Odisea a Brasil en dos ruedas

Odisea a Brasil en dos ruedas

“Gracias, prefiero caminar”. Era mi respuesta típica a las invitaciones de mis compañeros de trabajo para llevarme en moto a casa. Eran sólo cuatro cuadras, pero prefería demorarme un poco más y llegar seguro. No es que las calles de Córdoba sean como las de Nueva Delhi (aunque vi más choques en la primera), pero no veo mal tratar de reducir riesgos.
Hasta que un día en pleno verano cordobés, me visita mi hermano mayor con su idea a compartir: ir de Córdoba a Bombinhas (Brasil) en moto.
Lo medité por tres minutos. Mi respuesta fue afirmativa y sin vacilar, algo que me sigue llamando la atención hasta el día de hoy. A esto quizás venga bien agregar que mi hermano aprendió a manejar motocicleta no más de seis meses antes y que todavía estaba conociendo a su actual y la que nos llevaría a destino, una Honda Falcon 400. Pero eso no era el principal problema. Nuestra preocupación mayor fue que nuestra madre no se entere, quien sufre cada vez que su hijo va a trabajar en este tipo de vehículo.

Pero ahora era diferente. Íbamos a hacer 4000 kms ida y vuelta por rutas nacionales e internacionales con casi nula experiencia. Algunos nos llamaban suicidas y otros nos rogaban que no lo hiciéramos. Pocos nos alentaron. Lo claro es que aquellos que nos repetían los posible peligros y dificultades, nunca habían hecho dicho viaje, o similar. De todos modos, la decisión ya estaba tomada desde aquella calurosa tarde.

¿Equipamiento? Nulo.
Cascos: yo no tenía, él sí. Por suerte un querido amigo me prestó el suyo, pero no me calzaba bien. Admito que nunca entré en conciencia del viaje que se nos venía como para llevar un yelmo ajeno. Quizá fue un mecanismo de defensa para no dejar entrar dudas y trabas a esta aventura. Pagar por uno nuevo no se consideró de entrada.
Juntando algunos ahorros y monedas pudimos comprar la única adquisición para este viaje, una campera (chaqueta) de moto para mi compañero. Para la cuota de humor, a mí se me ocurrió usar una rodillera para patineta, la otra nunca la encontré. Cualquier equipamiento extra y gratis era bienvenido para nuestro periplo internacional de bajo presupuesto.

El casco rojo asesino.
El casco rojo asesino.

El tiempo disponible eran diez días, no solo para estar en Brasil, sino para el viaje completo. Un cálculo estimado decía unos seis días en las rutas y cuatro en las playas. La respuesta a estos números no muy motivadores fue que la aventura comienza cuando la moto arranque con nosotros encima. De alguna manera creo que nunca pensamos mucho en el destino final, sino más en el viaje motorizado que lo demandaba todo. Y como dice ese imán que le vi a alguien en la heladera, lo importante no es el destino, sino el viaje.
El día marcado había llegado, 28 de febrero del 2009. Antes que saliera el sol ya estábamos quemando combustible por rutas que nos probaban a cada segundo. La postura comenzaba a cansar, los camiones y buses nos sacudían, y lo peor es que sólo habíamos hecho 100kms de distancia.

No saben lo cerquita que nos pasaban los camiones durante la sesión de fotos.
No saben lo cerquita que nos pasaban los camiones durante la sesión de fotos.

Pensamientos de abandonar nave empezaban a frecuentar a medida que el viaje se dimensionaba en mi mente. Pasamos Río Primero, San Francisco, cruzamos la provincia de Santa Fe y entramos a la de Entre Ríos.
La ciudad de Concordia era nuestro destino, donde fantaseaba tanto con llegar como si estuviéramos entrando al nirvana. La idea era terminar con el primer día y tener un merecido descanso motoquero. Fue también una buena oportunidad para visitar a parte de nuestra familia, originarios de esta localidad.

La familia entrerriana.
La familia entrerriana.

Después de una hermosa noche, al otro día ya cargábamos las mochilas (porque sólo nos prestaron una alforja) y así poder salir a enfrentar el segundo día y camino al cruce con Uruguay. Mientras tanto, las fotos que nos sacábamos se dividían en dos grupos: donde aparecía nuestro vehículo con sus elementos, y en las que no había nada de esto. Claramente nuestra madre no sabía de la existencia de las primeras, y para no crear pánico en ella decidimos decirle la verdad de nuestro destino pero cambiando el tipo de transporte. En lugar de moto, ómnibus. Si, ya sé que somos hijos muy considerados.

Esta fue una foto para nuestra madre, nada de moto ni sus objetos. Frontera uruguaya.

Tan pronto pasamos a territorio uruguayo y en plena ciudad de Salto, nuestro GPS quedó sin baterías y comenzaron las paradas y preguntas a cada peatón por indicaciones. Uno de ellos fue un muchacho que sin dudar nos dijo que la ciudad de Tacuarembó (centro del país y hacía donde íbamos) estaba en dirección recta por donde ya veníamos. Sin siquiera cuestionar veracidad, obedecimos. Fueron por lo menos 15kms en dirección incorrecta. En ese instante aprendimos a no tomar tan en serio algunas indicaciones, en especial con lo que nos costaba encontrar estaciones de servicio. También está el hecho que con un pequeño tanque de 15 litros para el combustible, se ajusta nuestra libertad, el lujo de perdernos y tomar caminos alternativos. Antes que lo piensen, no, nunca tuvimos un bidón extra para dichas ocasiones.

Eso es un mapa de Uruguay.
Eso es un mapa de Uruguay.

El desgaste de viajar en moto me enseñaba una buena lección. Éste ya no era solo físico si no también mental. Hay que pensar que son horas en que si uno mira hacia adelante se tiene como un hermoso paisaje la parte de atrás del yelmo del conductor. Si se quiere apreciar los laterales se pierde la aerodinámica, y es cuando la cabeza de mi compañero comienza a sacudirse de lado a lado en una especie de turbulencia autogenerada por mí. Por otro lado, el panorama plano y de granja no ayuda para alimentar los ojos, y el cual a su vez, nos presentó al agotamiento psicológico como nuestro tercer pasajero.
De a ratos era como estar en un retiro de silencio a más de 100km/h. Mi mente se convirtió en una estación de radio que pasaba las mismas tres canciones sin parar, y tenía que esforzarme en recordar otros temas musicales o de distracción por cuestiones de salud mental.
En cuanto al desgaste físico, podemos nombrar estar en la misma postura por horas para no romper con la aerodinámica, dolor de cabeza por las vibraciones de un casco que no es tu talle, y por último y no menos importante, estar pendiente a que las mochilas no se desenganchen.

El "atajo".
Rutas charruas.

Estas últimas oraciones parecen como si fuéramos camino a un calvario, pero también hay que destacar lo positivo: el arte de andar en moto. Esto lleva a disfrutar paisajes de otra forma, sintiendo el viajar de una manera totalmente única. Es ser una extensión de la moto y viceversa. Ya no es solo manejar, sino también moverse con ella, sentirla y usar nuestros cuerpos para acompañarla en cada maniobra. Ahora entendía esas charlas que me eran indiferentes con amigos fanáticos de motocicletas.

Mientras esquivábamos los pozos de la ruta algo desolada que une Salto con Tacuarembó, nos dimos cuenta que estábamos a punto de quedarnos sin nafta y la estación donde contábamos con solucionar esto, no tenía más. Por esas cosas de la vida alguien nos dijo que había una familia que vendía combustible a poca distancia. Hablándole con mucho cariño a la moto en mi mente (supongo que mi hermano hacia lo mismo) y rogándole que siga rodando con un sinfín de promesas, llegamos. No sé qué tipo de gasolina era la que salía de aquellas botellas de plástico cubiertas de grasa, pero con la alegría de seguir rumbo que tenía, era como si le estuvieran poniendo calidad Formula 1.

"¡Andá más despacio que se me vuela la cámara!"
“¡Andá más despacio que se me vuela la cámara!”

Al rato llegamos a la ciudad de Tacuarembó, centro oeste de Uruguay. Paramos a comer una pizza mientras veíamos a la gente caminar con termos y mate que parecían ser parte de sus cuerpos. Si en Argentina se toma, entonces acá se hace en serio.
Sin hacer sobremesa, nos calzamos los cascos y dejamos la postal de la plaza principal de Tacuarembó, sus altas temperaturas y precios. Ahora íbamos hacia el Norte, más exactamente la frontera con Brasil.

Muy cerca de la frontera charrúa - carioca.
Muy cerca de la frontera charrúa – carioca.

Este pequeño pueblo se llama Rivera del lado charrúa y Santana do Livramento del lado carioca. Las horas de luz se despedían y al llegar al cruce y hacer los trámites migratorios correspondientes, algunas personas nos comentaron que no era seguro que la moto durmiera afuera por cuestiones de seguridad. Decidimos hacer algo que nunca quisimos, conducir en las horas sin sol y con destino al país más grande de Sudamérica. La estrategia fue pegarse atrás a los camiones de gran porte y usarlos de escudos en las no muy seguras rutas sudamericanas. Esta idea era un arma de doble filo. Por un lado nos protegía de otros vehículos que venían de frente. Pero como al mismo tiempo estábamos entrando a zona muy selvática, se incrementaba el riesgo que cruzara un animal y el camión le pasara por encima, dejándole un regalito a los dos cordobeses que venían atrás en motocicleta.

La ruta 158 fue intensa, larga, y agotadora. Como dos zombis y casi olvidando de sacarnos los cascos entramos al hall del primer hotel que vimos en la ciudad de Rosário do Sul. Con una noche que lo aclamaba, fuimos a beber una buena cerveza local para celebrar el logro de haber conseguido entrar a Brasil en moto. Y También brindar por los dos posibles días más audaces de nuestras vidas.

La cerveza más merecida de los últimos tiempos.
La cerveza más merecida de los últimos tiempos.

Llegó la tercera jornada de viaje con rumores de ser la de llegada. Mientras tanto, saboreábamos el gran y famoso desayuno carioca con frutas tropicales de todos los colores.
Nos esperaban casi 900 kms de distancia y prácticamente la mitad del viaje total que habíamos hecho hasta ahora. La meta era terminar con el periplo (de ida) en este último tirón y lo antes posible. Porque más tiempo sobre la moto, es menos tiempo bajo una sombrilla. Con una velocidad de entre 100 hasta 140km/h hubo poca comunicación con el afán de no perder más tiempo.

Algo que nos empezó a llamar la atención en Brasil, fue la poca señalización en cuanto a distancias. El parar a cargar combustible en las estaciones, era nuestro momento de preguntar a los empleados sobre distancias estimadas. Y crear expectativas de distancias puede ser explosivo para la autoestima. Por ejemplo, muchas veces los trechos que estas personas nos decían eran menores a los reales, y al descubrir que a veces en lugar de 150 kms eran 260 kms, nos devastaba psicológicamente ¡Las expectativas no son buenas, queridos lectores!

Hermano y chofer.
Hermano y chofer.

Durante este lindo paseo comenzamos a aprender algunas cosas para poder movernos y cambiar de posturas sobre la moto, dando un alivio temporal a nuestras espaldas. Lo más cotidiano era agacharnos tan pronto un camión o bus nos cruzara para poder incrementar la aerodinámica y cortar esas ondas expansivas que nos sacudían y desestabilizaban. También venían cargadas con nubes de insectos que algunos pegan tan fuerte que se sentían por días. Otra cosa que aprendimos pero sin cambiar la postura fue comunicarnos a altas velocidades. Así comenzó una maestría en lenguaje de manos para chequear que las mochilas no hayan volado, y cuando nos estábamos quedando sin nafta. Para el resto y hasta que aprendiéramos nuevas señas, simplemente a los gritos limpios.

Comenzamos en Brasil por la ruta 158, pasando a la 290, esquivamos Porto Alegre y poco antes de llegar a la costa, cambiamos a la número 101. Esta misma nos llevó directo hasta destino.
A eso de las 4am dejamos la ruta y entramos a un camino con piedras tipo adoquín que nos llevó a los saltos hasta el centro de Bombinhas. Nuestra alegría desbordaba, pero mi cuerpo agotado no se podía bajar de la moto, no exagero. Fueron unas 20 horas casi sin bajarse.
Se sentía la agradable brisa marina con el sonido de algunas olas que rompían a lo lejos mezclado al sonido del viento mover las hojas de las palmeras. Música para mis oídos.
Lo logramos. Hicimos unos 2000kms en 3 días y ¡en moto! Ahora a disfrutar del mar por primera vez (para mí).

Mi primer encuentro cercano con el mar. Felicidad salada.
Mi primer encuentro cercano con el mar. Felicidad salada.

Un amigo de mi hermano nos hizo el gran favor de recibirnos en su departamento y con quien fuimos a pasear, degustar y conocer este hermoso destino playero del sur de Brasil. El caminar después de 3 días de no hacerlo y con ojotas, era increíble. No tener el casco puesto, sublime. Momentos de caipiriñas acompañados con pescado local a la parrilla daban aún más color a estos momentos extraordinarios de la vida.
Relax total y absoluto en la arena, hasta con posturas seductoras observábamos el infinito azul líquido. Al tocar el agua nos convertíamos en nenes que no parábamos de saltar, patalear, jugar con las olas y tragar agua salada. Toda una experiencia de contrastes.

Mi último día de playa. Las nubes de atrás darán de qué hablar.
Mi último día de playa. Las nubes de atrás darán de qué hablar.

Los dos primeros días fueron como me los imaginé. Los dos siguientes, no. Al final del segundo día a la tarde, se levantó lluvia, viento y bajó la temperatura. Con mis defensas corporales arrastrándose por el piso causado por el viaje, mi cuerpo sucumbió a una gripe fulminante. Me empujó a quedarme en cama hasta el momento de arrancar la moto y emprender la vuelta. No tenía consuelo, sólo recuperarme lo antes posible, algo que me costaba hasta imaginarlo. ¿Cuánto faltaba? Tristemente, 2000 kilómetros más. Me hubiera gustado descansar por más tiempo pero mi hermano tenía orden de comenzar a trabajar dos días después.

Cara de pocos amigos.
Cara de pocos amigos y malestar total.

Nos despedimos de nuestros anfitriones que nos trataron como verdaderos reyes y arrancó el motor.
Íbamos saliendo de Florianópolis con destino sur cuando notamos que nos quedaba poco combustible. Seguido a esto, nos damos cuenta que la estación que vimos de repente era la última oportunidad antes de salir a la autopista. Hubo una maniobra para entrar lo más despacio posible, pero había arena sobre la ruta. Pasó lo que pasó, se desestabilizó la nave. Mi hermano saltó como una elegante gacela, y yo, distraído y con los reflejos que tendría un caracol con gripe me veía en cámara lenta cayendo sobre mi lado derecho. La moto hizo varios metros que no llegué a contar bien. El peso de la moto en seco es de 150 kilos, aclaro por las dudas. Mientras él alza la moto, me levanto con poca expectativa de desenroscar la pierna y que además funcione. Con sorpresa para el escaso público presente, siento que puedo caminar. Solamente tenía el pantalón roto en la parte de la rodilla, sangre y algunos tejidos expuestos, nada de qué alarmarse. Ese día parece que me había olvidado de usar la rodillera de patinaje. Sin mucho tiempo que perder, lavamos la herida y arriba otra vez.

Tratando de ponerle actitud con 324°C de fiebre.
Despidiendo a nuestros anfitriones y tratando de ponerle actitud con 324°C de fiebre.

Entonces, no sólo iba delirando de fiebre y dolor muscular, sino que ahora se sumaba una rodilla sangrante. ¿Cuánto faltaba para llegar a casa? Unos 1550 kms, casi nada. Era muy difícil pensar que algo más nos pudiera pasar. Esas lindas palabras del imán, no es el destino lo que importa y bla bla…se me habían borrado de la mente y ya pensaba exactamente lo contrario.
Hicimos noche en un motel en plena ruta, aunque por mis inconvenientes físicos se me complicó conciliar el sueño. La situación se estaba tornando bastante complicada.

Y así salíamos otra vez.
Mi estado empeoró a un punto que no podía mantener el equilibrio sobre la motocicleta. Era un peligro para los dos. La idea de volver en moto a Córdoba se desvanecía como el mar a lo lejos. Sin mucho más discusión del tema, decidimos separarnos. En una terminal de buses en algún pueblo tropical y con escuadrones de mosquitos, dividimos la plata a los manotazos y nos dimos un fuerte abrazo prometiendo volver a vernos en nuestra querida y añorada Córdoba.

Él siguió solo y yo tomé un colectivo local a la estación de Porto Alegre (ciudad cercana más grande). Con temperatura y humedad agobiante esperé 7 horas abrazado al casco con destino a Buenos Aires ya que no había directo a mi ciudad hasta el siguiente día. En el estado febril que estaba no podía esperar ni 30 minutos más.
No recuerdo cuantas horas fueron desde Porto Alegre hasta la capital porteña, yo sólo me dedicaba a desvariar pero tratando de no caerme del asiento. Al llegar, fueron otras 5 horas de espera para Córdoba. Mi consuelo era que ya estaba en mi país y realmente es una sensación extremadamente fuerte en situaciones tan desamparadas. Faltaba menos de esta hermosa pesadilla.
(No hubo más fotos de mi parte)

Llegué a Córdoba de noche, emocionado y a punto de lágrimas. Me abalancé al primer taxi y de alguna manera pude pronunciar la dirección de mi hermano, quien había llegado dos días antes con algunas multas por exceso de velocidad.
En la siguiente jornada y un poco más descansado me digné a visitar a mi querida madre, que lejos estaba de imaginarse todo lo que había pasado. Tan pronto llego, me hace un paneo con poderes que sólo las madres poseen, divisa el pantalón roto y la herida en la rodilla. Con una leve alteración de la realidad explico que fue consecuencia de una inocente caída en bicicleta por las calles de Bombinhas. No era momento todavía de blanquear el verdadero medio de transporte que usamos para ir a Brasil, y menos la montaña de sucesos post playa.
Después de dormir una siesta que no llamaría agradable, mi gripe mutó en una gastroenteritis que me hizo vomitar por varias lunas. Fue como si mi cuerpo hubiera esperado llegar a casa para colapsar por completo, después de estar dos días en cama en Brasil y tres viajando enfermo.

Ese fue el final de un periplo que desde el día uno fue pura adrenalina, aventura y eliminación de prejuicios y miedos. Lo único a destacar es que no creo que lo haga otra vez con tan poco tiempo.
El balance fue altamente positivo: lo planeamos y lo logramos. Hicimos 4000 kms en moto (y bus) hasta Brasil, desde Córdoba ida y vuelta. Nos probó que se pueden lograr este tipo de hazañas con voluntad y mucha visualización. También que el cuerpo humano está fuertemente armado con cualidades de adaptación que desconocemos. La vida es linda y la aventura nos espera siempre, sólo hay que animarse.

¡Gracias por pasar!

4 thoughts on “Odisea a Brasil en dos ruedas

  1. Hola chicos son Rita socia de Anita….los felicito por muchas cosas, x la hermosa hermandad, por la audacia, y también por el entretenido relató…..excelente, me he reído a lo loco!!! Les aseguro que he viajado con Uds, sintiendo hasta los dolores en el cuerpo, imaginando cada situación……..lamentó el final Benjamín…grs a Dios esta mama para cuidarte……x muchos viajes más llenos de adrenalina y buenos momentos…..los quiero..Rita

    1. Hola Rita! Gracias por pasar y escribir 🙂
      Me alegro mucho que lo hayas disfrutado.
      Te mando un beso grande.
      Benja.

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