la región. Hoy en día el ejército indio hace inspecciones sorpresa en los poblados, como en el que estábamos, en busca de insurgentes, quienes a su vez, utilizan los hogares civiles para esconderse. Una guerra donde los que siempre pierden son los del medio.
Esa noche, acostados sobre nuestras bolsas de dormir en un suelo elástico y crujiente de bambú, observábamos los cráneos de monos, jabalíes, búfalos y otros animales que colgaban sobre nosotros, una experiencia inolvidable de los primeros extranjeros que cerraban sus ojos en la casa del rey de la aldea Langmeang, de la tribu konyak que alguna vez fue cazadora de cabezas y en el medio de la selva de Nagaland.

Con el rey (en el centro) con sus atuendos ceremoniales y su familia.
Con el rey (centro) en sus atuendos ceremoniales y su familia.

Nos despertó el crujir de la leña a unos metros nuestro junto a las sonrisas cálidas de nuestros anfitriones. 5:30am arriba y listos para dejar Langmeang. Té y raíces carnosas con sabor a batatas fue el menú matinal.
Esta vez agarramos el atajo y nos metimos por plantaciones de bambú y vegetación densa. Cuesta abajo, nos cruzamos con algunos personajes con machete en mano, rifle colgando y con miradas que atemorizan más que las dos armas juntas.

Un cazador que ya no es de cabezas, por suerte.
Un cazador que ya no es de cabezas, por suerte.

De vuelta en el camino de ripio principal y luego de unas horas de espera, nos abalanzamos sobre un colectivo en el que no entraba ni una gallina más y de alguna manera pasamos hasta el fondo, trepando y gateando por entre bolsas enormes de arroz. Uno de nuestros acompañantes con cara de duda existencial, señala mi mochila grande y me pregunta, “¿rice?” (arroz), pensaba que nuestras mochilas iban cargadas de granos, aunque prefiero eso antes que nos pregunten si en su lugar transportamos armas.
A los pocos kilómetros, la maquina rechina y paramos de golpe. Control militar. Nos ordenan bajar y cuando lo hacemos, divisamos los clavos “miguelitos” justo frente a nuestro bus, una tanqueta cruzada en el camino y muchachos con armas que sólo había visto en películas de acción. El del lanza granadas se nos acerca y nos pide los pasaportes con cara de ladrillo. Cuando distingue la palabra “Argentina” de uno de los documentos esboza una sonrisa mostrándonos casi la total de sus dientes. Grita nuestra nacionalidad al resto de sus amiguitos enormes, y varios vienen corriendo para sacarse una foto con nosotros. Hasta los francotiradores que estaban escondidos entre la vegetación nos saludaban sacudiendo sus brazos. Otro ejemplo del amor por las naciones futboleras sudamericanas que existe en estos rincones olvidados.

Con los "chicos" y atrás, nuestro bus “semi deluxe”.
Con los “chicos” y atrás, nuestro bus “semi deluxe”.

5 horas a los saltos para hacer 85 kilómetros, sacudiendo nuestras cabezas como si hubiéramos ido escuchando rock pesado todo el viaje. Llegamos a Tobu, último poblado de la tribu Konyak antes de cruzar a territorio Chang. Ante la negativa de la iglesia para dejarnos pasar la noche, nos terminamos  alojando en el hotel gubernamental, dónde sus encargados nos invitaron sin permitirnos pagar por la cama ni la comida. Otro caso cuando la hospitalidad vibra más fuerte que las diferencias tribales y la tensión militar. A pesar que no tuvimos suerte con esa iglesia, éstas fueron nuestro refugio en incontables situaciones pasadas y futuras.
Al día siguiente cruzamos la aldea como tres forajidos, atrayendo hasta la atención de los perros. Un hombre mayor se nos acercó y mientras insistía en decirnos algo en su lengua local, inentendible para nosotros, nos escoltaba con una sonrisa hasta donde empezaba lo salvaje una vez más.

Un escolta hacia lo desconocido.
Con un escolta hacia lo desconocido.

Luego de unas 3 horas de caminata sin rastros de tránsito motorizado, empezamos a sospechar que las palabras del anciano eran de advertencia sobre lo que sucedía. Esto se confirmó en cierto momento de la mañana por parte de un policía de civil, en moto y con buen inglés. Nos dijo que las feroces tribus Konyak y Chang están en conflicto por diferencias territoriales, exactamente por dónde nosotros íbamos pateando piedritas. El tráfico estaba casi paralizado y todavía faltaban varias decenas de kms.
Bendecidos por los dioses cazadores de cabezas, escuchamos el motor de un jeep Maruti acercarse. Dos valientes muchachos Konyak cruzaban hacia territorio enemigo con nosotros atrás y camino a Tuensang.

Sin intensiones de pasar la noche en este transitado y desordenado centro comercial regional, lo atravesamos a pie de punta a punta. Pasamos frente a escuelas cristianas, entre otros edificios oficiales, donde cabezas humanas talladas en madera colgaban de sus techos como parte de la decoración escolar.

El "Saint John School" y sus cabezas.
El “Saint John School” y sus cabezas.

En otro, decidimos entrar con cara de “turista” para curiosear las figuras talladas de animales, antiguos habitantes en sus atuendos, y obviamente, cabezas de madera colgando. En una extraña coordinación, en ese mismo momento y lugar, parecía que se estaba dando un encuentro local de jubilados, pero en realidad era la reunión de los líderes de todas las aldeas de la tribu Chang, una reunión de “cabecera”.
Con la traducción de un adolescente local, quien se asomaba entre la multitud expectante, los máximos representantes con preocupación ante nuestro modo de viajar, nos preguntaron si teníamos dinero suficiente para comer y dormir. Sin si quiera dejarnos responder, su reacción inmediata fue ofrecernos unos billetes con la cara de Gandhi. Los rechazamos con amabilidad, pero ante la insistencia de su parte, no nos quedó otra que darles el gusto. ¿Quién se anima a contradecir a un jefe cazador de cabezas?
Y claro, sin poder contener la pregunta ni un minuto más, le preguntamos al chico en voz baja y casi susurrándole al oído si alguno de los presentes había sido activo por decapitar al que se le cruzara en su camino. Ninguno levantó la mano, sólo comentarios en voz baja entre ellos. Según el muchacho, la mayoría de los presentes lo fueron; habiendo vuelto con cabezas a sus aldeas más de una vez en su vida.
Estas mismas personas con las que estrechábamos las manos antes de partir, seguramente serán las últimas de una generación que sólo serán recordados en las portadas de National Geographic y posiblemente en libros de historia o en las vitrinas de los museos.

Los jefecitos.
Los jefecitos.

Luego de ese recuerdo inolvidable, volvimos a la realidad de las bocinas, los animales y el desorden. Pero en ese instante aparece un policía que seguro nos estaba esperando desde hacía rato y nos pide forzosamente acompañarlo a la comisaría para registrarnos. Con una o dos horas antes que anochezca, esta demora fue un golpe burocrático inesperado en una jornada que venía demasiado bien. A llenar formularios y explicar nuestra presencia a las autoridades por más una hora. Salvo por Arunachal Pradesh, en el resto del noreste no es obligatorio registrarse, a menos que los pesquen en la calle. Esquivar las miradas vigilantes de los uniformados es siempre un muy buen consejo por acá.
De ahí, a patear lo más rápido posible a alguna aldea más tranqui y con iglesia para pernoctar, en lo posible. De todos modos, cuando el sol se acerca al horizonte es momento de jugarse todas las cartas para tener la suerte de ser invitados a acampar en el jardín o pernoctar en la casa del conductor, posiblemente el último del día. Y si hay algo que abunda más que la comida picante en este país, es la hospitalidad de su gente.
Lamentablemente se nos acabó la buena fortuna y fueron horas sin suerte para que nos levante. Pero justo cuando estábamos por rendirnos y sacudir las carpas en algún escondite, terminamos siendo invitados por un local que nos vio repetidas veces en el mismo lugar sin progreso. Es uno de los pocos musulmanes de la región y quien, con mucha tranquilidad, nos guió hasta su casa sin hablar una palabra. La casita estaba construida sobre el desnivel del precipicio, lo que nos regalaba una vista alucinante de todo el valle. Con sus vecinos nos prepararon la cena: carne de búfalo mezclada con un curry que nos extasió las papilas gustativas por tres días. También nos dieron una habitación privada, con chapas como paredes y suelo de tierra. Humildad material eclipsada en su totalidad por semejante corazón y hospitalidad titánica.
Antes que asome el sol a la mañana siguiente, ya habíamos dejado esos ojos vidriosos de nuestro encariñado anfitrión, quien nos vigiló en silencio hasta que desaparecimos por entre las curvas del camino de tierra.

Las iglesias siempre en las alturas y parte del nuevo paisaje de Nagaland.
Las iglesias siempre en las alturas y parte del nuevo paisaje de Nagaland.

Nuevamente, cometimos el error de seguir viaje un domingo por el noreste indio cristiano, el peor día para hacer dedo por estos senderos. Mientras que los seguidores de Shiva y Ganesha no hacen mucha distinción con respecto a esto, aquí al cristianismo se lo toman muy en serio con caminos que pueden estar desiertos todo el día. Caminamos rodeados por la selva un buen rato hasta escuchar un motor acercarse con velocidad. Una Mahindra Bolero 4×4 frena ante mis desesperadas sacudidas de brazos semejantes a las de un náufrago al ver una embarcación después de años. El único auto que vimos en todo el día nos llevaba hacia el sur, a Kohima, capital de Nagaland. El carismático conductor, de la tribu Rengo y quien nunca nos explicó bien por qué llevaba un rifle cargado entre su asiento y el mío, nos compartía su opinión sobre el asunto político-militar en Nagaland. Con unas 9 horas de viaje para hacer 200 kilómetros hubo tiempo suficiente para conversar y escuchar su punto de vista, el que si Nagaland, con su baja población y pocos recursos, se separa de India, sería un desastre que no llegaría muy lejos antes de quedarse sin oxígeno. Con un tono esperanzador, cerraba el tema diciéndonos que la base de todo es el respeto a las tradiciones ajenas, en este caso, indias y nagas por igual.

Llegamos de noche a la transitada y vibrante Kohima para ser recogidos por Theresa y su familia, nuestros anfitriones de couchsurfing en su moderna e inmensa camioneta 4×4 con un aire acondicionado que me congeló la cara después de meses de no tener   Las calles angostas y empinadas que serpentean a la ciudad son una prueba de fuego para cualquier conductor experimentado durante el día, de noche te podés volver loco. Cemento, luces artificiales, bocinas y mucha gente después de semanas de pura selva.
Ahora estábamos en una casa de tres pisos con una habitación para cada uno, un lujo que hacía más de un mes no veíamos. Ducha caliente, inodoro, ¡lavarropa!, papel higiénico, almohada, etc. Estábamos extasiados ante semejantes ítems que ya habían dejado de prescindir. De convivir con tribus en sus casas de bambú, sentados en el suelo, comiendo con la mano y rodeados de cráneos de animales oscuros por el humo de las fogatas, pasamos a estar en una mansión, sentados en su mesa cuidadosamente decorada, con platos de porcelana bien pulidos con cuchillo y tenedor en mano. Los agradables contrastes de la vida.

Kohima, desparramada por las montañas.
Kohima, desparramada por las montañas.

Dominik, padre de Theresa, nos contó que él y su familia apoyan la separación del resto de India, con argumentos muy diferentes al de nuestro último conductor.
Cuando tenía 10 años, tuvo que escapar con su familia hacia tierras altas y dejar Kohima en llamas. La ciudad era parte de la estrategia de tierra quemada de los ingleses para detener el avance japonés durante la segunda guerra mundial. Me pareció interesante que nuestro relator defienda la conflictiva presencia británica en India, mientras rechaza a capa y espada la de los indios en Nagaland. Supongo que por haber salvado al noreste de los japoneses, los blancos fueron redimidos por las salvajadas que se mandaron durante siglos en todo el subcontinente.

Por cuestiones de tiempo no pudimos quedarnos para el festival Hornbill (del 1 al 7 de diciembre), el más grande del noreste indio y conocido por atraer a los representantes de todas las tribus de cazadores de cabezas de Nagaland en un mismo lugar, exponiendo su arquitectura, comidas, danzas, algunas cabezas como souvenir y una competencia de resistencia al ají más violento de la zona.
Kohima fue nuestra última parada en Nagaland y con nuestro próximo destino en puerta, Manipur, tristemente célebre por ser el estado más peligroso de India. Allá fuimos, con nuestros pulgares poderosos, hambre de explorar y nuestras mochilas como símbolo de neutralidad.

Gracias por pasar y espero que lo hayan disfrutado…

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