Entierro celestial, el funeral Tibetano

Entierro celestial, el funeral Tibetano

Lo que presenciamos esa fría mañana superó todo lo imaginado. Sólo habíamos escuchado rumores de este particular funeral tibetano pero nada concreto en cuanto a lugar exacto, o si todavía se practicaba. Hasta que un día estuvimos ahí.
Podría comenzar mi relato desde aquel ritual que nos impresionó y fascinó por igual, pero sería enmudecer los eventos previos que también considero merecen un lugar en estos escritos. Me cuesta mucho ir al punto sin contar lo que envuelve a esa historia.

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Nos ubicamos en la ruta G318, entre los pueblos de Yajiang y Litang, dentro de la provincia china de Sichuan y con rumbo Oeste. Estamos yendo a dedo y un poco apretados en un autito por caminos completamente congelados, muchas curvas, precipicios importantes, patinadas espontáneas y esquivando camiones que no usan cadenas en sus ruedas. Nos encontramos a una altura de entre 3500 y 4300 metros, mientras el estero suena de fondo con “believe” de Cher.
Nuestro conductor y su 4×4 no le tienen miedo a las curvas cerradas, pero nosotros mucho. Aparte de tener los ojos abiertos al máximo y pegados al camino también disfrutamos del paisaje, como aquellos picos blancos que se ven detrás de valles que son castigados por el viento helado que desciende sin impedimento.

A dedo por los Himalaya. De fondo, una típica casa tibetana.
A dedo por los Himalaya. De fondo, una típica casa tibetana.

Pensando que nuestro conductor, por falta de entendimiento, nos iba a dejar a pocos kilómetros de donde nos levantó, nos terminó llevando 120 kms en 3 horas en una agradable sorpresa de la incomunicación lingüística.
Nos dejó en un cruce de caminos donde también había un control policial chino, y desapareció. Saludamos a los uniformados con un educado “nihao” (hola), y seguimos. Estamos a unos ínfimos 10, 20, o 30 km de nuestro destino, Litang. No estamos seguros de la distancia exacta pero sabemos que es derecho y por eso continuamos pateando contra el viento.

Escrituras en idioma tibetano, junto a miles de banderas de colores.
Escrituras en idioma tibetano, junto a miles de banderas de colores.

Alrededor sólo vemos planicie seca y con montañas a lo lejos. Se distinguen siluetas de los Yaks hasta donde dé la vista. Estos rumiantes con grandes cuernos están altamente adaptados al adverso clima y altura, nada que ver a nosotros dos. El viento sopla tan fuerte que nos obliga a caminar de espalda, usando las mochilas como escudos por las piedritas y arena que levanta.

¡Yaks!
¡Yaks!

Vemos una moto acercarse, pero no le prestamos atención. El muchacho tibetano se detiene al lado nuestro y nos da a entender (con señas) que nos quiere llevar a Litang. Con Ari nos miramos y nos volvemos con nuestros ojos a él, sin entender. Le agradecemos con sonrisas pero lo rechazamos señalando nuestros cuerpos y nuestras mochilas como algo imposible de lograr. No solo insiste, sino que también saca algunos tensores que están debajo de su asiento y nos pide las dos mochilas grandes sin darnos opción a retrucar. “A veces, hay que rendirse para poder ganar”, leí en un lindo libro. Colaboramos con su pedido y observamos la facilidad con la que ató a las dos gordas a ambos lados de su rodado. Nos subimos, nos acomodamos y luego de un “OK”, arrancamos.

Colocando las mochilas.
Colocando las mochilas.

Al final fueron 10 kilómetros (que parecieron 100) sobre la motito. Hubo un poco de cuesta arriba, cuesta abajo, caminos de tierra que parecían haber sido bombardeados hace unas horas, esquivando yaks, y también manteniendo el equilibrio por los cachetazos del viento. Comenzamos a bajar y a lo lejos vemos lo que parece ser un gran pueblo rodeado por un primer círculo de planicies secas, seguido por otro de montañas. Esa es nuestra parada, Litang.

Llegamos enteros...
Llegamos enteros…

LITANG
El motociclista nos deja en la puerta del pueblo, desengancha las mochilas, nos saluda y desaparece por un camino polvoriento. No podemos creer lo que nos acaba de pasar. La primera moto que nos lleva haciendo dedo y además llegamos sin haber perdido nada ni nadie, milagroso.
Como siempre, y cada vez que llegamos a un lugar nuevo, nos movemos con humildad saludando activa y suavemente, asimilando el entorno para poder adaptarnos a su ritmo.

Entrando a Litang.
Entrando a Litang.

Con sonrisa fija comenzamos a repetir saludos al por mayor. “Ta shi de le” para los tibetanos y “nihao” para los pocos chinos, tratando de no crear asperezas en un aire que ya es explosivo. Una gran cantidad de estos últimos son policías que marchan por las calles con bastones en mano y gritando algo que no creo que sea “que tengan un hermoso día”, patéticas demostraciones en tierra ajena. Claramente quieren imponer miedo y control sobre la población tibetana local pero principalmente es para prevenir que los monjes se inmolen en repudio a la ocupación de los que marchan marcialmente.

Una cálida bienvenida local.
Una cálida bienvenida local.

Luego de horas de dar vuelta, encontramos dónde pasar la noche. Hace frío y comienza a nevar. Vemos pasar mastines tibetanos con mantos de nieve sobre sus espaldas con mucha actitud al caminar y sin siquiera percatarse del gélido clima.

Algunos monjes nos saludan con sus rosarios en mano mientras los observo desde la ventana del hostal.

Las frías callecitas de Litang.
Las frías callecitas de Litang.

Una vez adentro y calefaccionados, conocemos un coreano que también está de paso y con Arianne consideramos que es un buen momento para tomar unos mates bien calentitos, que sólo ve la luz en ocasiones muy especiales.
Nos cuenta que el “funeral tibetano celestial” o “entierro del cielo” (Sky Burial) es practicado por la zona donde nos encontramos y además sabe exactamente dónde es el sagrado lugar. Con esas buenas noticias coreanas nos apuntamos para acompañarlo al día siguiente y salir antes del amanecer. También nos confirma lo que ya habíamos escuchado: dejar al fallecido ser comido por buitres y otras aves de tamaño.

La casa donde nació el séptimo Dalai Lama.
La casa donde nació el séptimo Dalai Lama.

Era de noche todavía y con toda la ropa posible envolviendo nuestros cuerpos, salimos.
Luego de unos minutos de viaje, pasando callejones empedrados y subidas por caminos de tierra, llegamos. Era un descampado en la base de unos cerros. Sin actividad humana, esperamos. Algunos nos dijeron que el funeral se realiza antes que salga el sol, pero el amanecer ya nos saludaba y sólo éramos nosotros tres siendo golpeados por el gélido viento y con más ganas de guardarnos que a propósito. Esperamos unas cuatro horas y nos fuimos con las cabezas gachas por la desilusión.

Nada por aquí, nada por allá...
Nada por aquí, nada por allá…

Al otro día volvimos ya sabiendo mejor el intrincado recorrido. Esta vez tampoco hubo actividad humana, salvo por un auto que se detuvo a unos 100 metros de nosotros, y desde donde unos hombres salieron y dejaron una piedra cuadrada y rectangular en el suelo. A uno de ellos lo distinguimos como un monje budista por su túnica de color bordeaux.
Tan pronto se fueron, nos dirigimos a ver de cerca lo que dejaron. No sólo encontramos la piedra, sino también cuchillos, tijeras, sogas, hachas de mano, martillos y guantes de látex por todas partes. Era el decorado de una película de horror alrededor nuestro. Algunos restos óseos por aquí y por allá ambientaban un poco más.

Las herramientas.
Las herramientas.

Claramente era el lugar, pero faltaba la parte más importante y esencial para presenciar el ritual, que alguien muera. Sentimientos se encuentran inmediatamente: por un lado nadie quiere que alguien fallezca, pero por el otro, poder presenciar un funeral tibetano crea un interés tan fascinante como morboso.
Mientras nos alejamos vemos volar en círculos a uno, dos, tres, a casi una decenas de buitres. Al ver bien nos damos cuenta que todo el cielo sobre nosotros está controlado por cientos de ellos.

El principal protagonista.
El principal protagonista.

ENTONCES, ¿DE QUÉ SE TRATA EL ENTIERRO CELESTIAL?
Esta rito funerario también conocido como disección ritual, o Jhator en tibetano (dar alma a las aves) forma parte de la tradición del Budismo Vajrayana en el cual se cree en la reencarnación y subsecuentemente también se piensa que una vez que el alma y/o espíritu deja el cuerpo, este deja de cumplir su función y se convierte en una cáscara sin sentido de ser preservada.
Así, el fallecido y sus familiares ofrecerán alimento para el resto de los seres vivos con la compasión y generosidad que se conoce al budismo.
Una versión más práctica que religiosa cita, que el suelo en Tíbet es tan duro y rocoso que dificulta el entierro, mientras que la altura y el clima impiden el crecimiento de árboles para cremaciones. A pesar de esto, algunos Lamas (monjes) tienen el “privilegio” de ser cremados con la poca leña que se puede recolectar de las tierras bajas.

Un ayudante y un comensal.
Un ayudante y un comensal.

Todo comienza (si alguien muere) el día que el monje llega al lugar de la práctica. Deja una piedra ceremonial donde se partirán algunos huesos y prepara el área con inciensos mientras recita los mantras correspondientes para el siguiente día, cuando se dan las actividades más intensas de esto ritual de unos 11.500 años.
En la segunda jornada, el cuerpo es cortado puntillosamente por un rogyapa (rompedor de cuerpos) en ciertas partes, pero sin seccionar. El cadáver yace boca abajo con los brazos extendidos y las piernas juntas. Luego se abre paso a los comensales. Buitres y otras aves carroñeras dejan sólo huesos en minutos. Después, esos restos son recolectados para ser molidos con algún martillo sobre la piedra del primer día. El cráneo es partido en ese instante y se mezcla con el resto, agregándole una especie de harina y leche de yak. Esta pasta (Tsampa) es lo último que queda de aquel ser humano que ahora alimenta cuervos y otros alados más pequeños, si es que lo buitres están satisfechos.

– ADVIERTO QUE LAS SIGUIENTES IMÁGENES PUEDEN IMPRESIONAR UN POCO –
Las fotos que van a ver, fueron sacadas con el consentimiento de la familia del fallecido. Me costó tomar la decisión de ponerlas aquí, pero informo que lo hago con el máximo respeto a todos, tanto a las personas que nos dejaron atestiguar el funeral como a los lectores del post. De igual modo, las imágenes han sido seleccionadas y filtradas para evitar las más fuertes.

EL DÍA LLEGÓ
En la tercera y última jornada en Litang antes de seguir haciendo dedo hacía el noroeste, decidimos visitar aquel particular punto. Nuestro amigo coreano se fue, y ahora vamos con un japonés que conocimos la noche anterior como en una especie de enroque asiático. Era media mañana y hacía unos -10°C, frío en el momento, pero nada comparado con lo que se venía días después.

Está fresco para ir atrás (y adelante).
Está fresco para ir atrás (y adelante).

Lo primero que divisamos son los grandes pájaros de cabeza rapada esperando cerca de la piedra que dejaron antes. Son muchos, y si no están volando, claramente significa que algo tiene que pasar. Y quizá nuestras ganas de ver algo también jugaban su partida en nuestras mentes. El nuevo hallazgo nos intriga y decidimos ver esta reunión aviar más de cerca. Justo al mismo tiempo, vemos a lo lejos un auto que también se dirige a donde nosotros vamos y detrás de nuestras espaldas aparecen dos más y se detienen a unos pocos metros de nosotros. Como respuesta, detenemos nuestra marcha y observamos todo esta repentina congregación, especialmente al solitario carro que está a unos 70 metros de distancia. Se bajan varias personas y sacan del baúl un bulto envuelto en una sábana blanca y lo depositan en el frío y seco suelo. Al rato nos enteramos el contenido.

Los vivos rodean al envuelto y la ceremonía está por comenzar.
Los vivos rodean al envuelto, y la ceremonia está por comenzar.

Reducimos nuestro pestañeo para observamos cada detalle de algo que recordaremos por el resto de nuestras aventureras vidas.
Entre todos desenvuelve el manto blanco y sacan a un cuerpo humano de su interior. A continuación comienzan a preparar el cadáver, mientras que las decenas de buitres se impacientan a su alrededor. Otros que también estaban inquietos por acercarse éramos nosotros, sin pensar mucho en lo impresionable que sería ver de cerca todo el proceso. No nos importaba eso, pero sí el hecho de avanzar sin ser autorizados por la familia del que iba a ser comido.
Uno de los participantes pasa cerca nuestro, y le pregunto con un variado surtido de señas de manos si podemos acercarnos y sacar fotos. Me mira y me afirma con tal sonrisa que pude hasta contarle los pocos dientes que me exhibió. Si no son muchos los que presenciaron un Entierro Celestial, creo que menos son los que lo han podido documentar. Muy afortunados y agradecidos, para allá fuimos.

Cortando y preparando el cuerpo.
Cortando y preparando el cuerpo.

El viento sopla suavemente, casi no se divisan nubes y el sol caricia nuestros rostros fríos en aquella mañana tibetana.
Al terminar con algunos cortes del lado trasero del cuerpo, los hombres se alejan y dan paso a las hambrientas aves.

A medida que nos acercamos, distinguimos el tétrico sonido de los pájaros luchando por un pedazo de carne humana. Es un frenesí muy similar al que se ve en Animal Planet cuando se comen una cebra o ciervo. Algunos se llevan pedazos lo más lejos posible, seguidos por otros con garras y picos al ataque. Todo vale y el más fuerte se lleva lo mejor.

Comenzamos a percibir el fuerte olor del cuerpo y sus tejidos internos mientras subimos la loma. No sabemos si filmar y fotografiar, o sencillamente observar tal “espectáculo” (si se puede decir) visual, olfativo y auditivo. Nos cuesta entender que debajo de esa montaña de plumas hay (o había) un cuerpo humano.

Siguen llegando.
Siguen llegando.

En menos de 10 minutos, los participantes y familiares comienzan a dispersar a los comensales. Yo pensaba que todavía había mucha más carne y que les llevaría un rato más a los buitres, pero no, lo que ahora se veía eran sólo huesos. Luego de ser recolectados, se los empieza a romper uno por uno y hacer el tsampa, aquella pasta que será la última ofrenda.

Rompiendo huesos.
Rompiendo huesos.

A esta altura ya estamos tan cerca que retumbamos por cada martillazo que destruye fémur, costillas, cadera, etc. Los educados buitres nos hacen compañía esperando al lado nuestro.

Primer plano de uno que se nos acercó bastante.
Primer plano de uno que se nos acercó bastante.

Algunos estiran sus alas alcanzando los 2 metros de longitud. No nos queda otra que respirar hondo (con aroma a carne fresca que nos envuelve) y tranquilizar cada nervio del cuerpo.

Nosotros y los buitres.
Nosotros y los buitres.

El dato de color es que una de las personas que le da duro al martillo, no usa guantes para sus tareas de agarrar y romper aquellos restos humanos. Higiene y sanidad no pasó hoy.
Lo último a quebrar es el cráneo, momento cuando se despide el aroma más fuerte de la jornada funeraria. Este recibe golpes secos con el hacha de mano por toda su circunferencia, hasta que el último y potente impacto lo abra como un huevo que se parte en el borde de la sartén. El órgano que alguna vez controló el sistema nervioso desborda y cae sobre el suelo, en similar recorrido que lo haría la yema del huevo. Esto cada vez se hace más impresionable para nosotros, pero no para ellos. Sonríen al ver nuestros rostros de curiosidad, mientras documentamos sin parar.

El rompedor de huesos (rogyapa) me sonríe mientras lo capturo con mi cámara.
El rompedor de huesos (rogyapa) me sonríe mientras lo capturo con mi cámara.

Los vemos reír y charlar entre ellos como si estuvieran haciendo cualquier otra tarea cotidiana. Según el Budismo, esto se hace para crear un ambiente sin estrés y ayudar el alma del difunto a que encuentre su camino hacia la siguiente reencarnación de una manera más armoniosa. Creyendo o no en la próxima vida, ¿alguna vez se preguntaron si en nuestros funerales estamos tristes por el difunto o por nosotros mismos?

Haciendo el "tsampa". Nótese las rostros alegres de los colaboradores y/o familiares del difunto.
Haciendo el “tsampa”. Nótese las rostros alegres de los colaboradores y/o familiares del difunto.

 

Es fascinante verlos aterrizar.
Es fascinante verlos aterrizar.

Una vez que terminaron de moler todo, se abre paso por última vez a los animales. Se repiten las peleas por el mejor lugar y los penetrantes sonidos de los buitres retumban por todo el valle.
El rogyapa, sus ayudantes y nosotros observamos el último despliegue de plumas, picos y garras en aquel hermoso día soleado en Los Himalaya.

No hay desperdicio y todo desaparece.
No hay desperdicio y todo desaparece.

Mientras la gente se retira a congregarse cerca de los otros autos, nosotros también decidimos pegar la vuelta,  buscar las mochilas y seguir viajando con el pulgar.
Vamos a un paso lento, en silencio, y sin poder salir de las imágenes fuertísimas que todavía revoloteaban en nuestras cabezas como los satisfechos buitres por el aire. Otros, siguen posando para nosotros.

UN FUNERAL, UN PICNIC, UN DÍA
Era casi mediodía, y a pesar de lo que vimos, ya teníamos ganas de masticar algo con Ari y nuestro ultra precavido amigo, Yoo, quien carga una lata de oxígeno en caso que le agarre mal de altura, y un barbijo por posibles bacterias en el aire. Un interesante contraste total con el tibetano que no usó guantes un rato antes.
Nos detenemos a observar el paisaje de Litang y los Himalayas menores, mientras digerimos lo que acabamos de presenciar.

“Hello” escuchamos de lejos y con algo de eco. Es la muchachada que nos llama, haciendo señas de comer con las puntas de los dedos juntas llevándolas a la boca. Eran las mismas manos que había pulverizado un cuerpo no hacía mucho tiempo. Minutos después estábamos en una especie de picnic comiendo carne cruda/ahumada de yak, su típico té grasoso e intomable y pan plano tibetano.

Picnic tibetano
Picnic tibetano

Casi seguro que mi mamá no hubiera estado de acuerdo con las medidas bromatológicas del momento, pero yo hice un paréntesis en mi vegetarianismo y me preparé unos sanguchitos de pan casero y carne cruda de yak luego que me insistieran repetidas veces. No podía negarme, habíamos sido invitados a un picnic tibetano luego de presenciar uno de los funerales más impresionantes de la Tierra. Aprovecho para decir que no es fácil ser vegetariano por acá, chicos.

Carne de yak, pancito, tibetano y buitres de fondo. ¡Qué día!
Carne de yak, pancito tibetano y buitres de fondo. ¡Qué día!

El único de nuestros nuevos amigos locales que hablaba algo de inglés nos comentó que este tipo de rito está decreciendo terriblemente. Limitaciones de hacerlo cerca de zonas urbanas, reducción de la población de buitres en áreas rurales causadas por interferencia del hombre y crematorios artificiales, son las causas principales. El Sky Burial, en inglés, también sufrió la prohibición por parte de las autoridades chinas al acusarlo como un acto inhumano y primitivo entre 1950 a 1980. Pero a pesar de eso, se siguió practicando en rincones aislados. Hoy en día es protegido en muchas partes de la región tibetana y también en Mongolia, donde el budismo tibetano llegó hace mucho tiempo de la mano de Altan Khan, descendiente del legendario Ghengis Khan.
Algo particular que nos contaron, es que los buitres suelen reaccionar con indiferencia ante el cuerpo de alguien que ha estado internado por mucho tiempo y tratado con medicación moderna, pues, la naturaleza sabe.

El respeto de otras culturas lo es todo.
El respeto de otras culturas lo es todo.

En mi opinión personal, veo este “entierro” (donde en realidad nada se entierra) como algo noble, práctico, y con un entendimiento de la vida mucho más amplio en cuanto a lo material y al apego a ello. Puede parecer cruel y salvaje, pero eso pasa hasta que se entiende el concepto de la vida y la muerte (física), en mi humilde punto de vista. Creo que va más allá de lo que nos han enseñado en casa y de cómo debemos pensar y actuar ante esta situación de la vida misma, y de la que nadie se puede escapar.

Y nos fuimos…

Saliendo de Litang con Yoo y Ari.
Saliendo de Litang con Yoo y Ari.

Gracias por pasar.

7 thoughts on “Entierro celestial, el funeral Tibetano

    1. Hola Estelita,
      Gracias por tan lindas palabras. Estoy aprendiendo a redactar con cada nueva palabra que escribo, y me gusta mucho.
      Te mando un beso enorme.
      Benja.

    1. Hola Agustín, gracias por pasar. Sí, puede ser fuerte por la diferencia cultural, pero el concepto del duelo o del sufrimiento que nosotros experimentamos, ellos lo viven de otra manera. Algo muy interesante de observar.
      Gracias otra vez y te mando un gran saludo.

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