Mi diario vivir en Transilvania

Mi diario vivir en Transilvania

Cuando decidí emprender el viaje por Europa desde Dinamarca y en setiembre, supe que no llegaría muy lejos antes que se me congele el pulgar en la ruta y la espalda al acampar. Por eso, se me ocurrió buscar un refugio para pasar lo peor del invierno.
Aparte de Couchsurfing, también existen otras herramientas para no pagar alojamiento al moverse por el globo. Así es que decidí sacarles las telarañas a mi cuenta de Helpx, otra comunidad online, pero para viajeros que desean trabajar de voluntarios a cambio de comida y techo. No hay dinero de por medio y son unas 4 horas de labores aproximadamente por día.
A casi un mes de dejar la capital danesa y habiendo llegado a Praga con lluvia y un frío gélido, empezaron a sonar en mi cabeza las sirenas de alarma de seguir con ese ritmo nómada en un clima que iba empeorando día a día. Con algunos cálculos desesperados en tiempo, distancias y visas, decidí elegir mi destino más por cuestiones prácticas que por algún interés en particular. Mis tres meses de visa en zona Schengen estarían por terminar para esas fechas, entonces decidí trazar una nueva ruta hacia el primer país fuera de esta área de libre tránsito europea, y como Hungría es una de las últimas naciones del grupo, terminé eligiendo a su vecino del sur, Rumania.

Los justificativos sobraban para elegir ese país: tiene naturaleza, historia, Drácula, es barato y está camino hacia donde voy. Recalculando el pulgar…
“Somos una familia que vive en una pequeña localidad llamada Richiș, en el corazón de Transilvania”, decía uno de los primeros avisos y el más tentador que me encontré en la pantalla.
Sin saber absolutamente nada del lugar, llegué en una fría y silenciosa noche de noviembre a Richiș, una aldea sajona de 800 años y como decía el aviso, en el medio de la región de Transilvania, al norte del país. Este pequeño rincón de 500 habitantes poco conocido hasta por los propios rumanos y considerado Patrimonio de la Humanidad, está justo atravesando dos transiciones, una que termina y otra que comienza. Por un lado, casi no quedan más sajones: los ancestros de los actuales alemanes fueron marchando en un éxodo gradual hacia Alemania dejando un legado único en arquitectura, agronomía y cultura.
Y mientras unos se van, otros llegan. Desde que Lonely Planet pegó el grito sagrado unos años atrás, anunciando a Transilvania como nuevo destino turístico para sus fieles, la escalada turística no se detiene en estos pueblitos que por siglos no recibieron mucha atención del exterior.

La ruta que cruza Richiș
La ruta que cruza a Richiș

Y justamente por ese boom de visitantes es que terminé trabajando (o ayudando, mejor dicho) en una casa de por lo menos 400 años, a la cual están convirtiendo en hospedaje. Con cuatro horas de colaboración por día, tengo las tres comidas y alojamiento cubierto. Algunas de mis tareas son palear y pasear la carretilla de lado a lado, remover pintura y pulir puertas y ventanas de madera. O sea, tareas de demolición, construcción y restauración. La lista se puede alargar un poco a tareas cotidianas, como cortar leña y alimentar a los tres perros y cinco gatos.

La casa de 400 o 500 años en la que vivo.
La casa de medio milenio en la que trabajo y vivo.

Cuando termino con mi jornada laboral, es momento de salir con cámara al hombro a patear por el pequeño Richiș y sus calles de tierra, que son más usadas por carretas tiradas a caballo que por automotores. A menos de un mes de haber llegado, ya me conozco varias caras y mientras camino, voy repartiendo un surtido de saludos, “buna” y “salut” a quien me cruce con una sonrisa que se asoma debajo de una poco común, barba pelirroja. Con mi cabellera electrificada y dura por el polvillo de la obra, más la barba, ya soy un personaje difícil de obviar por la aldea. De todos modos, ya pasé esa etapa de bicho raro y a los pocos que se me acercan con cara de intriga y me hablan en rumano, les respondo con mi 1% (siendo generoso) del idioma y así largó con el show lingüístico. Como su lengua también tiene raíz latina, cada tanto manoteo algunas palabras similares al español o en algún idioma hermano para entender el contexto. No siempre tengo esa suerte, y para cuando se me empieza hacer de noche, arranco con la mezcla de mi ultra básico alemán que estudié en Córdoba años atrás. Porque a pesar que los sajones ya casi no existen por acá, el idioma germano todavía frecuenta en el aire. Si eso no fue suficiente, entonces me arremango y empiezo con la magia: español, inglés e italiano inundan el ambiente conversacional. También tengo un respaldo extra, las telenovelas latinas fueron las clases de español de muchos rumanos por años, aunque usted no lo crea. Pero al final, la mayoría de mis contactos terminan con señas de mano, muecas y sonrisas.
Estos encuentros aldeanos y sencillos me alegran enormemente y me dan una especie de esperanza humanista, la que se contrasta con las decrecientes relaciones interpersonales y espontáneas en una ciudad.

Siempre habrá alguien con quiera saber a dónde vas, qué estás haciendo, etc.
Siempre habrá alguien que quiera saber a dónde vas, qué estás haciendo, etc.

A pesar que cada casa tiene su pozo de agua y agua de red, en algún momento del día voy a la vertiente comunal que está a 5 minutos caminando y donde se dice que el agua es mucho más sana (o limpia). Me llevo algunas botellas vacías y los 3 perros para que corran un rato. Camino a la fuente, detrás de la línea de casas, por entre las lomas y su bosque seco, se pueden ver ciervos acercase, causando la alarma general de todo vecino canino en una tormenta de ladridos que los hace desaparecer por entre los matorrales. Por la zona también frecuentan zorros, jabalíes, osos y lobos, aunque con menos protagonismo. Y como amante de la vida salvaje, estoy en la dulce espera de poder ver a alguno de esos últimos dos por primera vez, obviamente de lejos y con tiempo para correr.

¿Quién encuentra a los ciervos?
Hay ciervos en la foto.

La hora de comer es el mejor momento del día. Varias veces por semana somos por invitados Geta y Gicu, vecinos y maestros en el arte del agasajo. Geta tiene algunas de las manos mágicas más increíbles que conocí en el mundo de la gastronomía casera. Desde su pequeña cocina de verano separada del resto de la casa, los platos no paran de salir, ¡no paran! Religiosamente, siempre se larga con sopa y después una lluvia de ollas que aterrizan sobre la mesa. Cuando pensabas que eso era todo y ya te estas masajeando la panza, se escucha la puerta otra vez. Más comida y todo de su huerta ya cosechada, la cual yace en el sótano o bodega de la casa durante el frío invierno. La mayoría de los hogares sajones de Transilvania cuentan con un sótano y a veces tan largos como la casa. Deben ser unas 3 o 4 veces que esta mujer entra con más cosas en las manos y siempre con una sonrisa. Pimientos en conserva, repollo fermentado, ajíes y muchísima carne. El único nombre de un plato típico rumano que recuerdo es el “sarmale”: relleno de carne o verduras, envuelto con hojas de repollo fermentado, algo similar a los “niños envueltos” nuestros. “Niños envueltos”, que nombre más bizarro para un plato ¿no?

En pleno despliegue de platos en la mesa, Gicu, sirve y deja un vaso de vino a mi alcance y en silencio me asiente con la cabeza, dando a entender que es para mí. Este hombre sigue haciendo el vino de la manera tradicional de esta zona de Transilvania, el cual goza de reconocimiento mucho tiempo atrás, desde Constantinopla hasta los paladares de los zares rusos degustaron estas uvas.
Esta pequeña área compartida por pocas aldeas, cumple con varias condiciones de clima y suelo para que sus viñedos sean únicos. Justamente, el nombre Richiș o Reichesdorf en sajón, significa aldea rica. Imposible negarse a más de una copa de este elixir orgánico, acompañado por un fuerte “¡norok!” al chocar los recipientes de vidrio.

Geta y Gicu en plena acción, en su cocina de verano.
Geta y Gicu en plena acción en su cocina de verano.

Dejo a Geta y Gicu hasta el día siguiente con mis más sinceros y profundos agradecimientos por semejante hospitalidad, y salgo a caminar otra vez. Por allá veo a Schaz y Hani, los últimos dos sajones que quedan en Richiș. Esta pareja de ancianos es uno de los últimos vestigios de aquellos que llegaron a Transilvania casi un milenio atrás, y a pesar de la edad, no paran de trabajar, haciendo honor a sus ancestros. Sonrientes como siempre, me saludan de lejos y se pierden entre algunas casas y la iglesia fortificada de la aldea, construida por sus antepasados para proteger Siebenbürgen, como se conocía a Transilvania en ese momento, de las invasiones turcas hace varios siglos.

Schaz y Hani, los últimos sajones de Richiș, quienes inspiran respeto y ternura.

Cada tanto hay juntada en alguna casa, ya sea para festejar un día patrio, un cumpleaños, o simplemente una excusa luego de que un vecino haya carneado un cerdo. Se acerca navidad y año nuevo, por lo que estas ocasiones empiezan a frecuentar como vísperas de celebración. Cada reunión se acompaña con vino de alta calidad de alguna familia y que llega a la mesa en botella de plástico, dándole un toque más casero todavía. Mientras tanto, mi humilde huella gastronómica en Transilvania, es el chimichurri. Lo preparé una vez para colaborar y ahora se convirtió en una sensación, hasta hay varios que ya lo pronuncian bien.
Aunque estos encuentros son excelentes para socializar, también lo son para el chisme. Y ya saben: pueblo chico, infierno grande.

Banquetes medievales del siglo XXI.
Banquetes medievales del siglo XXI.

El vivir en este lugar es como viajar a tiempos medievales. Con un empujón extra de imaginación, hasta se puede sentir estar en un cuento de hadas o en una película fantástica, donde las personas, las iglesias fortificadas, fortalezas, castillos, las leyendas, el bosque y sus animales, complotan para un increíble viaje dimensional.

Richiș
Richiș

Luego de atravesar una parte del bosque, voy volviendo a casa tratando de no patinar con el hielo de la calle, que antes era nieve, y hace unas semanas tierra y barro. Las temperaturas bajo cero ya incluyen la máxima del día también y para las cuatro o cinco de la tarde, el humo de leña que sale de las incontables chimeneas se vuelve el perfume de cada atardecer y señal de volver al calor del hogar.
Así, se da por terminada otra jornada invernal en Richiș y este relato de mi diario vivir en Transilvania.

El "centro" de Richiș
El “centro”.

¿Qué? ¿Qué hable de Transilvania pero ustedes querían saber de Drácula? Ah…bueno, no preocupéis, porque eso vendrá en el próximo relato…
¡Gracias por pasar!

P.D.: les dejo un video de la TV rumana sobre Richiș. Me fallaron los subtítulos pero les dejo una joyita, adivinen ¿quién figura por el minuto 8:40?…
¡Que lo disfruten!

2 thoughts on “Mi diario vivir en Transilvania

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