Hungría, un país europeo con raíces asiáticas

Hungría, un país europeo con raíces asiáticas

La ignorancia geográfica a veces hace que uno generalice en cuanto a países y metiendo en la misma bolsa a aquellos que comparten una región o hasta un continente. No lo juzgo, es más, yo mismo lo hago inconscientemente y quizá ése sea una de las “mulas” que me empuja en esta constante búsqueda de lo nuevo y desconocido.
Lo poco que sabía de Hungría se terminó de plasmar cuando le pregunté a mis últimos anfitriones eslovacos sobre posibles rutas para hacer dedo. Con mi dedo índice en el mapa regional y con mi cara en plena confusión, dije: “¿por qué dice Magyarország donde está Hungría?”. Bueno, la verdad que nunca pensé que un país europeo fuera tan diferente en idioma, cultura y origen como éste. Otra vez, es tan fácil cometer el error de que todas estas tierras tienen influencia eslava, catolicismo ortodoxo y un cachetazo soviético por 40 años. Varios cumplen con todos esos estándares, pero no todos.
Les doy la bienvenida a Hungría, un país europeo con raíces asiáticas.

Iglesia de Matías, del lado Buda.

Más aprendía y más preguntas me surgían. Los primeros registros de los ancestros húngaros ya hacían ruido por el Siglo V, cuando Attila el huno azotaba Europa con comodidad. Se dice que el nombre de esta tribu fue lo que inspiró el nombramiento de la actual república, aunque en un húngaro se dice Magyarország, casi igual. Unos 400 años después del gran Attila, se fundó Hungría donde los mapas de hoy lo acusan. Lo interesante es el origen de sus fundadores, aquellas famosas siete tribus de guerreros, que nada tienen que ver con el resto de los primeros asentados de Europa, sino con los antiguos pobladores de Siberia. Nómadas por naturaleza, estos muchachos para nada pacíficos cabalgaron por las estepas siberianas, cruzaron los Urales, visitaron las costas del Mar Caspio, y por último y muchos siglos después, “anclaron” en pleno territorio eslavo, hoy Europa del este. En 1895 la nación cumplió 1000 años de historia.

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El (para nada barato) parlamento húngaro.

Combativos por naturaleza, los húngaros vivieron tiempos de expansión y plenitud al conquistar parte o la totalidad de los países que hoy lo rodean. Pero las malas juntas e incorrectos compañeros de armas en la 1era y 2da guerra mundial  inclinaron la balanza en su contra y la nación perdió dos tercios de su total. Por el poco tiempo transcurrido de esos hechos, todavía quedan grandes poblaciones de húngaros desparramados por estos nuevos y libres territorios ajenos, como Eslovaquia, Transilvania, parte de Serbia, y varios más. Por eso se dice que Hungría es el único país del mundo “rodeado” por Hungría, por desgracia de la mayoría de los nacionalistas que me encontré de a docenas. No importa si se nombra una ciudad en Transilvania (hoy Rumania), o en Croacia, ellos te dirán que el verdadero nombre es en húngaro y que se les arrebató de manera injusta, así también como castillos y atracciones que fantasean con recuperar de sus vecinos. Tuve la oportunidad de escuchar por horas estas charlas patrióticas con dosis eternas de palinká, bebida blanca húngara (que obviamente reclaman como propia), hasta llegar a un punto etílico crítico y con un mapa de regalo-forzado de la era dorada de los magyares, para que se lo muestre al mundo en una especie de embajador de su lamento y orgullo agujereado. Todavía lo tengo en la mochila, pero prefiero no mostrarlo mucho fuera de Hungría para evitar que me linchen.

Mientras tanto, su idioma no tiene raíz latina, eslava, ni anglosajona. Es único en su tipo y hoy no se asemeja a ninguna otra lengua del planeta, ni siquiera con el finlandés, con el que se piensa que comparten un pasado común. Se dice que su raíz viene de la zona de los Urales, aunque hoy no tiene conexión alguna con lo que se habla por esas partes.
Por lo general, cuando viajo logro entender lo mínimo para tener una idea general al buscar dónde comer, usar el transporte público o entablar una charla básica con los locales, pero aquí fue casi imposible relacionar palabras en mi mente para poder recordarlas luego. Aunque por la cantidad de invitaciones de brindar que tuve, lo único que no me olvidé fue a decir, egészségedre. ¡Salud!

Palinká attack!
Palinká attack!

Es principio de noviembre y mi entrada a Hungría fue por el norte, por la ciudad casi fronteriza de  Salgótarján, dónde unos amigos eslovacos me dejaron en mi camino a Budapest, a 110km de distancia. Esperé con el pulgar congelado por el viento que soplaba de frente un buen e incómodo rato. Debe ser algo del karma, pero siempre que hay viento en la ruta, éste me pega de frente. A veces de costado, para sacudirme la hoja A4 dónde tengo escrito mi destino con marcador, y de esta manera paso más tiempo tratando de domar el papel que mirando a los automovilistas. Tener un firme pedazo de cartón es un lujo a veces.

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Camino a Budapest.

En menos de 40 minutos ya estaba dentro de una camioneta con Peter, mi salvador al volante, y frotando mis manos con rumbo directo a la gran capital y una de las principales metrópolis de Europa. Con esto, tengo que decir que gran parte de mis viajes milagrosamente siempre fueron a destino final, aunque en épocas de frío trato de no separarme más de 200 kms entre un punto y otro.
Budapest está dividida por el río Danubio que a su vez se podría decir la unió hace tiempo. En alguna época estaban separadas y existía la ciudad de Buda del lado oeste y Pest del este. Ambas tan cerca pero tan diferentes en paisaje. El oeste o Buda (nada que ver con el iluminado) presenta una elevación gradual tan pronto se cruza el río. Subidas y calles sinuosas te pasean por sus áreas residenciales con las mejores y más caras vistas de la ciudad. Pest es totalmente plana y con mayor actividad comercial.

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Buda a la izquierda, Pest a la derecha y juntas son…

De no tener a nadie que me reciba y casi por saltear la ciudad, pasé a tener la accidental y celestial suerte de encontrar dos anfitriones que decidieron hospedarme, y no sólo eso, sino que uno estaba en Buda y el otro en Pest, un resultado brillante para mis bajas expectativas.
Mientras tanto, mi breve visita de una semana en la capital fue suficiente para probar sus atracciones más populares dentro del margen de mi escaso y frágil presupuesto. Lo primero fue relajar en uno de los tantos baños termales que tiene Budapest. La ocasión fue aún más gratificante luego de encontrarme unos días antes con Marcos, gran amigo, compañero laboral en Córdoba y uno de los viajeros que me inspiró a elegir esta vida de mochila. Poniendo el dedo en el más barato de la lista, allá fuimos, con malla (traje de baño) puesta debajo de una calza térmica y pantalón. Qué mejor momento para visitar estos lugares que esos días de un un frío cruel.
Dicen que hace unos siglos se hicieron excavaciones para buscar petróleo, pero en su lugar encontraron una de las reservas de agua termal más grande del mundo.
“Kyrali Hot Bath”, el más baratín, cuesta unos 2400 florines, casi 8 euros. No es uno de los más picantes, pero tiene sus 3 saunas y varias piletitas con diferentes temperaturas, con la más caliente a 40°C. Su estructura interna semi decadente crea una atmósfera rústica, ancestral y que te transporta a tiempos cuando los turcos impusieron la onda termal durante algunas de sus invasiones. Mientras relajaba, sufría de repetidos flash back envueltos de vapor de aquellos momentos dorados y olorientos en las termas de Rotorua, Nueva Zelanda o en los jimjilbangs (saunas) de Corea, dónde hasta uno puede pasar la noche, una locura.
La verdad que me hubiera quedado hasta que me echen, pero ya me estaba convirtiendo en una ameba y además el agua ya me había dado un hambre para seis.

Otro encuentro inesperado con Marcos. Foto cortesía del "dolape".
Otro encuentro inesperado con Marcos. Foto cortesía del “dolape”.

A pesar que los kebabs de cada esquina son el menú salvador de los desahuciados con poco crédito, hambre y poco amor por su salud, tuve la oportunidad en cada hogar donde me alojaron de probar la sopa gulyás (o goulash), un plato bastante común por casi toda Europa y con origen aquí mismo, en Hungría. Una dosis de energía para caminar por las paredes y saborizada con el famoso pimentón húngaro, imperdible.

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El orgulloso tesoro y condimento húngaro, el pimentón.

Seguimos con las atracciones rápidas porque hace frío y tengo que seguir viaje para el sur en cualquier momento. Se acaba de hacer de noche en Budapest y con un grupo de camaradas de Alemania, Hungría y Argentina, salimos a conocer sus rincones y bares con esa atmósfera bohemia, como en una descripción inmediata de estos refugios nocturnos. Me gustó mucho la movida alternativa de la zona donde se triangulan los barrios de Terézváros, Erszébetváros y el área de la Opera, en pleno centro. Como está fresco para caminar, la situación nos obligó a abrir la puerta de cual barcito que tuviera buena música (la mayoría) y con personajes que brotaban por doquier. ¿Algo para tomar? Bueno, el vino húngaro es una obligada, pero una Soproni helada va bien, inclusive en invierno.
Los bares ruinas son otra que valen la pena. A pesar que se están convirtiendo en imanes turísticos, hay algunos que todavía siguen teniendo un ambiente excelente para disfrutar muy buena música, perderse entre sus pasillos y habitaciones post demolición con onda, y pasar horas observando la decoración reciclada: desde carteles de tránsito, partes de autos, asientos bañaderas, árboles que cruzan paredes, hasta dinosaurios de parques de diversión ochentosos. Cuando cayó la Unión Soviética y su control, el precio de los inmuebles se derrumbó como el muro de Berlín, y fue en ese momento en que la nueva ola de jóvenes influenciados por los países del otro lado de la cortina de hierro empezó a comprar estas inmensas casonas por monedas y llenarlas de cosas usadas, retro, muebles de la abuela, donaciones y todo lo que esté a mano. En su momento eran parte del under, ahora son la sensación total.

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Luego de una semana exacta, dejé Budapest y decidí hacer un parate en un punto medio entre dicha ciudad y la frontera rumana, al sur. Couchsurfing es una parte fundamental de esta aventura por el este europeo y lo volví a confirmar luego de recibir a último momento la invitación de Gábor, residente de Szolnok, ubicada justa en ese punto medio, centro de Hungría, y mi parada técnica en caso que no llegue a la frontera de un tirón, como pasó. Ya a finales de noviembre los días se hacen más cortos para hacer dedo con un invierno que me acaricia la espalda. Pero lo interesante es que al mismo tiempo y mientras más sur voy, de alguna manera es como si se creara un equilibrio entre la oscuridad del hemisferio norte y las jornadas diurnas más largas del sur, ¿se entiende? Por ejemplo, en Budapest puede oscurecer a las 5pm, pero unos cientos de kms al sur quizá esto pase media o una hora después, como para poner un ejemplo a lo bruto. Esa media hora puede ser decisiva cuando se está paradito en la ruta, congelado y con el sol agachándose en el horizonte.
Ahora, si uno se mueve despacio y con uno o dos anfitriones por cada 100-150 kms entre sí, no hay forma de tener que acampar en el piso helado. Claramente, en temporada cálida le saco varices a los tensores de la carpa.

Gábor, profesor de química y fanático del jugador de fútbol, “Burrito” Ortega, me llevo a conocer a sus vecinos, campeones regionales de la mejor sopa gulyás del 2016 entre 200 competidores. Y como tengo mucha suerte para estas cosas, la volvieron a preparar para mí. Papa, zanahorias, otras verduras, porotos, todo tipo de carne, grasa, y un color rojizo intenso consecuencia de las altas dosis de pimentón y un burbujeo constante en la olla, hace que parezca una poción mágica de tiempos fantásticos.
La simple y deliciosa gastronomía que esta gente me presentó es otro canal que refleja la cálida hospitalidad que experimenté en mi breve paso por tierras húngaras. Y como dice el dicho: “panza llena, corazón contento”… y más cuando hace frío.

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La sopa gulyás campeona.

Camino a la frontera rumana, fui recogido en la ruta (en la que casi me caigo del frío) por un muchacho que tan pronto paró, me preguntó con preocupación si llevaba algo ilegal o si mi pasaporte (o visa) estaba en orden. Rumania pertenece a la Unión Europea pero no al espacio Schengen, al que la mayoría de los países europeos son parte y sirve para crear un libre tránsito entre estas naciones. Y como mis tres meses de visa Schengen están por expirar, me crucé a Rumania para tener tres meses nuevos de estadía legal y especialmente para refugiarme del invierno.
Mi desesperación para que el chico me lleve fue suficientemente poderosa como para convencerlo de que no sólo no llevaba drogas ni visa expirada, sino hasta para hacerme lugar en su auto súper cargado de quién sabe qué cosas había empacadas. Creo que yo era quien tenía que estar preocupado de cruzar la frontera con él. Todavía no sé cómo hice para meter mi mochila grande por entre los asientos de adelante para el fondo y por encima de su cantidad de cajas y bolsas, pero la gorda pasó como si estuviera lubricada. Por falta de espacio, los restantes 100kms los hice con mi cabeza trabada entre el techo y al parasol, y sin poder mover las piernas en absoluto. La sensación de claustrofobia aumentaba cada vez que quería mover un brazo, pero la contrarrestaba bastante bien al pensar lo frío que estaba afuera y lo triste que sería darse por vencido y bajarse.

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Maestría en contorsionismo.

Dato llamativo antes de despedirme hasta el próximo relato, dejé Hungría sin nieve, pero cuando crucé el control fronterizo, todo estaba cubierto de un manto blanco. Como un final y un comienzo de nación-aventura.

Bueno, hasta acá llegó mi breve pero genial visita a Hungría y su cálida hospitalidad difícil de olvidar.
¡Gracias por pasar!
Se viene Rumania y el vivir en Transilvania…

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