Crónica de autostop invernal en la meseta tibetana

Crónica de autostop invernal en la meseta tibetana

Llegar a China en invierno no era la mejor idea. Seguir hacia el Oeste y subir a la meseta tibetana menos. Pensamos que el frío intenso nos agarraría mucho más adelante cuando llegáramos a Mongolia, pero no. Se adelantaron las temperaturas más bajas que jamás experimentamos sin estar muy preparados. No tuvimos mucha suerte haciendo dedo en el Este de China, pero ahora con menos caminos secundarios, leve urbanización, y hasta una cultura más abierta al autostop, sería la revancha perfecta.

La gran hospitalidad tibetana.La gran hospitalidad tibetana.

Estamos ubicados en la ciudad de Cheng Du y puerta de entrada para la región de Khamdo, listos para experimentar la hospitalidad tibetana y el mal de altura.
Largamos con el pulgar un 1 de Enero del año 2015, desde el nexo cultural y étnico entre los Han (mayoría china) y los tibetanos, allá, por el pueblo de Kangding. “Dejamos” China y su té verde para conocer el té de grasa típico; nos despedimos del Taoísmo y ahora saludábamos al Budismo tibetano. El cambio era gradual y acompañado por montañas cada vez más altas (y con más fresco).

Siempre haciendo dedo por la bien asfaltada Sichuan – Tibet Highway, sólo nos desviamos un poco para conocer el tranquilo Tagong, visitamos Litang y presenciamos el impresionante funeral del cielo.
El fenómeno de las temperaturas más bajas experimentadas nos mostraba cosas insólitas, como el congelamiento de la ropa colgada y para secar en plena tarde de sol.
También hubo parada obligada en Garze y su majestuoso monasterio budista, el más grande de la región.

Peregrinos tibetanos cruzando Tagong.
Peregrinos tibetanos cruzando Tagong.

Sin dejarnos impresionar por las bajas temperaturas, la altura, y sus rutas cada vez más desoladas, continuamos con el pulgar al viento. Bueno, en realidad no siempre se usa el dedo. Por acá y como en el resto de China, se pide por un aventón con el brazo extendido y con un movimiento de la palma de arriba a abajo, como si le estuvieran pegando palmaditas en la cabeza a un fantasma enano.

Camino a los Himalaya.
Camino a los Himalaya.

Estamos localizados geográficamente casi con exactitud en el centro de China, en las afueras de un pueblo llamado Manigango (Manigangexiang en chino), dentro de la provincia de Sichuan y muy cerca de una triple frontera que es compartida con la provincia de Qinghai y también con la más delicada para extranjeros, Xizang Zizhiqu o también conocida como Región Autónoma del Tíbet. Queremos llegar a la localidad de Sershul (Serxü) a unos aproximados 100 kilómetros de distancia desde donde estamos esperando que nos levanten.

¡Qué friasón! La eterna espera seguida de rendición. Cerca de Manigango.
¡Qué friasón! La eterna espera seguida de rendición. Cerca de Manigango.

La bien mantenida ruta G317 se bifurca y sigue hacia el Oeste e ingresa a un área donde nosotros dos, como todos los extranjeros sin permiso, tenemos el acceso restringido. Es la ya nombrada provincia de Tíbet o región autónoma. Ser “autónomo” (más allá de que puedan haber diferentes leyes con las provincias) me parece que enmascara el autoritarismo de China sobre los tibetanos, similar situación con la región autónoma Inner Mongolia (antiguamente territorio mongol).
Pero por suerte estamos parados justo donde se dividen estos caminos. Sólo nos corremos un poco a la derecha, y tomamos la secundaria ruta S217 con sentido Noroeste y último rincón de la provincia de Sichuan.
Hace dos horas que estamos esperando que alguien nos levante y los autos pasan a cuenta gota por este desértico camino que cruza un valle ventoso y helado. Hay algunas casas dispersas cerca de la ruta  y otras allá a lo lejos, con sus ocupantes que insisten, sacudiendo los brazos, en invitarnos a almorzar. Las ofertas son muy tentadoras, pero la urgencia de aprovechar cada rayo de luz solar es fundamental.

Esperando que nos levanten, me encontré con este cuadro. Mujer local rezando mientras hace girar su kolo.
Esperando que nos levanten, me encontré con este cuadro. Mujer local rezando mientras hace girar su kolo.

El tiempo pasa y solo el viento es el que habla, susurrando desolación o paz, dependendiendo cómo se sienta uno. El día anterior pasamos casi 3 horas esperando pero terminamos totalmente congelados. Tuvimos que darnos por vencidos y cerrar esa jornada.

Se nos sumó un compañero del pulgar.
Se nos sumó un compañero del pulgar.

Las manos y pies son los primeros que comienzan a sufrir las inclemencias de los Himalayas. Tengo puestos dos pares de media dentro de una bota que no deja a mi pie respirar y eso no está bueno. El caminar cargado con las mochilas, luchando contra el viento y al rayo del sol, produce transpiración que tarde o temprano se enfría y comienza a congelar las extremidades. Luego viene la falta de sensibilidad, que se prolonga en el tiempo a pesar que uno fantasee que será temporal. El entumecimiento está mucho más cerca de lo que uno cree y mejor solucionarlo porque todavía queda mucho por andar. Ari sigue parada en la ruta y yo me siento en la banquina masajeando mis pies para darle una “mano” a la circulación.

Cara de "hace mucho frío" mezclada con "me quiero ir a casa".
Cara de “hace mucho frío” mezclada con “me quiero ir a casa”.

Empezamos a caminar, saltar, bailar, cantar y cualquier cosa que nos regale un poco de calidez al cuerpo y al autoestima. Seguimos caminando al costado del asfalto. De a ratos vienen pensamientos de sabotaje de la misión que se entremezclan con otros de esperanza. Lo que más deseamos con pasión, es escuchar el sonido de algún motor arrastrado por el viento que sopla en dirección opuesta hacia donde vamos.
Ahora vemos yaks pastar cerca nuestro y otros que parecen puntos de pintura negra en las montañas. Este animal es una especie de vaca muy peluda, con cuernos enormes y altamente adaptada a estas condiciones climáticas y de altura.

Yaks
Yaks

Vemos un autito de marca china acercarse y le hacemos todo tipo de señas y malabares posibles, como dos náufragos que ven pasar un avión de rescate después de años. El joven conductor se detiene y nosotros nos agachamos para saludarlo. Observamos su sombrero tipo capucha y distinguimos la etnia para dar el saludo correcto. A los chinos los saludamos con “nihao”, pero esta vez, al unísono y casi a los gritos pronunciamos lo único que aprendimos en tibetano, “¡TA SHI DE LE!” (hola). Y agregamos antes de darle tiempo a reaccionar: “Women meio chian”, que significa “no tenemos plata” (en chino, porque es indescifrable en tibetano) como repelente para aquellos que nos quieran cobrar de entrada. El muchacho sonríe como si le hubiera contado un chiste cordobés, pero también nos hace entender que está muy cargador, señalando todo tipo de bulto que tiene atrás y adelante. Con la desesperación que teníamos de no sólo movernos sino también estar en un ambiente cerrado y cálido, lo convencimos que nosotros dos, más las dos mochilas enormes y las otras dos medianas cabíamos a medida. Le movimos unas cosas atrás y nos acomodamos como pudimos en el asiento de adelante. Sin ninguna queja de nuestro paciente conductor, nos fuimos escuchando al pequeño motor esforzarse por la nueva carga.

Chofer salvador
Chofer salvador

Lo primero que hice fue fijarme detrás del volante cuánto combustible tenía, y con una gran sonrisa le digo a Ari que el tanque está casi lleno, verdaderas buenas noticias. Si eso pasa, quiere decir que recién sale y que le queda un buen rato de viaje, justo lo que necesitamos. Cada segundo de calor es absorbido por nuestros cuerpos como si fueran esponjas. El camino dejó de mostrar el oscuro asfalto y lo cambió por una capa de nieve y hielo mientras que el ángulo de subida se pronunciaba cada vez más. Dejamos la planicie y volvemos a los caminos sinuosos, patinadas peligrosas espontáneas y camiones que se te tiran encima. Mientras el stereo sufría al reproducir algo de música local, nosotros no podíamos creer el paisaje que nos rodeaba.

El joven detiene el auto en plena ruta y señala con el dedo índice hacía abajo. “Hasta acá llego el paseo”, le digo a Ari. Dobla a la izquierda y desaparece por un camino estrecho que termina en un monasterio que parece estar incrustado dentro de la montaña. Estas construcciones con sus techos dorados y ultra decorados en detalle se vuelven cada vez más comunes a medida que avanzamos. También lo hace la cantidad de nieve, el mal de altura y los controles de la policía china. Claro, estamos casi en el límite imaginario con la Región Autónoma de Tíbet y por aquí no somos muy bienvenidos por el invasor.
China absorbió Tíbet a la fuerza a mediados del siglo pasado, aniquilando parte de su cultura, mucha gente y obligando a su máximo líder, el Dalai Lama, a abandonar todo y refugiarse en India como desencadenante mayor. El mundo occidental civil reaccionó con repetitivas protestas, pero no sólo no hubo liberación, sino que los resultaron fueron más requisitos para entrar y prohibiciones temporales de ingreso para aquellos ciudadanos no chinos. Por suerte, la cultura tibetana todavía abunda dentro y fuera de dicha provincia o región, dándonos una oportunidad de conocerla al bordear la frontera. Y además, sin tener que pagar el ridículo precio de unos 1100 USD para visitar, por ejemplo, a la capital, Lhasa, que a esta altura está más cerca de parecerse a Disney que a uno de los puntos espirituales más importante del planeta.

Monasterio tibetano.
Monasterio tibetano.

ENCUENTRO POLICIAL A CASI 5000 METROS DE ALTURA
Vemos pasar un Suzuki Swift o similar, y algo me llama la atención. Autos importados por acá no frecuentan, y si se ven, casi seguro pertenecen a la policía china, ya los he visto antes. Mientras que marcas nacionales (de la calidad que ustedes ya sospechan) son usadas por el resto de la población.
El pequeño auto hace 20 metros, se detiene sobre la ruta congelada, y vuelve marcha atrás. Se bajan las dos ventanas del lateral derecho y me agacho con una sonrisa (pensando que ya teníamos transporte asegurado). Abro la boca y sólo logro un “ta shi…”, cuando veo cuatro caras serias, con tez más pálidas que los agradables tibetanos y uniformes negros. Enseguida lo corrijo por un apurado “¡nihao!”.
Los cuatro oficiales chinos se bajan con cara de pocos amigos y empiezan a hablarnos en mandarín. No entendemos una, ni dos, y ellos ni siquiera logran decodificar un “hello” de nuestra parte. Nunca pensamos encontrar un control policial por lo que no estábamos entrenados lingüísticamente para ello. “Hola” y “no tenemos dinero” no nos servía mucho ahora. Sacamos el celular con suavidad, a pesar de la torpeza de usar guantes, y usamos el traductor local (no hay Google en China) para solucionar sus dudas sobre nuestra procedencia, destino, y qué hacíamos ahí, porque claro, ¿a quién se le ocurre hacer dedo en los Himalaya en invierno? Por su parte, nos dieron a entender que estábamos al borde de una zona sensitiva, y seguido nos pidieron los pasaportes para controlar nuestras visas chinas. Miran el mío, y uno grita, “¡Argentina!”, mientras que otro lo sigue con, “¡Messi!”. Segundos después ya se les había pasado el mal humor de habernos encontrado y nos rodeaba un mar de sonrisas uniformadas. Hasta nos sacamos una foto:

Fotito policial.
Parece que justo dejaron de sonreír para la fotito policial.

Mientras posamos para la foto, para un auto justo al lado. Me doy vuelta y veo una Mitsubishi 4×4 ploteada de policía y hasta con las luces arriba. Cartón lleno, no faltaba nadie. Nuestros nuevos amiguitos de negro y fanáticos del fútbol argentino convencen al que acaba de llegar que nos lleve hasta Sershul, nuestro destino a 2 horas más en auto. No llegamos a sonreír tímida e inofensivamente, que nuestras mochilas ya estaban cargadas en la parte trasera del mejor auto que nos tocó en todo este viaje.
Aclaro que me opongo ferozmente a la ocupación china en Tíbet, pero también tengo que agradecer lo que nos acaba de pasar. Si alguien nos preguntara qué hubiéramos hecho antes de que todo esto pase, seguramente hubiéramos tratado de esquivar el control del Suzuki a toda costa. Pero las cosas no se podrían haber dado mejor, cada uno en un asiento, ambiente calefaccionado, rápido, tiempo para una siesta, y servicio puerta a puerta en los Himalaya.

Apenas subimos, el termómetro exterior del auto acusaba -8°C, al rato, el paisaje estaba cubierto por un manto blanco eterno que sólo era interrumpido por algún techo de una casa, o los yaks al cruzar la ruta.

FRÍO EN SERSHUL…
Bienvenidos al condado de Sershul, el más alto, frío, remoto, pobre y grande de la Provincia de Sichuan.
Con Ari observábamos sin poder creer cómo los números bajo cero seguían creciendo a medida que se avanzaba. -15, -20, -24°C. No había un límite y eso nos estremecía. El mercurio digital seguía bajando sin parar. Nuestras miradas se cruzaban dentro del vehículo calefaccionado sin saber con qué sensación nuestros cuerpos se iban a encontrar una vez que se abran las puertas.
Llegamos a Sershul 2 horas después y tristemente el sol ya estaba en el punto más bajo del día cuando el auto se detuvo. Lo último que vimos en la pantalla fueron -27°C.

-24°C y sigue bajando. La que nos espera...-24°C y sigue bajando. Lo que nos espera…

Las cifras en la pantallita parecían irreales. Nunca había visto esos números en mi vida. Hasta algo en mí decía que era erróneo.
Una vez que llegamos a destino, y a pesar de mis ganas de no salir a ningún lado, nuestro chofer policial nos tira las mochilas a la calle con un poco de desprecio, obligandonos a despedirnos de la bendita calefacción.
El primer impacto nos saturó, o quizá fue como aturdimiento. No podíamos pensar con claridad sólo 6 minutos después de salir del automóvil. No estábamos preparados para enfrentar tal golpe gélido y la única que nos quedaba era caminar y refugiarnos urgente.

Monasterio prácticamente congelado.
Monasterio prácticamente congelado.

El hablar se comienza a dificultar con el tiempo y las funciones del cuerpo se reducen a lo básico. Les aseguro que se siente todo esto. El cuerpo se estremece y trata de adaptarse lo más rápido posible. Los únicos pensamientos y actividad cerebral es ¡refugiarse!, abriendo puerta por puerta de cada negocio preguntando por alojamiento con la mímica de mi cabeza inclinada a un lado y mis palmas juntas. Escucho a Ari quejarse atrás mío pero no me puedo dar vuelta, tengo que seguir concentrado en elegir bien dónde pisar y esquivar el peligroso hielo que se camufla entre la nieve. Si no lo hago, me puedo pegar la resbalada de mi vida con semejantes mochilas. Lo último que quiero es una caída fulminante y gastar energía en levantarme. Es como sentirse entre medio de una cuenta regresiva al congelamiento y una carrera por encontrar esa bendita puerta salvadora.

Un gran desierto blanco.
Un gran desierto blanco.

Debo decir que cuando armamos este paseo por la región tibetana nos olvidamos de considerar un factor clave, la altura. Este bendito pueblo está casi a 4200 metros y la temperatura descendió más de 20 grados en no más de 2000 metros.
La calle principal podía ser, tranquilamente, una pista de patinaje y ski con 30 a 40 cm de nieve y hielo macizo en ciertas partes. Todas las puertas tenían sus vidrios congelados y era difícil adivinar a qué se dedicaban adentro. No teníamos opción más que abrir cada una buscando calor, pero sólo encontrábamos peluquerías, carnicerías, y talleres mecánicos.
La gente nos hablaba en la calle pero no les entendíamos porque nuestros cerebros sufrían hipotermia aguda (y porque tampoco hablamos tibetano, claro). Pero en algún momento hubo una alineación en los planetas y en nuestras neuronas escarchadas y  logramos descifrar que un hombre nos quería escoltar hasta una guest house (como un hotel barato).

La vidriera de un comedor.
La vidriera y puerta de entrada de un comedor.

Lo último que vimos fue -27°C cuando bajamos del auto y con eso nos quedamos, pero no estábamos seguros si la temperatura siguió descendiendo.
Entramos a lo que alguna vez fue una guest house, quizá 500 años antes y sin mantenimiento… Entré a la habitación buscando una estufa tan desesperado como un perro sabueso al que le ocultaron un pedazo de carne en alguna parte del cuarto. Nada. La habitación tenía grietas entre la pared y las ventanas por dónde pasaba el chifle del viento. Claramente adentro estaba más agradable, unos -24 a -23 grados centígrados, sin dudas. Como dato comparativo, aclaro que  la temperatura de un freezer en todo hogar suele ser unos -18°C, esto era como alojarse en una cámara frigorífica, más o menos. Sólo nos dieron dos termos de 3 litros cada uno con agua caliente y unos fuentones para calentar los pies. Cuando la mujer nos muestra el cuarto nos dice que son 150 yuan (22 USD aprox). La miramos con espanto como si nos hubiera ofrecido una habitación en el Hilton. Temblando del frío, logramos bajar el precio a 50 yuan, que sigue siendo mucho para dormir congelados. El baño estaba afuera, en la intemperie y sin agua. Pero desafortunadamente eso nos lo dijo luego de cobrarnos. Cierran las llaves de paso para evitar fracturas en las cañerías por congelamiento

Ari y su pelo congelado.
Ari y su pelo congelado.

Sin tiempo que perder, desenchufamos las mochilas de nuestros cuerpos y con toda la ropa puesta nos metimos en una cama con tres docena de frazadas encima. Nos quedamos inmóviles una hora mientras nuestra respiración y vapor humedecían el borde de las capas a la altura de nuestra cara, para que a los minutos sea escarcha. Sirvo un poco de agua hirviendo en una taza para tomar un té, pero se me caen unas gotas al suelo. No les miento, en menos de 5 minutos esas gotas eran una piedra de hielo. Así fue una noche invernal en Sershul.

EL freezer donde dormimos.El freezer donde dormimos.

Al rato, quiero usar mi computadora portátil y noto que reacciona de manera extraña y no muy bien. A los celulares les pasa lo mismo. Nos dimos cuenta que las bajas temperaturas también afectan a los dispositivos electrónicos, y no sólo no funcionan bien, sino que no se pueden cargan en absoluto. La solución fue meterlos en la cama y calentarlos con nuestros cuerpos antes de usarlos. A la batería de la cámara la llevaba bajo el brazo cuando nos movíamos (sin ducharme por un buen rato era un peligro, lo sé) y sólo la usaba cuando tenía un disparo seguro, para que luego vuelva al cuerpo. De esa manera duró mucho más.

"Cargado en pausa. Temperatura de batería muy baja".
“Cargado en pausa. Temperatura de batería muy baja”.

Si hay algo positivo de tanto frío, es que la descomposición casi no existe, igual que la estufa que nunca encontré. Ir a las letrinas de afuera y ver una montaña de orina congelada que no tiene olor, es único. Me olvidé de sacar una foto.
Al otro día escapamos desesperados de este lugar para nada encantador. Parece ser que Sershul es la parte comercial de la zona, pero 30kms más adelante se encuentra Sershul Gompa (Gompa, significa monasterio en tibetano) al que le teníamos más esperanzas que a donde estábamos. Mejor dicho, cualquier cosa era mejor que donde estábamos.
Las mini van cuestan el doble de precio por la cantidad de nieve en el camino, y por eso no nos quedó otra opción que esperar y salir como llegamos, a dedo.

Saliendo de Sershul hacia Sershul Gompa.
Saliendo de Sershul hacia Sershul Gompa.

El sol matinal nos mantenía vivos. Sólo con pasar por la sombra de una casa nos volvía el recuerdo del atardecer anterior, aquel frío desubicado y sobrenatural. Un auto frena, patina, y se detiene unos 5 metros más adelante. Le decimos si nos pueden llevar pero sin cobrarnos (frotando el pulgar y el índice). Un sacerdote en el asiento del acompañante de túnica bordeaux, me responde con una relajada sonrisa, juntando las palmas con un rosario enredado en ellas, mientras señala una estampita de Buda que cuelga del espejo retrovisor. Casi como si el mismísimo iluminado lo hubiera enviado por nosotros, saltamos en el asiento de atrás con las mochilas puestas y arrancó.

Un testigo de nuestra suerte.
Un testigo de nuestra suerte.

El paisaje es aún más blanco que antes y también más hielo en la peligrosa calle, nunca vi algo así. Dobla en una curva con una patinada controlada (casi Rally) y nos encontramos con una subida importante. El auto de marca china hace todo el esfuerzo, pero patina y sin pasar la mitad, comienza a bajar involuntariamente. Uno, dos, tres intentos y nos detenemos. Tranquilamente nos podrían haber dicho que nos bajemos y despedirse, pero no lo hicieron, y además nosotros tampoco planteamos la idea. Sacaron del baúl unas cadenas y sin guantes, las pusieron sin esperar. Tuvimos un curso intensivo de encadenado de ruedas por el monje y su amigo.

El que necesite poner cadenas, me avisa.
El que necesite poner cadenas, me avisa.

SERSHUL GOMPA
Estamos en Sershul Gompa, último destino del noroeste de la provincia de Sichuan.
Nos dejan en plena zona comercial y empezamos a caminar hacia al monasterio que se ve de lejos como un custodio de este inhóspito pueblo. Hace menos frío y hasta está algo agradable bajo el sol. Pateamos por lo que parece la calle principal del Salvaje Oeste de las películas de Hollywood pero con hielo en lugar de suelo arenoso.

Gente con sus sacos de una manga que llega hasta la rodilla y la otra de tamaño normal nos saludan amablemente, mientras hacen sus compras. Jaurías de mastines tibetanos cruzan la calle y nos pasan cerca, imponiendo respeto. Seguimos a paso firme y sin resbalar en otro día cotidiano por el barrio.

Una familia de mastines tibetanos.

Cruzamos carnicerías que en estas épocas no les hace falta refrigerador y donde la carne, principalmente de yak se expone afuera en la calle.

Llegamos al gran monasterio y nos cruzamos con algunos monjes jóvenes con sus gorros amarillos camino a alguna ceremonia.
El budismo tibetano se divide en varias ramas o sectas y caracterizadas por sus sombreros: están las de sombrero negro, amarillo y rojo, hasta donde yo sé. El Dalai Lama pertenece al de los amarillos por ejemplo, mientras que los otros no lo consideran su representante y máximo líder a pesar que mucha gente piense que todos juegan en el mismo equipo. Como hay ramas dentro del cristianismo, lo mismo pasa en el budismo tibetano y ni hablar del budismo. Simplemente diferentes interpretaciones de lo que dijo Gautama el Buda.

El gran monasterio de Sershul Gompa.

Los mismos chicos con las cabezas rapadas nos dicen que hay un lugar donde dormir al lado de donde termina la muralla y algunos de ellos nos acompañan. Entonces caminamos un rato más, total el día está espectacular con unos increíbles -15 grados.
La guest house/hostal está pegada al monasterio del lado izquierdo y donde este termina.

Sonrisas que alivian el frío.Cálidas sonrisas que alivian el frío.

Nos ofrecen un dormitorio con por lo menos 20 camas. Precio: 25 yuan por pera y sin baño. Claro, otra vez nos dijeron esa última parte después de pagar y nos dolió en el centro del ego. Lo bueno es que la ventana estaba como a 10 metros de nuestra cama y con vidrio doble. En una de mis incursiones de exploración, allá la vi, solita, sin ser usada, en un rincón juntando tierra y hielo. La tan deseada estufa eléctrica a mí alcance, y en estas latitudes, es casi como alcanzar la iluminación. Por los eventos que vinieron después, creo que fue un delivery directo desde el Nirvana y solo para nosotros. No había más nadie alojando, y lo entiendo, no sé qué hacíamos ahí en invierno.

Relajando los pies, mientras calentamos guantes, medias y botas.
Relajando los pies, mientras calentamos guantes, medias y botas.

Almorzamos/merendamos una sopa espesa grasosa, picante, y con fideos. Con esa inyección de energía para levantar una manada de yaks, salimos a disfrutar el resto del día y darle una vuelta al perímetro del enorme Gompa y hogar de miles de monjes.

Picante y grasoso, justo lo que necesitamos.
Picante y grasoso, justo lo que necesitamos.

El sentido horario es la dirección a tomar para caminar alrededor del templo, imitando a la rueda del universo o Dhamma. Entonces nos pegamos atrás de unos locales y seguimos la peregrinación perimetral diaria. Es como ir a misa, pero en lugar de quedarse adentro temblando del frío, le das una vuelta a la iglesia para estirar un poco las piernas. Algunos llevan un rosario en la mano, otros van rezando mientras hacen girar los kolos (todo se mueve, todo es impermanente).

Largamos...
Largamos…

La vuelta nos llevó casi 2 horas. En una ocasión, a Ari la escoltaron dos mujeres, que sin usar guantes, tenían las manos a temperatura Caribe, mientras que las de mi compañera estaban a punto de caerse ,incluso con guantes. A mí, ni los mastines se me acercaban.

Manos calentitas.
Manos calentitas.
Sershul Gompa desde el sendero que envuelve al monasterio.

UNO DE LOS PEORES LUGARES PARA ENFERMARSE…
La señal de volver fue cuando las manos y los pies comenzaron a sufrir. Con la estufa a máxima potencia empezamos a preparar la cena cerca de esta. Fideos instantáneos (noodles), que hacía rato los veníamos evitando, era lo que quedaba en las mochilas y único menú disponible. Pruebo la punta de uno sin cocinar y siento un retorcijón estomacal que me derriba sobre la cama. Diarrea tan instantánea como los fideos y malestar muscular en horas. Sin cenar (está claro) me dormí perdiendo sentido de espacio y tiempo.
¿Les dije que no había baño y que afuera hacía entre -30 a -35°C de noche? Bueno, a pesar de esas condiciones, no quedaba otra que salir con valentía (y con 20 cm de nieve) e ir de cuerpo donde más me guste. Y así se repitió por siete veces, las tengo bien contadas. Uno de los obstáculos extras (como si no fueran suficientes), era tratar que no se me pegue la mano desnuda a la manija de metal de la puerta cada vez que quería salir.

Lo que queda de la congelada manija.
Lo que queda de la congelada manija.

A pesar de delirar por la fiebre, todavía podía entender las causas de mi caída: frío intenso por días que mi cuerpo nunca vivió, sin un correcto descanso, el desgaste físico de caminar por hielo y nieve con las mochilas, y por último comer ese prototipo de pasta con el estómago frío. Había dejado de escuchar a mi cuerpo y ahora me estaba pegando un terrible grito de alerta.

Luego de una noche estomacal activa, un nuevo día comenzó…
Ari buscó arroz y té envasado para desayunar, pero a pesar de la estufa, tal era el frío dentro del cuarto, que había que agregar agua hirviendo al té para que no se congele dentro de la botella. Sólo necesitaba un día entero de reposo, comida caliente y recuperación.

LINDA AVENTURA, PERO NOS TENEMOS QUE IR…
Al otro día y totalmente recuperado, salimos con la ropa calentita. Durante la noche, algunas prendas quedan cerca de la estufa, pero a otras las dejamos (como siempre) dentro de la cama con nosotros, así no sufrimos al vestirnos por la mañana. Ponerse todo eso helado, sería una muy mala forma de empezar la jornada, con recuerdos de mi época escolar en Córdoba, aunque no tan fría.
Nuestros ropajes contaban de dos pares de media, plantilla aislante de paja, acompañada a veces de papel de diario, un calzoncillo largo térmico, piyama (pantalón suelto estilo indio), pantalón de caminata, remera manga larga térmica, buzo tipo polar, campera impermeable, y campera grande. Un solo par de guantes y gorro. No es el equipamiento ideal, pero es lo que había a mano.

Listos para seguir...
Listos para seguir…

Hicimos autostop en las afueras de Sershu Gompa dónde el camino justo pasa frente a nuestro hospedaje. Al rato pasa una mini van taxi y nos invitan, sin pedir dinero, hasta nuestro próximo destino, Yushu, en la provincia de Qinghai. Fueron 2 horas de viaje esquivando cientos de yaks y cruzando pasos como de casi 5000 metros de altura para bajar, volver a subir, y así seguir.

¿Hay lugar para dos?
¿Hay lugar para dos más?

Esa misma tarde llegamos casi por accidente a la terminal de buses de Yushu con tanta buena fortuna que el colectivo estaba a punto de salir.
Habíamos tenido demasiada exposición a la inclemencia invernal de las montañas más altas del mundo, y ya era hora de tomarse un merecido recreo por las menos frías, tierras bajas del Norte.

Los chicos que nos levantaron y nos sacaron de Sershul Gompa.
Los chicos que nos levantaron y nos sacaron de Sershul Gompa.

Les cuento que este fue el peor frío que vivimos del total del periplo invernal de visita por China, Tíbet, Mongolia, y Rusia. Lo que nos pasó, nos endureció para cruzar Mongolia a dedo en invierno y sobrevivir a la Siberia blanca. La combinación de frío y altura de Los Himalaya fue una muy dura lección de adaptación, aunque pudimos comprobar que es posible cruzarlos, inclusive a dedo en condiciones tan adversas.

La ventana congelada del colectivo.
La ventana congelada del colectivo que nos tomamos.

Como dato a destacar, justo un año antes experimentamos lo opuesto. Un calor asesino y el más intenso de nuestra vida en el Sur de Australia, haciendo de esa zona la más caliente (en ese momento) del planeta con 50°C.
Qué planeta tan lindo y variado en el que vivimos, y que afortunados nosotros de poder sentirlo.

Gracias por pasar y leer hasta el final, sé que lo hice largo.

3 thoughts on “Crónica de autostop invernal en la meseta tibetana

  1. Benjiii quien hubiera dicho q ibas a vivir todas estas experiencias que hacen crecer el espíritu, tramitis la Unión en este mundo aún a través de las diferencias y creo q eso es lo increíble de viajar. Todavía tengo en la heladera esa postal de Mongolia q adoro!

    1. Gracias Sofi querida! Si, no creo caer del todo de las cosas que viví. Soy un agradecido y un apostador por el amor que hay en el mundo.
      Beso enorme!

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