Un escondido rincón de la India llamado Arunachal Pradesh

Un escondido rincón de la India llamado Arunachal Pradesh

No les puedo explicar la alegría que teníamos el día que nos enviaron por e-mail los permisos para entrar a Arunachal Pradesh. La caótica Guwahati  y su burocracia nos habían secuestrado por diez días por aquel bendito papel que ya parecía algo celestial e inalcanzable.
Arunachal Pradesh, el estado menos visitado y uno de los más vírgenes de la India, con naturaleza que desborda en abundancia, tribus que aún son tribus y una fuerte presencia militar por cuestiones separatistas internas y tensión con una China limítrofe que no reconoce al estado como parte de India.
Era principios de octubre del 2015 cuando con sólo 30 días de autorización, teníamos que ingeniar un plan para movernos rápido y seleccionar las rutas en mapas que todavía siguen sin actualizarse por décadas.
Por si les interesa, aquí les cuento cómo tramitar el permiso desde Guwahati.

Los participantes.
Los participantes.

Nos largamos por primera vez a dedo en India y así entramos a Arunachal. Nuestro vehículo fue una camioneta Mahindra, sin sospechar en ese momento que por su velocidad en caminos destruidos y espacio en la caja trasera,  sería nuestro auto predilecto para movernos en el futuro por toda la región. El simple hecho de llevar una mochila, tener cara de visitante, combinado con la curiosidad india de los conductores, logran como resultado una facilidad para hacer dedo que hace querer aún más a esta tan diversa tierra.

Nuestro primer vehículo al entrar a Arunachal
Nuestro primer vehículo al entrar a Arunachal.

Antes y después de entrar al nuevo estado, pasamos con cautela de desconocimiento los dos primeros controles militares para que revisaran nuestros permisos.
Fueron cinco horas a los saltos y con la columna a la miseria para hacer 120 km y llegar a Tenga, una aldea diminuta entre la selva montañosa complementada con una base militar que la debe cuadriplicar en tamaño. Sin muchas intensiones de conocer los alrededores, nos bajamos de la pick up directamente en búsqueda de un punto donde tirar las carpas. Tierra y miradas curiosas nos rodeaban hasta que cayó la noche y nos hicimos invisibles. Al rato terminamos encontrando un lugar que tenía un césped demasiado bueno para ser cierto, donde a los 3 minutos de terminar con el armado, vemos una linterna que se nos acerca sostenida por un uniforme de camuflaje. Con el poco carisma que nos quedaba luego de una jornada agobiante, pudimos convencer al centinela de la base que desapareceríamos antes que el sol asome.

El primer check point para entrar.
El primer check point para entrar.

Con nuestra promesa cumplida, cruzamos el resto de la base al amanecer, repartiendo saludos cordiales al por mayor. Estábamos entrando a un territorio desconocido, fuertemente armado y donde el mochilero a dedo es un espécimen exótico. Mejor sonreír y seguir caminando.
Con el estómago vacío y deseando un buen chai caliente, justo íbamos cruzando por el frente del templo hindú de los uniformados y desde donde fuimos invitados a desayunar por su cuidador, quien nos atendió como si hubiéramos sido enviados por Shiva en persona.

En algún control.

Con ese tecito y un poco de arroz con especias, salimos como tres cohetes a la ruta una vez más. Y mientras más subíamos por los caminos sinuosos, menor era el tráfico, sin embargo, los inmensos camiones TATA son habitué de estas partes y con el rugido de sus motores, nos avisan con tiempo de su venir al hacer eco por entre las montañas. Con sólo alzar nuestras manos, paró uno clavando los frenos. Marcos y Ari todavía escalaban para entrar, para cuando yo, con una tonada cordobesa furiosa y no intencionada balbuceaba, ¿Booombdila? Sí, para allá también iba nuestro camionero amigo, quien asintió con el típico movimiento ondulante de cabeza indio.
La odisea siguió por horas, subiendo y bajando de la parte de atrás de camiones militares en su gran mayoría.

Vista desde el acoplado de camión militar.
Vista desde el acoplado de camión militar.

Desde las 6am hasta las 4pm habíamos hecho unos 72 decepcionantes kilómetros por los castigados caminos de Arunachal. Con ampollas en las manos, moretones y las espaldas a la miseria, preferíamos caminar que volver a subir a uno de estos gigantes motorizados y torturadores de cuerpos y expectativas.

Las montañas se empiezan a adueñar del paisaje
Cuando las montañas se empiezan a adueñar del paisaje.

Al mismo tiempo todo cambiaba a nuestro alrededor, sentíamos no estar más en India. Ahora los rostros tenían una facción más mongoloide (ojos “achinados”) y las banderitas de colores tibetanas cruzaban caminos y hasta montañas. El último tramo para llegar a Tawang, lo hicimos con Lobsang, un muchacho local que a los 11 años decidió dejar a su familia y vivir en un monasterio budista tibetano. Tuvo que abandonar luego de 20 años por razones de salud y de alguna manera, rebuscársela para volver a entrar a la sociedad, nos contaba mientras íbamos comprimidos con nuestras mochilas en su autito de curva en curva y en subida. No sólo nos dio una mano con ese aventón, sino también con el alojamiento económico, ya que el precio del hospedaje normal nos hubiera despedazado los bolsillos. Así, pasamos a ser vecinos por casi una semana con Lobsang y su esposa.

Tawang
Tawang.

El pueblo de Tawang está localizado en el rincón noroeste de Arunachal Pradesh, muy cerca de Bután y China. Por este último, la fuerza militar india está al máximo y ahora también vemos helicópteros de combate, mientras que los convoyes de camiones blindados y tanquetas ya son parte del decorado móvil de los polvorientos caminos que pateamos.
Después de registrarnos con la policía local, como se recomienda hacer donde se va a pasar la noche en A.P., llegó la hora de interesantes charlas con nuestro anfitrión espontáneo, su cálida esposa e incontables tazas de chai local y unos mates bien recibidos por el ex monje y su mujer.

El mate y el budismo se encuentran.
El mate y el budismo se encuentran.

Lobsang nos contó que el monasterio de Tawang fue construido hace algunos 500 años atrás por el 5to Dalai Lama, donde tiempo después nació el 6to, quién predijo el lugar de nacimiento del 7mo, en Litang (hoy oeste de China), por dónde interesantemente casi un año antes éramos testigos de un funeral tibetano. Como si no fueran suficientes Dalai que meditaron en este lugar, el actual y número 14, se refugió aquí como primera parada en su exilio al ingresar a India, tras cruzar los Himalaya y dejar su reino atrás, a mediados del siglo XX.

El monasterio de Tawang
El monasterio de Tawang luego de los rezos matinales y con el desayuno listo.

El último día en Tawang fuimos en ayunas al monasterio para presenciar los rezos antes del amanecer y perdernos entre sus pasajes estrechos a la hora pico de actividades. Creo que ese es el mejor momento para presenciar estos lugares, cuando el sol todavía no asoma. Luego de vernos deambular toda la mañana, fuimos invitados por los niños para desayunar el típico pan aceitoso y plano, con el energético y no tan sabroso té de grasa.
Después vino uno de los momentos más memorables de la visita, un partidito de fútbol con monjes miniatura en uno de los patios del enorme monasterio. La falta de aire por la altura nunca nos paró en esa tarde de puras corridas, enredos con las sotanas y sonrisas gigantes de estas cabecitas rapadas.

Partidazo en el monasterio y a 3200 metros de altura
Partidazo en el monasterio de Tawang a 3200 metros de altura.

En Arunachal Pradesh no siempre hay caminos que conecten al estado de manera directa, por lo tanto hay veces que hay que volver a bajar, entrar a Assam y retomar otra ruta que ingrese a Arunachal. Un ejemplo de esto es al salir de Tawang, donde hay que volver por la misma ruta y por ejemplo, repetir el cruce del paso Se la, a 4100 metros de altura. A la ida fue armonioso y sin dolor, a la vuelta un poco diferente. Expuestos en la caja trasera de una camioneta, empezamos a sentir un fino granizo que primero nos pareció divertido y gracioso para luego convertirse en una pesadilla húmeda y helada,  mientras nos cubríamos de los impactos con el toldo de una de las carpas. Más de una hora de puro bombardeo complementado con ganas de orinar fuertísimas, curvas que no parecían tener fin, un mareo que casi nos hace devolver los momos (empanaditas tibetanas) del desayuno y un conductor que no escuchaba nuestros lamentos.

Un cruce granizado
El cruce granizado.

Pasamos una noche en la Guest House (hostería) más barata de Bomdila para secarnos y recuperarnos de aquel día destructor. A la mañana siguiente teníamos que darle a la ruta otra vez, pero tuvimos que abandonar por cuestiones etílicas, consecuencia de esos generosos vasos hechos de bambú y llenos de vino de arroz de un festival que justo sucedía al momento de nuestro pasar.

Al final, con un juicio más sobrio, pudimos salir y volver a la carretera en bajada una vez más, donde a los minutos y sin esperarlo, paramos un colectivo de la policía Indo-Tibetana, los que custodian la frontera con China. Veníamos acostumbrados a sacarle una sonrisa hasta al militar más duro, pero a pesar de subir con nuestras mejores muecas amistosas y repartiendo “namasté” a todos, no llegamos a escuchar ni un “na” de esas caras blindadas que tenían aspecto de mucha más disciplina que el resto de los que nos cruzamos. Cinco horas y media duró el viaje con los chicos de uniforme desértico y sus largas armas. Al principio no quería ni cruzar una mirada con los jefes que iban al frente, pero al final terminamos todos siendo chanchos amigos, almorzamos juntos, nos sacamos fotos como un si fuera el Club Atlético Mochilero Militar, nos esperaron mientras nos controlaban los permisos en algunos check points y charlamos de la vida y esas cosas, aunque siempre tratando de no meter la pata con los temas de conversación, mejor obviar nuestra visita a China un año antes y temas que puedan llegar a tensar el aire en un segundo.
La conducción iba de la mano del sargento Kumar, quien con un aire a Harrison Ford, parecía Han Solo piloteando al Halcón Milenario en pleno combate galáctico, a los volantazos y gritando a quien se le cruzaba en la miserable ruta, como si el pesado y gigante bus bajando a máxima velocidad fuera un karting a motor.

El que está agachado con nosotros es el sargento Kumar
El que está agachado con nosotros es el sargento Kumar, personaje del día.

Atrás quedaron las montañas, los tibetanos, la paz y el aire limpio. Ahora una vez más en Assam, los saris volvían a envolver a las mujeres, la humedad parecía llegar a un 300%, los eternos campos de arroz, y ruidos y desorden que caracteriza las planicies de India. Nos trepamos como tres arañas con mochilas a la cabina inmensa de un colorido y decorado Ashok Leyland casi sin preguntar y escapando de las nubes de tierra y el calor sofocante. La idea ahora era avanzar hasta encontrar una nueva ruta que vuelva a subir para Arunachal Pradesh, pero lo que nos jugaba un poco en contra era la orientación. Muchas de estas tierras no están del todo nomencladas y los mapas no coinciden ni siquiera en Google maps, por eso no hay nada mejor que conversar y preguntar por direcciones a los locales.
Cayó la noche y nuestro camuflaje volvió. Caminamos un nuevo polvoriento pueblo buscando un lugar tranquilo donde escondernos y armar las carpas, aunque al final no se dio porque algo mejor pasó. Conocimos unos chicos que cuando nos vieron deambular con las mochilas y más perdidos que a propósito, nos invitaron a quedarnos en la iglesia evangelista donde ayudan. El agotamiento mental y físico le ganó 3-0 a la cautela y a las dudas de seguir a estos repentinos y simpáticos extraños. Esa fue otra noche inesperada: cama, comida caliente y ducha. Sin saberlo, esa iba a ser nuestra primera de muchas jornadas nocturnas en iglesias durante los dos meses por todo el noreste indio.
Si hay algo que hace a India tan especial en medio del caos, es sin dudas la gente y su gran hospitalidad.

Como forasteros en tierras desconocidas.
Como forasteros cruzando aldeas.

Y como para recordarme por donde estaba viajando y equilibrar las buenas noticias con no tan buenas, me agarró una diarrea destructora a la hora del sueño en la capilla. Me hubiera quedado una semana viviendo con el cura y su pacifica vida lejos del caos, pero había que seguir, los 30 días de permiso no cubrían malestares estomacales. Tratando de no desvanecerme bajo el candente sol, caminamos más de una hora para salir del descontrol. Al rato para un camión, que en realidad se parecía más a un cubo con ruedas o a una fortaleza móvil. Atrás llevaba motos Royal Enfield, aquellas que Inglaterra dejó de fabricar hace mucho y ahora es India quien se encarga del negocio. El tamaño de la cabina parecía irreal, era casi una habitación, ideal para relajar y meditar para contener esa diarrea traicionera. El chofer no nos habló una palabra en inglés ni en cualquier otra lengua, es más, creo que nunca entendió nuestra presencia junto a él. Con una velocidad espesa que desesperaba, de a ratos nos daban ganas de saltar por la ventana en pleno andar.

Si se le agregan 50 kms más de velocidad, hubieran tenido que llamar a los bomberos para sacarme de ahí.
Si hubiera ido 50 kms más rápido, tendrían que llamar a los bomberos para sacarme de ahí.

Cuando paró a almorzar, le agradecimos y nos escurrimos otra vez hacia la ruta. Ahora una pick up de la marca Mahindra (blancas por lo general) de la que nos gustan, nos llevaba a máxima velocidad esquivando búfalos, cruzando plantaciones de té, bosques y aldeas con jardines verdes celosamente prolijos. Ya no preguntábamos más el destino antes de subirnos y sin quiera dejarlas parar del todo. Con coordinación que parecía de pizarra, el primero saltaba sin mochila mientras los otros dos iban arrojando los bultos y trepando casi al mismo tiempo. Ahora que nos lleven hasta donde puedan y con un golpe en el techo nos hacíamos entender que era hora de parar para saltar. Atrás íbamos como políticos en campaña, saludando a quienes nos veía con esos rostros inocentes y curiosos que sin entender, nos devolvían el saludo y una sonrisa a pesar de no descifrar del todo quiénes éramos ni qué hacíamos ahí arriba.

Con las melenas al viento
Con las melenas al viento.

Esa noche fue un deja vu de la anterior: tierra, bocinas, desconcierto, curiosos que nos rodeaban sin ayudar y ni una pista del lugar donde pernoctar. Por la falta de visitantes en algunos de estos polvorientos  y olvidados lugares, no existen hoteles ni pensiones para visitantes como nosotros y mejor esperar a que oscurezca para poder acampar, sino serás seguido por horas por multitudes intrigadas con tu presencia.
Por suerte eso no pasó, y enviada del más allá, paró una moto tipo triciclo utilitario con caja trasera. Marcos y Ari subieron atrás y sin entender por qué, yo quedé adelante con el conductor. Nuestra ordenanza dice que el que se sienta en el frente es el que tiene que entablar conversación, mientras los otros dos relajan atrás. Con las últimas energías al límite de la deshidratación y de meterle un cabezazo al parabrisas, le pregunté a Hamon, muchacho de no más de 20 años, si nos podía alojar una noche a donde sea que viva, ya estábamos entregados a lo que sea. Asintió de inmediato con una sonrisa que brillaba en la oscuridad y allá fuimos.
Los ruidos y las luces artificiales desaparecían, mientras que los caminos de tierra se hacían más angostos en cada curva, el aire cada vez más fresco, vegetación tropical, sonidos nocturnos orquestados, luciérnagas que nos envolvían y estrellas que parecían poder tocarse. Habíamos sido transportados a otra dimensión en menos de 20 minutos de motoneta. Parece que la familia de Hamon ni sus vecinos había visto de cerca a un extranjero, y en menos de una hora, toda la aldea estaba afuera a la espera de conocernos. Casas de barro y bambú, comida local deliciosa y picante, y camas con telas mosquiteras en las que nos derribamos antes de decir buenas noches. Impresionante experiencia.

Con Hamon y su familia en aquella aldea que nunca supe el nombre
Con Hamon y su familia en aquella hermosa aldea que nunca supe el nombre.

A la mañana siguiente y con tristeza de nuestros anfitriones por nuestra partida, tuvimos que seguir, cruzando el polvoriento Balipara y a los pocos kilómetros volver a pasar por otro check point militar para entrar una vez más a Arunachal Pradesh. Pudimos convencer al militar que nos deje pasar caminando y sin vehículo, aunque a los minutos de darle la espalda a la barrera fuimos recogidos por una 4×4 con aire acondicionado, con un empresario bien vestido y su chofer privado al frente, quién pisaba el acelerador como si le tuviera bronca. Y por lo visto parecía no tener miedo a reventar los amortiguadores en esos caminos demacrados y sinuosos. Mientras los tres cuerpos atrás no balanceábamos de un lado a otro con cada volantazo y golpeando el techo con nuestras cabezas en cada “saltito”, el hombre de traje nos contaba que una gran cantidad de indios que saben de la existencia de Arunachal Pradesh, no consideran a los habitantes del noreste como compatriotas. Al mismo tiempo, la indiferencia de Delhi en las últimas décadas tampoco ayuda, aunque las cosas parecen estar mejorando a cuenta gotas, más allá de que los conflictos entre militares y separatistas continúan en algunas partes. Son varios partidos que India juega en el intenso y candente noreste, mantener China a raya por un lado y calmar los conflictos internos por el otro.

Por los caminos de Arunachal Pradesh.
Por los caminos de Arunachal Pradesh.

Al rato nos bajamos y todavía mareados, retomamos viaje. Ahora íbamos comprimidos en la cabina de un camión TATA, en el que hicimos 90 kilómetros en 5 horas y pensando que en algún punto habíamos perdido las mochilas de la parrilla del techo por los terribles brincos despeinadores. Finalmente llegamos a donde queríamos, nuestra segunda parada planeada: el valle de Ziro.
El primer alto fue en Hapoli o Nuevo Ziro, y para cortar un poco con lo social y descansar sin tener que hablar con nadie, terminamos en un hotel bien barato logrando un gol olímpico de descuento por la simpatía del dueño con el fútbol argentino. Todo vale al regatear precios, en especial con Messi y Maradona como nuestros dos comodines triunfadores. Y si eso no alcanza, en áreas cristianas el Papa Francisco nos da una mano por también compartir su nacionalidad con nosotros.

Como tres seres humanos nuevos, al otro día el pulgar nos llevó a lo mejor del Valle, el viejo Ziro, a unos 20 kilómetros de dónde veníamos. Lo primero que vimos al saltar de la furgoneta, fue un cartel que decía “Hostel” junto a un gran portón azul y sobre el camino principal que atraviesa esta aldea congelada en el tiempo. Pronto nos enteramos que acá le dicen hostel a las escuelas de internado, mientras que lo que nosotros consideramos con ese tipo de alojamiento directamente no existe por estas latitudes.
Cuando Ama, dueño y director se dio cuenta de nuestra confusión y escuchó un poco de nosotros, aceptó dejarnos dormir en un cuarto vacío. Nos alimentaron y nos atendieron como si nos hubieran estado esperando desde hace años. El menú que más recuerdo fue pollo mezclado con huevo y cocinado dentro de cañas de bambú a fuego directo. A cambio, nos ofrecimos para ayudar en las aulas, contar de nuestras experiencias viajeras y compartir unos buenos mates. Otra vez, los niños y ni siquiera los adultos habían conversado o estado cerca de un extranjero antes. Una sensación para ellos y lo mismo triplicado para nosotros.

Miedo y fascinación por esa barba pelirroja
Miedo y fascinación por esa barba pelirroja

El valle de Ziro está próximo a ser nombrado Patrimonio de la Humanidad no sólo por identidad cultural de sus tribus, en especial los Apatani, sino también por las particulares condiciones climáticas únicas al resto del mundo. Maestros en el arte de construir con bambú, todas sus casas y hasta sus utensilios diarios provienen de estas cañas que crecen como si fueran trenes.

El Valle de Ziro
El Valle de Ziro

Los apatani adoran al sol y la luna, llamando así a su religión, Donyi Polo (sol y luna respectivamente). Caminando por las callecitas de tierra de una de las aldeas del valle, pudimos ver algunas mujeres que todavía exhiben tatuajes faciales. Dicen que mucho tiempo atrás, tribus enemigas secuestraban mujeres apatani por su belleza. Como consecuencia para poner fin a estas incursiones, se decidió que la manera más inteligente era arruinarles los rostros con piercings y tinta bajo su piel. Esta práctica se prohibió en 1968 y las mujeres que hoy quedan son las últimas exhibiciones vivientes de esta práctica extinta.

Arianne con tres generaciones de la tribu Apatani
Arianne con tres generaciones apatani.
Aldea Hari de la tribu apatani.
Aldea Hari de la tribu apatani.

Dejamos a Ama y a los chicos con un fuerte abrazo y saltamos atrás de una de nuestras pick up favoritas con experimentada elegancia y sin siquiera sacarnos las mochilas.
Nunca en mis viajes fue tan fácil hacer dedo.
Al cruzar otros valles, pasamos por territorio de la tribu Nyishi, ancestral enemigo de los apatani pero tan amorosos con nosotros como fueron los de Ziro.
Por entre la selva y a veces cerca de los caminos, se pueden divisar los mithun, una vaca semi domesticada que sólo existe por la zona y que a su vez es el animal símbolo de Arunachal Pradesh.

Un mithun al que no quisimos acercarnos mucho.
Un mithun al que no quisimos acercarnos mucho.

Antes de llegar a nuestro último destino planeado, pasamos casi una semana días viviendo con tribus en sus casas de bambú, moviéndonos casi nada durante los domingos por zonas cristianas; nadie trabaja y menos conducen, y otro regreso obligado para usar a Assam como puente.

Invitados por la tribu mishing, en el estado de Assam.
Invitados por la tribu mishing, en el estado de Assam.

Cruzamos por primera vez el gran río Brahmaputra, el único caudal “masculino” de India, ya que lo consideran como el hijo del dios Brahma, entre no sé cuántas explicaciones más. Una vez más, volvimos a entrar a Arunachal, ahora al extremo este del estado y pasando por los últimos tres controles militares fronterizos.
Entre jornadas intensas, terminamos llegando a donde queríamos, un diminuto poblado rodeado de pura selva y llamado Miao. Y no, no creo que tenga ese nombre porque haya gatos, bueno, en realidad si los hay, pero a 30 kms, en el parque nacional Namdapha, hogar de cuatro especies de felinos grandes; como el tigre de bengala, leopardo, leopardo nube y leopardo de las nieves, entre una enorme biodiversidad única en el planeta. Y como amantes de la vida salvaje, éste recluso rincón del mundo fue uno de los primeros puntos marcado en el mapa desde un comienzo.

Bienvenidos a Miao
Bienvenidos a Miao

Decidimos hacer base en Miao para tramitar los papeles y la movilidad para entrar al parque, pero primero teníamos que encontrar donde aterrizar por unos días y por cuestiones misteriosas, se nos ocurrió entrar al templo budista que está pegado a la puerta del pueblo para preguntar por alojamiento. Nos recibió el monje a cargo, Narindo, sentado en la galería y casi como si nos hubiera estado esperando desde hace rato. De la mano de sus niños ayudantes, manzana en gajos y té aterrizaron en la mesa antes de llegar a sacarnos las mochilas y poder sentarnos, con Ari y Marcos observábamos la escena que fluía con total naturalidad alrededor nuestro.

El monasterio budista en Miao, nuestro hogar por una semana
El monasterio budista en Miao, nuestro hogar por una semana

Las interesantes charlas con Narindo se repetían cada atardecer, con nubes de sahumerios para ahuyentar los mosquitos que parecían clavarse como flechas a través de nuestras remeras. Nuestro monje anfitrión es una gran persona con sentido del humor, algo sorda, y muy terca. A pesar de habernos introducidos con nuestras nacionalidades desde un principio, él nos presentaba a sus semejantes como europeos, a pesar que ninguno lo era, y les decía que nos ayudaba como devolución de favor por la difusión y soporte que se le da al budismo en Europa. Preferimos no corregir nuestro origen y continuar “siendo europeos” para él.
Su monasterio fue construido con los fondos de la fundación del Dalai Lama, con quien se encontró repetidas veces en persona. Orgulloso y con el pecho inflado mientras señalaba una foto con el Dalai, nos contó que una vez le dijo: “puede ser que hayas perdido tu reino y mucha de tu gente (en Tibet), pero al mismo tiempo has logrado una gran cantidad de nuevos seguidores en el Occidente”. Según nuestro querido monje de unos 60 años, ese mismo día, el supremo representante del budismo tibetano repitió esa frase para miles de espectadores.
Narindo se convirtió en otro ejemplo de anfitrión inesperado en una diversa hospitalidad religiosa por la que pasamos: en Guwahati, capital de Assam y desde donde comenzamos este periplo por el noreste, fuimos alojados por una familia jainista, mientras hacíamos dedo nos ofrecieron el desayuno en un templo hindú dedicado a Shiva, luego tuvimos la invitación de Lobsand, un ex monje del budismo tibetano, pasamos una noche en una iglesia evangelista y fuimos recibidos en el valle de Ziro por Ama y su familia de la religión Donyi Polo. Esos fueron los primeros casos de decenas, que experimentamos por dos meses en el exótico noreste indio.

Con Narindo (en el medio) y un colega
Con Narindo (en el medio) y un colega

El acceso al parque no parecía para nada accesible para nuestros bolsillos flacos. En la oficina donde se tramita en Miao primero nos decían que nuestro permiso general para todo Arunachal Pradesh, Protected Area Permit (PAP) no tenía ninguna aclaración de nuestro deseo de entrar a Namdapha, por lo tanto, teníamos el ingreso denegado ya de entrada. Dramatizando nuestra ignorancia sobre el asunto (que en parte era verdad) y depositando toda la responsabilidad sobre la persona que emitió nuestros permisos, por fin lo logramos.
En cuanto a precios, la info era bastante confusa y desactualizada, tanto en esa oficina como en internet. Preguntando y molestando, lo logramos y los costos para extranjeros que finalmente estaban confirmados eran éstos (Octubre del 2015):
-Entrada al parque: 100 Rupias por persona.
-Cámara de bolsillo: 100 Rupias por día /Cámara con zoom: 500 Rupias por día.
-Acomodación en Deban (dentro del parque): entre 300 a 800 Rupias.
-Transporte desde Miao a Deban (30kms) y que sólo se hace en 4×4 (TATA Sumo): 2000 Rupias por cabeza.
-Pago por vehículo en la puerta del parque (en Mpen): 500 Rupias por auto.
-Una vez en Deban, hay que buscar un guía: 500 Rupias por día.
-La comida corre por uno mismo.

Aldea Devan, Parque Nacional Namdapha.
Aldea Deban, Parque Nacional Namdapha.

En definitiva, un poco más de 4000 Rupias (60 USD) por persona si sólo van un día.
Pero como a nosotros nos gusta charlar con la gente, logramos esto:
-Cruzar con el vehículo que lleva suministros al parque: 250 Rupias c/u
-No pagamos por el auto porque no es transporte de turistas, sino de provisiones. Sólo 100 Rupias c/u por la entrada.
-A las cámaras no las declaramos.
-La acomodación se arregló desde Miao en una aldea justo al frente del parque: 100 Rupias por día con los locales.
-El guía viajó con nosotros desde Miao: 500 Rupias por día para él.

Mientras íbamos a los saltos en la pick up, ya podíamos escuchar el cantar de los monos por entre la selva tupida, tratando de no cabecear ninguna rama y esquivando arañas gigantes que colgaban de los árboles. Nuestra alegría iba en ebullición por cada metro que la camioneta avanzaba. Lo que parecía que nunca iba a pasar, por fin se había hecho real, estábamos en el gran parque nacional Namdapha.
A pesar de la logística que armamos desde Miao, no estaba muy claro dónde estaba la aldea, si los guarda parques no iban a parar, y menos cómo íbamos a volver. Por el momento, sólo nos encargamos de seguir a Nesi, nuestro guía. Cruzamos a pie por entre las tres o cuatro casas que hay en Deban y nos dirigimos en silencio y sin levantar sospechas en dirección al río para salir por unos metros del parque y cruzar hacía el poblado. En la playita arenosa, nos esperaba el balsero y su “balsa”, un bote inflable de la US Marine, que vaya a saber cómo terminó ahí. Parecía una operación especial de infiltración.

Deban se llama el asentamiento con alojamiento del parque nacional, mientras que el caserío donde nos alojamos, del otro lado del río, se llama aldea Deban. En los siguientes días fuimos recibidos por sus dos tribus que la habitan, los Chakma, con origen en Bangladesh y los Lamas, provenientes de Bután. Sus casas están elevadas a unos dos metros del suelo y sus paredes están hechas con tejido de cañas de bambú como el resto de la estructura. Hubo comida picante y deliciosa siempre a nuestra llegada, acompañada con vasos de bambú llenos de vino de arroz, similar al sake japonés. Hasta fuimos invitados al bautismo de un nuevo miembro de la comunidad, en el que solicitaron nuestra bendición para el recién nacido.

Foto desde nuestra perspectiva
Foto desde nuestra perspectiva. Intriga y curiosidad total de quienes nos agasajaban.

Compartiendo una pipa de bambú que humeaba tabaco cultivado ahí mismo, nos contaban que durante el mundial de fútbol toda la aldea se reúne en la única casa que tiene un televisor de 40 por 40 cm para ver los partidos de Argentina, inclusive si hay que levantarse a las 3am. No lo podía creer.
La calidez humana que recibimos esos días fue la mejor recompensa por todo el desgaste que pasamos para llegar ahí. Si, el parque y sus animales eran importantes, pero esta gente llegó casi a eclipsar en el mejor de los sentidos, el resto de nuestros planes originales.

Al despertar cada mañana sobre el piso de bambú crujiente, no eran los gallos quienes acusaban el nuevo día, sino los gibones aulladores del otro lado del río. Sentíamos que estábamos al frente de Jurassic Park, el que nos llamaba cada día con el canto de sus especies en esa selva densa y eterna.
Para entrar al parque había que cruzar por alguna sección del afluente donde no nos vieran los guarda parque y para nuestra sorpresa, al silencioso guía se le ocurrió pasar a pie, luchando para que la corriente no nos arrastre hasta la Bahía de Bengala.

Ari y yo, tratando de cruzar
Ari y yo, tratando de cruzar.

Queríamos ver felinos, elefantes, rinocerontes, monos enormes y muchas cosas más que veníamos fantaseando desde un mes antes, pero en su lugar, lo que vimos o lo que sentimos mejor dicho, fue un ataque masivo de sanguijuelas, las que nos distraían en mirar hacia la altura de nuestras cabezas, donde arañas multicolor del tamaño de una mano suspendían desde sus prolijas telas de araña. Estábamos fuera de temporada y caminando por senderos que todavía no tenían su vegetación cortada y preparada para circular todavía. Las sanguijuelas dieron de qué hablar un rato. Entraban por entre los espacios ínfimos de nuestras zapatillas y atravesaban las medias con sus dientes.

Rumbo a lo salvaje
Rumbo a lo salvaje.

Mientras tanto, Nesi, que nos miraba como diciendo, “estos blanquitos que no saben lo que hacen”, iba en ojotas, lo que al principio nos pareció ilógico, pero en pleno ataque entendimos que era lo mejor para sacárselas inmediatamente de encima, más fácil que desatarse y sacarse las medias, mientras otras ya escalaron hasta la rodilla. Por hacernos los exploradores furiosos, la selva, con sólo mostrarnos el primer filtro, nos sacó despavoridos en menos de 30 minutos.

Sanguijuela
Sanguijuela.

A la vuelta, decidimos caminar hasta Miao (30kms) por el camino de tierra principal. Entre las apariciones salvajes, primero vimos los excrementos más grande que hayamos presenciado, al que al ratito lo conectamos con los elefantes que demolían plantaciones de bambú a su paso, a unas decenas de metros de nosotros. Creemos que no nos vieron. Continuábamos caminando en silencio por la senda, cuando gibones y otros simios desaparecían entre el frondoso verde antes de captarlos con nuestros lentes. Ardillas gigantes también habían hecho su aparición unos días antes. Para ver los felinos de tamaño hay que meterse en lo profundo y estar preparado, no con la desprolijidad nuestra.

Recuerdo que el mismo día que dejamos Miao y mientras pasábamos una zona selvática no tan alejada de lo urbano, notamos que el camión en el que íbamos detiene su marcha, como así también el tráfico en sentido opuesto a unos 200 metros de nosotros. Luego de unos minutos, le pregunto al chofer cual era la razón de haberse detenido. Me sonríe, y señalando hacia adelante me dice: “elefantes salvajes”. Frente a nosotros y a menos de 100 metros veo los últimos miembros de una manada que cruzaban en fila india esa ruta nacional. Y por lo que me dio a entender, ni siquiera dentro de la cabina del camión uno puede estar seguro si un elefante está de mal humor. Una vida cotidiana en contacto extremo con lo salvaje.

Con horas para que se venzan nuestros permisos, dejamos Arunachal Pradesh con un maravilloso recuerdo de aquella aventura. Con alegría, desbordante sed de seguir conociendo y con el pulgar lleno de tierra, continuamos por esos destruidos y mágicos caminos para explorar el próximo estado, Nagaland, y el resto de estas increíbles y desconocidas joyas del noreste indio.

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